LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Thierry Breton: “Tras esta crisis se escribirá un nuevo mundo con otras reglas”

El comisario europeo de Mercado Interior cree que los Estados entrarán temporalmente en el capital de ciertas empresas

El comisario de Mercado Interior, Thierry Breton, en Bruselas, el mes pasado.
El comisario de Mercado Interior, Thierry Breton, en Bruselas, el mes pasado.Delmi Álvarez

Decía Konrad Adenauer que la historia es la suma de las cosas que se podían haber evitado. En plena batalla global contra el virus, Thierry Breton anda estas semanas ocupado en impedir que en los libros del futuro se escriban algunas de ellas. Que la UE no pudo garantizar el libre paso de suministros vitales en las restablecidas fronteras internas. Que el elevado tráfico en las redes colapsó Internet. Y sobre todo, que Europa fue dependiente del lento, limitado y no siempre fiable material médico chino para sobrellevar la crisis.

El comisario europeo de Mercado Interior (París, 65 años), exministro francés y empresario estrella, atiende a un grupo de medios europeos, entre ellos EL PAÍS, por videoconferencia desde un despacho de la capital francesa. Sentado al escritorio junto a una bandera europea, repasa notas en silencio antes de empezar. Se sabe observado, pero viene resuelto. “Es sábado por la mañana, no hay ninguna pregunta tabú, aprovechad”, espeta como si el fin de semana fuera la excusa perfecta para una conversación más relajada.

Superados los prolegómenos, Breton se pone serio enunciando la gravedad del shock para la economía. Recuerda que los expertos cifran entre el 2% y el 3% la caída del PIB por cada mes de confinamiento. Y ve diferencias entre la gran recesión de 2008 y la gran infección de nuestros días. Ya no se trata del difuso concepto de hipotecas tóxicas troceadas y vendidas en complejos productos financieros. Es el cierre del bar de la esquina, el centro comercial del barrio y el aeropuerto de la ciudad. “La crisis de 2008 afectaba a los bancos y estaba más lejos de los consumidores. Ahora golpea a ciudadanos y empresas”, alerta.

Ni siquiera con ese tsunami levantando ya inmensas olas a las puertas del continente han conseguido los Veintisiete tejer un acuerdo para mutualizar deuda. España e Italia continúan presionando para lanzar eurobonos, repudiados por Alemania y Holanda. Los jefes de Gobierno se han dado dos semanas para resolver el entuerto. Y Breton, que ya fue partidario de poner en marcha un fondo europeo para Defensa, les anima a ser creativos y alumbrar una herramienta similar. “Cada socio debe idear su propio plan para salvar el tejido empresarial y analizar su financiación. Los alemanes han movilizado 356.000 millones de euros. Estados Unidos el 10% de su PIB. Veo dos soluciones: o emitir deuda vigilando que las primas de riesgo no se desvíen demasiado o imaginar otro instrumento, por ejemplo un fondo europeo que emita bonos a muy largo plazo, 20 o 30 años, al que incluso se le puedan asignar recursos fiscales”, propone.

Los estímulos públicos están llamados a ser el salvavidas de la economía. Con la actividad paralizada, la valoración de las compañías europeas ha caído en picado. Y Gobiernos como el español ya han erigido barreras legales para evitar que firmas extranjeras las adquieran a precio de saldo. “No somos ingenuos. No dejaremos que los depredadores compren nuestras empresas a bajo precio. Ha habido tentativas, como con el fabricante de vacunas alemán, y la reacción fue inmediata”, avisa.

Los escudos para protegerlas podrían ir más allá. “Muchas empresas tendrán al Estado en su capital, y veo que algunos están destinando fondos especiales para adquirir participaciones. Hace un año nadie se hubiera imaginado algo así, pero será transitorio. Los Estados no tienen vocación de permanencia”.

Francia, que en el pasado ya entró en el capital de campeones nacionales como Renault, donde mantiene una participación, parece la más decidida a tirar de talonario. Pero no la única. Alemania, que en 2009 nacionalizó parte del Commerzbank —al estilo de lo que España haría luego con Bankia—, también ha dicho estar lista para comprar acciones de empresas privadas para evitar su quiebra o que pasen a manos indeseadas.

Casi de un día para otro, el virus ha obligado a Europa a zambullirse en unas aguas ajenas al espíritu de su proyecto: proteccionismo, cierre de fronteras, libertad de gasto y ayudas públicas al sector privado. Su activismo comercial alrededor del globo no ha servido para proveerse con agilidad del codiciado material médico en un momento de fuerte demanda, pero Breton responde a los que acusan a la UE de imprevisión. “Ningún país del mundo estaba preparado para algo así. No lo estaba la UE, pero tampoco China. No tenían suficientes mascarillas, guantes ni respiradores y nos pidieron que les enviáramos lo que pudiéramos. Les mandamos más de 50 toneladas. Es normal. Es la solidaridad”.

Ahora, las tornas han cambiado. La pandemia tiene su epicentro en Europa y EE UU. China produce hasta 150 millones de mascarillas diarias. Y son sus aviones los que vuelan cargados hacia hospitales de Occidente. Sin embargo, el proceso se ha demostrado lento en un escenario de necesidades urgentes. Y algunas compañías del gigante asiático, poco fiables, como demuestran las compras por parte de España y República Checa de cientos de miles de tests rápidos que no funcionan o la devolución holandesa de mascarillas defectuosas. La intención es que Europa abandone esa dependencia cuanto antes. Y para lograrlo, Breton ha multiplicado los contactos con la industria textil y fabricantes automovilísticos para que reorienten su producción. “El objetivo es que en unos meses Europa sea totalmente autosuficiente en material de protección”.

Ante una pandemia como esta, de encierro permanente y recuentos diarios de muertos más propios de un parte de guerra, ese tiempo parece un mundo. Pero responde a una visión de largo plazo enfocada en los trabajadores más que en los pacientes y el personal médico, para los que todas las administraciones siguen buscando soluciones a marchas forzadas. El dirigente comunitario atisba un regreso escalonado al trabajo en el que será necesario utilizar mascarillas, guantes o geles. “Debemos contar con esos recursos para cuando se relaje el confinamiento”.

Breton centra sus esfuerzos en atajar la crisis, pero mira de reojo al mundo de mañana. De las carencias de material extrae una lección sobre el futuro de la globalización que suena a repliegue: es probable que los Gobiernos ya no deslocalicen tan alegremente la producción de suministros esenciales. “Es muy pronto para sacar conclusiones, pero todos somos conscientes de que habrá un antes y un después de esta crisis. Nadie sabe cómo saldremos, pero se escribirá un nuevo mundo basado en otras reglas. Seremos más autónomos en ciertas áreas críticas. Las relaciones bilaterales se revisarán”, vaticina.

Es el lado reflexivo y visionario de Breton, que combina el carácter pragmático y ejecutivo de haber dirigido France Telecom (hoy Orange), con su incursión en la novela de ciencia ficción en los ochenta, cuando escribió un thriller tecnológico ambientado en los años de la Guerra Fría.

El debate sobre la desglobalización seguirá en un segundo plano hasta que se contenga la expansión del virus y sus consecuencias, el trabajo que mantiene a Breton pegado al teléfono. Si detecta un aumento de las noticias falsas en redes sociales, llama a Mark Zuckerberg, el jefe de Facebook, para instarle a endurecer el algoritmo. Si teme que el consumo de series y películas congestione la red, al de Netflix, Reed Hastings. Si percibe por satélite que el equipamiento médico se atasca en las fronteras, a los ministros de los países concernidos. También marca el número de su amigo Michel Barnier, el negociador europeo del Brexit, que le asegura se recupera favorablemente de la Covid-19 aislado en una casa en el campo.

El virus obstruye las venas de la globalización en forma de cierre de fronteras y frustración por la no siempre eficaz dependencia mutua, pero Breton espera que actúe también como un acelerador del cambio en nuestro modo de vivir y producir en la era digital. Recurre a uno de los padres fundadores de la UE para respaldar la atmósfera de cambio de época que se respira en Europa, despojada hoy de dogmas inamovibles y donde casi todo parece conservarse en estado líquido. “Jean Monnet decía que en Europa solo aceptamos cambios cuando hay crisis. Ahora la hay y estoy convencido de que hacemos lo posible para encaminarla hacia algo positivo”.

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