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Draghi: Y sin embargo, vuela

La historia juzgará si Draghi es el hombre que salvó el euro o el banquero central que no pudo soportar decirle a la gente que solo lo habían imaginado

Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, sonríe a su llegada a una rueda de prensa en Fráncfort, en marzo de 2018. En vídeo, última comparecencia de Dragui.

Berlín, en el invierno europeo de hace casi un lustro. Un puñado de corresponsales se adentra en la cancillería alemana, un espectacular edificio de cemento y cristal. Los berlineses, con su cáustico sentido del humor, lo bautizaron como Lavadora por el círculo acristalado que remata la fachada. Los periodistas van en pos de un prometedor off the record con Angela Merkel, pero al fondo del pasillo que conduce al despacho de la canciller aparece un tipo con los andares decididos de quienes saben adónde van y tocado con una sonrisa resplandeciente: es Mario Draghi, presidente del BCE, y cabe la tentación de faltar a la cita con Merkel e ir tras esos zapatos italianos.

La sonrisa tiene explicación: tiene luz verde política para anunciar un programa multimillonario de compra de activos, el denominado Quantitative Easing (QE) que, poco más o menos, consiste en bombear dinero en la economía como si no hubiera un mañana), aunque eso los gacetilleros no lo saben aún. Lo sabrán pronto. Draghi se va volando –el vuelo de un abejorro, como se verá unos párrafos más abajo si alcanza la paciencia— y Europa acabará cruzando un Rubicón monetario el jueves 21 de enero de 2015: el BCE activa ese día las compras de deuda a la americana para intentar domar el riesgo de deflación, una de las bestias económicas más temibles. El Eurobanco se quita así el yugo del moralismo germánico y se convierte en un banco central normal.

Pero esta historia empieza unos años atrás. Poco después de la quiebra de Lehman, Grecia va camino del desastre. A partir de ahí explotarán sucesivas crisis como granos de maíz en una máquina de palomitas: el sistema bancario de Irlanda colapsa, una burbuja inmobiliaria jupiterina estalla en España y varios países (Portugal, Chipre e Italia) se enfrentarán a graves dificultades. Europa se parte en dos: un norte que resiste razonablemente bien y un sur que las ha pasado canutas, y lo que te rondaré morena.

El predecesor de Draghi, Jean-Claude Trichet, llegó tarde a las rebajas de tipos de interés para combatir esa sucesión de crisis. Creyó que el huracán era un problema fundamentalmente estadounidense. Se fijó demasiado en el riesgo de inflación. Confundió una crisis financiera de libro con una crisis de deuda. Y cometió uno de los mayores errores que se recuerdan: subió el precio del dinero en 2011, en el peor momento posible, y metió a Europa prácticamente él solo (con la inestimable ayuda de la austeridad alemana) en una doble recesión. Todo cambió con Draghi: en su primer movimiento –noviembre de 2011— rebajó los tipos y dio un manguerazo de liquidez a la banca. No bastó. Y en julio de 2012, con España al borde del abismo, pronunció las palabras mágicas –el célebre "Whatever it takes"—y los inversores que apostaban a la ruptura del euro salieron corriendo como conejos.

Tres años después demostró que no iba de farol con el programa de compras y los tipos negativos: media Europa pensaba que Alemania nunca permitiría tamaño pecado de heterodoxia. El ministro supuestamente europeísta Wolfgang Schäuble ha llegado a acusar a Draghi de alentar a la extrema derecha con ello. Pero el QE y el "Whatever it takes" son los dos grandes hitos en la trayectoria de un tipo del que se sabe poco excepto lo importante: salvó el euro a pesar de Schäuble.

Draghi es romano (y eso es parte del problema: “Para los italianos la inflación es una forma de vivir, como la salsa de tomate con los espaguetis”, le definía el Bild). Práctico, tímido, jerárquico, individualista, dueño de un humor cáustico y arrojado cuando lo ve claro, su biografía está marcada por la pérdida de sus padres a los 16 años. Estudió con los jesuitas, y después se doctoró en Economía en el prestigioso MIT, con dos mitos –Modigliani y Solow— en el claustro, y compartiendo pupitre con Olivier Blanchard, Paul Krugman y Ben Bernanke, protagonistas en estos tiempos de zozobra. Después pasó por el Banco de Italia y el Tesoro: credenciales académicas e institucionales de primer nivel.

Pero en su currículo hay también zonas más lóbregas para los usos de la élite tecnocrática: fue vicepresidente de Goldman Sachs. Allí se convirtió en un brillante comunicador, y aprendió a tantear el siempre voluble humor de los mercados. Goldman deja huella para bien y para mal: el banco estadounidense, también conocido como calamar vampiro, ayudó durante años a Atenas a camuflar sus déficits y es uno de los protagonistas de casi todas las tropelías que desataron las fuerzas oscuras de la Gran Recesión. No faltan quienes aseguran que Draghi ha tratado magníficamente a la banca y ha descuidado a la gente por ese pasado. El exministro griego Yanis Varoufakis lo ha calificado como "déspota trágico", y tampoco le faltan razones: Draghi apretó el gatillo que obligó a varios países a pedir rescates acompañados de durísimos recortes. En Grecia fue aún más lejos al cerrarle el grifo a los bancos cuando el país se estrellaba contra las rocas de la depresión. Solo en los últimos tiempos, con la boca pequeña, el jefe del BCE ha reconocido que los griegos han sufrido demasiado.

La historia juzgará si Draghi es el hombre que de veras salvó el euro o el banquero central que no pudo soportar decirle a la gente que solo lo habían imaginado: un gran periodista norteamericano calificó a Alan Greenspan, el presidente de la Fed, como "el maestro", y la reputación de Greenspan –y la del periodista—no resistió la prueba del algodón de la Gran Crisis. Draghi, en fin, deja luces y sombras. Transformó una institución empachada de ideología en un banco central moderno y se convirtió en una especie de faro: en una crisis, la gente quiere que alguien salga y se haga cargo de la situación; ese alguien ha sido Mario Draghi. Pero también chantajeó a varios países para que pidieran duros rescates, no ha cumplido el objetivo de inflación y puede que muchas de sus decisiones –en especial el último paquete de estímulos— estén demasiado influidas por su ansia de satisfacer a los mercados.

Eso explica por qué tampoco ha hecho lo suficiente para limpiar los bancos, especialmente en su país. "Debemos mucho a Draghi por haber reconstruido un BCE enfermo", subraya el economista Charles Wyplosz. Sus críticos destacan que ha atiborrado de anabolizantes el sistema: la economía europea parece ahora un lago tranquilo en el que flotan los nenúfares, pero bajo las aguas puede haber monstruos. Y dicen que Draghi ha roto todos los consensos. "Nunca forjó consensos: Draghi y un pequeño equipo (dos consejeros, Peter Praet y Benoit Coeuré, y dos burócratas, Massimo Rostagno y Frank Smets) lanzaban sus ideas y los demás solían limitarse a asentir", rebate un asiduo de Fráncfort.

Su gran virtud fue decirles a los alemanes que estaban equivocados y convencerles de que Europa necesitaba imperiosamente medidas extraordinarias: sacó al BCE del rigor mortis alemán y lo americanizó. Y sobre todo creó un estilo: el BCE ya nunca será el mismo.

En el discurso del "Whatever it takes", Draghi trazó una singular metáfora: "El euro es como un abejorro", dijo. "Es un misterio de la naturaleza, porque no debería volar, pero lo hace". La política monetaria ha sido la forma de resolver –o de postergar— el conflicto norte-sur en Europa: de permitir el vuelo del abejorro en plena tormenta. Con el Eurobanco en terra incognita desde hace tiempo, el margen del BCE se estrecha: el italiano lleva años predicando en el desierto que Europa necesita también activismo fiscal. Alemania se resiste. Draghi logró convencer a Merkel de que el QE era imprescindible; la labor de su sucesora, Christine Lagarde, es convencer a Alemania de que gaste. Veremos qué tal se desenvuelve Lagarde pisando esa enorme piel de plátano política: el vuelo del abejorro corre peligro. Y con él, el legado de Draghi.

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