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OPINIÓN COLUMNA i

La cuenta de resultados de Draghi

La política monetaria del hoy ya expresidente del BCE ha rebajado el coste de la deuda y ha impulsado una política fiscal que invierte más a coste inferior sin el inconveniente de las medidas de austeridad: recortar el gasto social

El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, antes de una reunión con el Comité de Economía en el Parlamento Europeo, el 23 de marzo de 2015.
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, antes de una reunión con el Comité de Economía en el Parlamento Europeo, el 23 de marzo de 2015. AFP

Mario Draghi se despide hoy sin conocer todos los efectos de su último paquete de estímulos. Hasta noviembre —en España— no sabremos si ha servido para suavizar o invertir la creciente contracción del crédito. Y pues, si los estímulos han sido desde este punto de vista —clave— suficientes para una correcta transmisión al cliente de la política monetaria global. O habría que ampliarlos.

Pero ya son sustanciales en otros ámbitos: la prima de riesgo, el coste adicional de endeudarse en España o Grecia respecto al de Alemania. Desde el paquete del 12 de septiembre, la española ha bajado de 78 puntos a 64 (para un pico anual de 131), y la griega, de 208 a 167 (para un cénit anual de 425). Quien sostenga que la política monetaria es inútil para una financiación similar de las distintas deudas públicas y la convergencia financiera en el mercado único, que desmienta esos datos.

Aunque quedan semanas para ver todo el poso. Más mérito de la cúpula del BCE que adoptó el paquete, sabiendo que no lo disfrutaría. Todo indica que Draghi no solo quiso marcar impronta de su legado, sino hacer de pararrayos de su sucesora, Christine Lagarde; atraer hacia él las iras de los halcones y despejarle así el camino.

¿En qué nos benefició la gestión de Draghi? Claro que salvó al euro con su frase de julio de 2012: "Haré todo lo necesario para salvar el euro...". Si hubiese enmudecido, no existiría la moneda única, ni los halcones que la atacan. Claro que refundó el BCE, atendiendo no solo a la inflación, sino a intereses que también figuran en su mandato, como el crecimiento y el empleo. Además, en tiempo de solapamiento de lo monetario y lo presupuestario en todo el globo, sus medidas han tenido impacto benéfico equivalente al fiscal.

La expansión monetaria —que al cabo es dispensar liquidez, y barata, con distintas fórmulas— ha rebajado el coste de la deuda: los bonos españoles circulantes en 2011 costaban al Estado una media del 4%; ahora es del 2,3%; la emisión nueva costaba un 3,90%; ahora, el 0,64%. Por los bajos tipos, España y Alemania "han recibido mayores ganancias por intereses de lo que han desembolsado en pagos de intereses", certificaba el banquero central ya en 2016. Y gracias a ello, Grecia ya cobra —y no paga— por vender sus bonos (de corto plazo, a tres meses): un 0,02%. El milagro.

No solo el Estado gana. Las familias y empresas pagarán este año en España 17.000 millones en intereses, frente a los 106.000 millones de 2008, según Funcas.

Así, la política monetaria expansiva abre espacio para la acción de una política fiscal que invierta más a coste inferior; que aumente ligerísimamente la deuda (o la reduzca), pagando menos por su factura; que impulse el consumo privado, como si fuera una rebaja fiscal —más dinero en mano para todos—, pero sin el inconveniente de su correlato en las políticas presupuestarias de austeridad, recortar el gasto social.

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