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Crisis industrial

Igual que en 2004, el motor de crecimiento vuelve a ser el ladrillo y el PP ha dejado la productividad estancada

Fabricación mecanizada de cilindros para llaves en la fábrica de Casarrubios del Monte (Toledo).
Fabricación mecanizada de cilindros para llaves en la fábrica de Casarrubios del Monte (Toledo).

Tras la moción de censura, desde el entorno de la derecha han venido anticipando el apocalipsis y la recesión. La realidad es que, con Europa estancada y Alemania e Italia en recesión, España supuso el 30% del crecimiento de la eurozona. El PIB creció el 0,7%, más que con el PP gobernando en el primer semestre. En enero la afiliación a la Seguridad Social aumentó un 3% con respecto a enero de 2018, con 40.000 nuevos empleos creados si eliminamos el efecto estacional.

Pero, como en 2004, el motor de crecimiento es el ladrillo y el PP deja la productividad estancada. Desde 2012 el mantra ha sido que la reforma laboral cambió el modelo de crecimiento. Pero el pasado año las exportaciones estuvieron estancadas. Y la producción industrial acabó el año con una caída del 6% anual, la mayor desde 2012, y el empleo en el sector descendió un 1,5% anual.

La guerra comercial de Trump ha frenado en seco el comercio mundial y ha afectado especialmente a Europa, el área más abierta del mundo. Dos tercios de nuestras exportaciones van a Europa y la mitad son comercio intraindustrial. Las ventas de coches en China caen un 10%, Volkswagen disminuye su producción, caen las exportaciones de perfiles de aluminio del Passat que se producen en Arganda del Rey, cerca de Madrid, y hay despidos en España. Los proteccionistas y los que piden menos globalización ocultan que millones de españoles que trabajan gracias a las exportaciones perderían su empleo con sus propuestas.

El Brexit y la crisis en Turquía, con una caída de sus importaciones próximas al 10%, ha afectado especialmente a nuestro sector del automóvil, que registró un desplome de su producción del 10% el pasado mes de diciembre. Un sector que explica, como el turismo, cerca del 10% de nuestro PIB y empleo.

Un sector penalizado por la caída también del 10% de las ventas de coches de particulares en España, influida por la demonización de los coches diésel que hemos vivido desde el pasado verano. Mensajes como: “Tienen los días contados”, “subimos el impuesto al diésel” o “no podrán entrar en el centro de las ciudades” han surtido efecto y los españoles han retraído sus compras o han optado por coches de segunda mano mucho más contaminantes.

Si queremos incentivar el coche eléctrico hagamos planes como Francia, que va a invertir 20.000 millones de euros. Ayudemos a las familias a comprar los coches que todavía son caros, especialmente para los españoles que tienen salarios precarios. Invirtamos en innovación para desarrollar tecnología española. Hagamos planes de formación profesional para preparar a nuestros trabajadores para los retos de la competencia, principalmente china, la robotización y el envejecimiento de las plantillas. Así ayudaremos a que sea económicamente viable comprar vehículos sostenibles.

Este plan tardará, mientras concentremos nuestros esfuerzos para reducir las emisiones contaminantes en instalar energía solar fotovoltaica, especialmente en autoconsumo en la industria y en edificios de viviendas nuevas y usadas en el centro de nuestras ciudades. Además, reduciremos la factura de la luz de nuestras empresas y familias, sin necesidad de subvenciones.

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