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El precio de pedir a golpe de clic

La tecnología ha facilitado la irrupción de servicios que nos hacen la vida más fácil, pero a costa de condiciones laborales cuestionables. ¿Qué papel desempeñan los usuarios?

Cristina Galindo
Ilustración de Lalalimola.
Ilustración de Lalalimola.

Madrid, ocho de la tarde de un domingo. Llueve y hace frío. Ha estado nevando por la mañana. Las calles están mojadas. Es uno de los peores inviernos de los últimos años. Calentitos en el sofá, no hay nada en la nevera, ¿a quién no le apetece pedir la cena? Hoy en día es posible elegir cualquier restaurante. El transporte es fácil y barato. En media hora llega a casa un ciclomensajero con el pedido. Él habrá estado toda la tarde pendiente del móvil para ver si entran encargos. Cobrará por entrega unos seis euros por el mal tiempo, en lugar de los cuatro y pico habituales. No tiene un contrato laboral. Es autónomo. No le ampara ningún convenio sectorial como a otros mensajeros asalariados de compañías tradicionales. Si tiene un accidente, los gastos corren por su cuenta.

Pedir comida a domicilio es una de las comodidades de la vida moderna. Y cada vez el servicio es más eficiente. No importa que el restaurante elegido no tenga reparto. Se puede encargar de todo, no solo la típica pizza o comida asiática, y a un precio asequible, a golpe de clic, a través del móvil. Como decía Evan Williams, cofundador de Twitter, si algo ofrece Internet es “conveniencia”: “Hace que los deseos humanos sean más fáciles de conseguir, porque las cosas son muy rápidas y no hay tiempo para pensar demasiado”. Es ese “lo quieres, lo tienes”, tan sencillo que buscar una alternativa parece una complicación innecesaria.

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La tecnología ha multiplicado los servicios que nos facilitan la vida. Pero detrás de esa comodidad se esconden dilemas. El arco de empresas que se dedican a la llamada gig economy (economía de los recados) es muy amplio. Amazon es capaz de llevarte casi cualquier producto en unas horas, pero sus críticos advierten de que es una amenaza para el comercio tradicional. Airbnb, que permite a turistas alojarse en pisos para sentirse como en casa, es señalada como una de las causantes del aumento de precios del alquiler. En el transporte y la distribución, Deliveroo, Glovo, Uber y Cabify, por citar algunas, han revolucionado el sector a costa de unas condiciones laborales que suscitan problemas. Hasta ahora la resistencia a estas iniciativas procede principalmente de los competidores (taxistas, hoteles, mensajerías…), no de los consumidores.

Para entender el problema, analicemos su naturaleza. Tradicionalmente se ha clasificado a la mayoría de estos nuevos negocios como economía colaborativa. Pero no operan todos igual. Las apariencias engañan. Este término, que comenzó a popularizarse en 2010 con libros como Lo que es mío es tuyo, de Rachel Botsman, no encaja exactamente con la manera de funcionar de muchas de estas empresas. Además, a veces sucede que, dentro de una misma web, hay transacciones que son más o menos colaborativas: no es lo mismo un particular que alquila durante sus vacaciones su casa en Airbnb, que uno que ofrece cinco pisos durante todo el año. Nicholas Srnicek, profesor del King’s College de Londres y autor de Platform Capitalism, explica en una entrevista que prefiere llamar a este fenómeno “economía de plataforma”, para no confundir iniciativas que solo buscan rentabilidad con otras verdaderamente colaborativas.

Los expertos prefieren llamar a este fenómeno economía de plataforma, para diferenciarlo de otras iniciativas verdaderamente colaborativas

La economía de plataforma es el modelo de negocio de la era digital y de él surgen las nuevas fábricas del siglo XXI. Más que producir, sirven de lugar de encuentro. Estas potentes plataformas tecnológicas ponen en contacto oferta y demanda con la diligencia de un jefe infatigable que, además, sabe en todo momento qué opinan los clientes, y qué hacen los empleados. Un jefe que tiene más información que el resto de los participantes en la transacción y que fija sus tarifas y condiciones. Srnicek incluye en esta categoría todo tipo de plataformas tecnológicas, también Google y Facebook, porque son espacios de intercambio y utilizan a sus usuarios para conseguir publicidad. Todo pasa por el ritmo eficiente de los algoritmos.

Otro modelo que se incluye en esta larga lista son las webs de crowdworking. Éstas ofrecen pequeños trabajos, normalmente de traducción, redacción, soft­ware y diseño, a los llamados microworkers o clic-workers, ya residan en Valencia, Manila o Bogotá. Algunos ejemplos son MTurk (Amazon), Twago y Guru. “Sería ingenuo negar que el capitalismo de plataformas tiene éxito. El problema es que sus servicios se combinan con la imagen de conductores de Uber durmiendo en el coche para estar disponibles a todas horas y llegar a fin de mes… Es difícil separar las ventajas de los inconvenientes”, opina Srnicek. A esto se une que las multinacionales tecnológicas pagan pocos impuestos en relación a sus ingresos.

El crowdworking ha llevado a un nuevo nivel la deslocalización. Este tipo de negocios está creciendo especialmente en los países emergentes, según explica Mark Graham, investigador del Instituto de Internet de Oxford. “Tiene un impacto muy positivo para gente que puede así acceder a empleos que de otra manera no podría hacer [traducir desde Filipinas para una empresa en Estocolmo], pero como se trata de lugares muy poco regulados hay un gran riesgo”, señala.

La economía de plataforma tiene un futuro prometedor. Libros como Platform Revolution y Matchmakers se han convertido en referencias para entender la eficiencia económica del modelo. PricewaterhouseCoopers prevé un crecimiento de los ingresos anuales de este tipo de negocios de los 15.000 millones de dólares actuales a los 335.000 millones en 2025.

Un repartidor de Uber Eats circula por Lille (Francia).
Un repartidor de Uber Eats circula por Lille (Francia).Philippe Hugyuen (AFP / Getty)

Uno de los puntos más polémicos son las condiciones laborales. Muchas de estas empresas se nutren principalmente de autónomos. Las compañías hablan de una nueva forma de trabajar revolucionaria, en la que las viejas reglas no sirven, que permite al empleado conseguir unos ingresos sin ataduras, cuando y cuanto se quiera. Otras voces añaden sombras al paisaje rosado y advierten que se trata de una precarización del trabajo que genera inestabilidad, salarios bajos y que tiene un impacto negativo en las arcas del Estado. “Hay mucha amnesia histórica en relación con la tecnología y la economía digital”, advierte Srnicek. “El modelo basado en autónomos tiene una larga historia, particularmente en construcción, como parte de la tendencia que llevó a subcontratar a partir de los setenta para reducir costes”, añade. Ahora la subcontratación llega a más tareas y sectores.

¿Qué tipo de relación debería haber entre estos trabajadores y las empresas? Mientras la Comisión Europea prepara un plan para regular las nuevas formas de empleo, las pocas sentencias judiciales que ha habido hasta el momento no son determinantes. En noviembre debía celebrarse en España un primer juicio (de una denuncia interpuesta por tres repartidores de Deliveroo), pero el caso se cerró con un acuerdo económico. En Reino Unido, los jueces se han inclinado por definir a los conductores de Uber como trabajadores no autónomos. Sin embargo, dos pronunciamientos en Reino Unido y en Francia afirman que los riders de Deliveroo son freelancers. Las empresas alegan que esos autónomos tienen libertad para trabajar con cualquiera y que, en su mayoría, prefieren este tipo de flexibilidad.

¿Cuál es el papel del consumidor en todo esto? “Al final todos somos Uber. Todos consumimos plataformas. Si recurrimos a productos low cost, de alguna forma contribuimos a que se imponga una política de reducción de costes que puede traducirse en que las empresas ofrezcan un trabajo más low cost”, destaca Luz Rodríguez, profesora de derecho del trabajo de la Universidad de Castilla-La Mancha. “Habrá que tender hacia un sistema en el que los derechos sean iguales con independencia del estatus jurídico, de si uno es fijo, temporal o autónomo”, opina desde Ginebra, donde investiga, en colaboración con la Organización Internacional del Trabajo, el futuro del mercado laboral.

El consumo ‘low cost’ puede alimentar, de forma indirecta, el trabajo ‘low cost’, advierte la profesora Luz Rodríguez

La economía de plataforma quizá represente a un porcentaje modesto de trabajadores, pero el empleo “bajo demanda” crece. McKinsey Global Institute realizó en 2016 una encuesta a 8.000 personas en Estados Unidos y Europa y concluyó que entre el 20% y el 30% de la población activa participa en algún tipo de trabajo autónomo.

“Tenemos que preguntarnos qué tipo de protección social queremos”, apunta Rodríguez, que advierte que la brecha entre trabajadores con un empleo fijo y trabajadores temporales se amplía.

El cambio en la forma de trabajar está siendo enorme y acelerado. El modelo de estudiar hasta los 20 años y luego aspirar a un contrato estable a tiempo completo está en duda, según Albert Cañigueral, miembro de OuiShare, un think tank colaborativo. “Hay preguntas pertinentes, como el factor ético del trabajo, de cómo los cambios afectan a la protección social. Esta tendencia va a ir a más. No será tanto una cuestión de asalariados frente a empleados independientes, sino de cómo estabilizar esos cambios, ante el riesgo de precariedad”, opina.

El auge de las plataformas coincide con la precarización del mercado laboral, con los salarios estancados y una elevada temporalidad. “La regulación se ha quedado anticuada. Lo que hay que pedir es más control general en el trabajo del futuro para evitar situaciones de explotación”, opina la filósofa Victoria Camps. “Hay que tener en cuenta también que no se pueden desmontar del todo servicios que son buenísimos para el consumidor; además, detrás de algunas iniciativas de economía colaborativa hay un objetivo positivo, que es optimizar los recursos, como quien comparte un coche”, añade. Lo que hay que pedir, en su opinión, son “más controles”.

Surgen también iniciativas que pretenden ofrecer alternativas a los grandes actores. Mensajeros de Deliveroo y Glovo se han rebelado y han montado sus propios servicios, en forma de cooperativa, con sus propias condiciones laborales. La cuestión es si se puede competir con multinacionales que atraen millones de unos fondos de capital riesgo que sienten especial predilección por todo lo “disruptivo”. “Creo que es más positivo construir estructuras alternativas que faciliten unas elecciones éticas a culpabilizar al usuario. Porque, en ocasiones, el consumo ético solo está al alcance de un determinado poder adquisitivo”, opina Srnicek.

De vuelta al sofá, en esa tarde fría de invierno, al recibir la comida uno podría preguntarse por las condiciones laborales del repartidor. Pero por el momento, opta por celebrar la comodidad 4.0, puntúa el servicio y comparte en las redes una foto de la cena.

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Sobre la firma

Cristina Galindo
Es periodista de la sección de Economía. Ha trabajado anteriormente en Internacional y los suplementos Domingo e Ideas.

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