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Las multas son un espejismo

Las sanciones desde Bruselas por la estabilidad presupuestaria ya no se impondrán jamás

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. Ampliar foto
El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. EFE

Las sanciones por violar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) que dicta la senda del déficit hacia el 3%, primero, y hacia el equilibrio presupuestario, después, ya no se impondrán jamás a nadie. Salvo tsunami.

¿Por qué? Porque el PEC se ha incumplido centenares de veces en casi 20 años y nunca hubo una sanción. El primer caso estentóreo fue en 2003. Bruselas culminó el expediente sancionador a París y Berlín, los capitostes del club. Que armaron una mayoría política en el Consejo para tumbarlo, y reescribir el propio PEC, pro domo sua.

Se evaporó la posibilidad de sancionar a otros: se habría roto el principio de igualdad ante la ley. Hasta que España (flanqueada por Portugal) abusó tanto que rozó el abismo este verano: tras 4 años de incumplir, 10 meses de engañar con alevosía y dos años de crecer su PIB a una intensidad que le permitía honrar los acuerdos, no ha sido multada. ¡Y menos mal!

Pero dos sentencias crean jurisprudencia. Las sanciones son ya un espejismo. Pueden funcionar como factor disuasorio, para convencer a todos de que pasarse tiene un coste moral y político. Para castigar con desprestigio a quien peque, estigmatizándolo por frívolo y falto de rigor. Pero desde ahora será aún más imposible (o casi) aplicar sanciones de coste económico.

Son como la bomba atómica en la guerra fría. Sirve hasta el filo de usarla, siempre que no se llegue a dispararla. Porque sus efectos disolventes, divisivos y litigiosos, sobre todo en tiempos de debilidad de la Unión, serían letales. Y porque su coherencia económica es muy mejorable: pagar una multa no ayuda a rebajar el déficit (que es lo que se pretende), sino que lo aumenta.

Una sanción impuesta por un organismo político —no por un tribunal— como lo son tanto la Comisión como el Consejo no es al cabo un acto adminsitrativo, sino político. Francia y Alemania la contrarrestaron orquestando aquelarres políticos.

España (y Portugal), gracias a una conjunción astral. Este verano, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, estaba casi desahuciado por el Brexit; la inquina oriental a su (buena) política inmigratoria; y el nein alemán a su flexibilidad.

Y la España en funciones era un ejemplo a lucir por Bruselas... y por Berlín, no por su (falta de) rigor, sino por su crecimiento. Hallaron un aliado de cine en el presidente del Parlamento, el socialdemócrata y antiausteritario Martin Schultz, que echó el resto y de paso salvó a Juncker. El y Mariano le devolverán el favor. Político. Política.

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