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El G20 se atasca en el empleo

La cumbre de San Petersburgo prioriza la lucha contra el paro, pero acaba sin compromisos

El foro asume un ambicioso plan contra la evasión de impuestos

Obama besa a Dilma Roussef este viernes.
Obama besa a Dilma Roussef este viernes. EFE

La cumbre de líderes del G20, un foro que se montó sobre la marcha en 2008 al evidenciarse que los países avanzados, golpeados por el derrumbe financiero, necesitaban del respaldo de las principales economías emergentes, ha probado en poco menos de un lustro su valía para coordinar la respuesta a una crisis mundial. “Ayudamos a evitar una depresión global”, destacó el G20 en un somero balance de su actuación en los cinco últimos años. El foro de países ricos y emergentes logró contener el desplome de la actividad económica, y ha impulsado todo tipo de medidas para devolver la estabilidad a la banca y los mercados. Pero apenas ha aportado nada a la lucha contra el desempleo y la desigualdad social. Y la cumbre de San Petersburgo, que acabó ayer, tampoco lo hará, pese al esfuerzo de la presidencia rusa.

Desde 2011, cuando los líderes de países ricos y emergentes se reunieron en Cannes (Francia), las cumbres del G20 se saldan con un llamamiento prioritario a desarrollar políticas para reducir el paro, pero la presidencia rusa ha mostrado un activismo sin precedentes en este foro. Entre otras cosas, porque las perspectivas del empleo mundial volvieron a empeorar.

“La austeridad debe dejar espacio al crecimiento”, advierte el presidente ruso

La Organización Internacional del Trabajo estima que este año acabará con unos 202 millones de desempleados, más que tras la Gran Recesión de 2009. Y que la cuenta del paro mundial seguirá aumentando el próximo ejercicio. “El paro sigue siendo mayor que antes de la crisis, lograr empleos de calidad debe ser nuestro principal objetivo”, afirmó ayer el presidente ruso, Vladimir Putin, al cierre de la cumbre.

Rusia organizó en julio la primera reunión conjunta de ministros de Economía y de Empleo del G20, aunque su resultado ya fue magro. “Se ha constatado un cierto fracaso”, admitió entonces el ministro de Economía, Luis de Guindos.

Ya en San Petersburgo, se dio un impulso al foro que incorpora a representantes de sindicatos y organizaciones empresariales, con el objetivo de darle una estructura formal en la próxima cita del G20, en Brisbane (Australia). Y, para visualizar su apuesta, Putin abrió ayer a la prensa un encuentro del foro, al que acudieron los principales líderes europeos —el área en el que más aumentó el paro en los dos últimos años—, aunque no el presidente del Ejecutivo español, Mariano Rajoy. España, que asiste como invitado permanente a estas cumbres, rivaliza con Suráfrica en encabezar las listas del paro del G20 con una tasa del 26%.

Las intervenciones en el foro, justo antes de la sesión final del G20, ya anticiparon las escasas opciones de lograr algún avance. Si el primer ministro italiano, Enrico Letta, subrayó su temor a “una recuperación sin empleo”, Jose Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, echó en falta un esfuerzo coordinado para lograr “empleos decentes”. A su lado, el líder británico David Cameron, hizo oídos sordos y reivindicó las políticas liberales: “Cuando se trata de salir de la crisis, lo importante es crear trabajos de cualquier tipo. Los sindicatos deben entender que la reforma de los sistemas de protección social es vital, que el objetivo debe ser sacar a las personas de esa protección y darles la oportunidad de trabajar”.

El Plan de Acción de San Petersburgo, que debía aglutinar las medidas para reanimar el empleo, no incorpora compromiso económico de ningún tipo y deja el peso de la acción en las reformas estructurales. El documento llama a focalizar en los jóvenes y en colectivos desfavorecidos las iniciativas en favor del empleo, entre las que cita la posibilidad de reducir el coste no salarial (cotizaciones a la Seguridad Social, impuestos o indemnizaciones del despido) de los contratos. Pero se limita a animar a los países a intercambiar sus experiencias para extender las mejores prácticas.

Tampoco hay referencias a objetivos genéricos, o individuales, de reducción del paro, algo que sí han establecido algunos bancos centrales (en EE UU y Reino Unido) para determinar hasta cuándo mantienen sus medidas extraordinarias para dar liquidez a sus economías. Y que vuelven a utilizarse para fijar plazos de reducción de la deuda y el déficit públicos, aunque ahora mucho más laxos que en cumbres precedentes.

La enorme tensión diplomática bloquea avances en asuntos pendientes

“La reducción del déficit debe dejar espacio al crecimiento y la creación de empleo”, afirmó Putin, para consagrar el abandono de la austeridad fiscal a ultranza, con la que se comprometieron en años anteriores los países avanzados, y singularmente, Europa.

En su conferencia de prensa final, trufada de preguntas sobre el conflicto en Siria —el asunto que ha acaparado las conversaciones entre los líderes—, Putin destacó el principal logro de esta cumbre: el respaldo unánime a las ambiciosas propuestas forjadas en los últimos meses por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) para luchar contra la evasión de impuestos. Unas medidas que incluyen planes para limitar la agresiva ingeniería fiscal de las multinacionales. También la puesta en marcha de un sistema automático de intercambio de información, que finiquite el secreto bancario y desincentive la ocultación de dinero en paraísos fiscales.

Los países del G20 aprovecharon para extender su compromiso de evitar medidas proteccionistas hasta 2016. Y los emergentes incorporaron en el documento varios llamamientos para que EE UU sea prudente en la retirada de estímulos, una medida que ha generado ya una masiva retirada de capitales de estos países. Las enormes tensiones diplomáticas que sobrevolaron la cumbre truncaron cualquier opción de desbloquear otros asuntos pendientes.

Igual que en la crisis de 2008

A. B., San Petersburgo

El G20, a través del Consejo de Estabilidad Financiera, ha puesto patas arriba la regulación internacional para evitar un descalabro como el que simbolizó la quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008. Pero cinco años después, muchas de las razones que llevaron al monumental fiasco financiero siguen ahí.

“La situación monopolística en las agencias de calificación de riesgos apenas ha variado, tres agencias [las estadounidenses S&Pd, Moody's y Fitch] dominan el mercado”, advierte el informe del Consejo de Estabilidad a los líderes del G20, publicado al cierre de la cumbre de San Petersburgo.

El organismo que preside Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, destaca los avances hacia una mayor transparencia en los métodos de cálculo que utilizan estas agencias para calificar todo tipo de activos, pero adelantan que elaborará un nuevo código, más exigente. Y, sobre todo, revela “las enormes dificultades” que están encontrando los reguladores para encontrar “aproximaciones alternativas” a la dependencia absoluta y “mecánica” de mercados y Estados de las calificaciones de estas agencias, que fueron incapaces de anticipar los riesgos que precipitaron la crisis financiera.

En el descalabro de 2008 también tuvo un papel muy destacado la llamada banca en la sombra, un nutrido grupo de entidades que funcionaban como bancos (y en muchos casos, eran respaldadas por bancos), pero que apenas eran sometidos a supervisión. El Consejo aprecia un notable retraso en la regulación e identificación de esta banca paralela, y con el respaldo del G20, detalla un calendario de acciones para lograr cambios regulatorios sustantivos de aquí a dos años.

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