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PALOS DE CIEGO COLUMNA i

Ringo y yo ('unplugged')

A mediados de julio un amigo me dejó un piso en Londres durante una semana. El día en que nos reunimos para que me diera las instrucciones de uso, mi amigo acababa de llegar de África y estaba desanimado por lo que había visto y debía contar por escrito; queriendo animarlo cité una frase atribuida a Agustín de Foxá, quien aseguraba que Colón no era un caballero porque "si un caballero va a América y ve lo que ve, vuelve y se calla". Luego pasamos a las instrucciones. Mi amigo dijo que su casa estaba en el barrio de Chelsea, junto a Duke of York Square, mencionó supermercados, librerías y restaurantes próximos, habló de los porteros. "Por cierto", recordó. "Parece que Ringo Starr tiene un piso en el mismo edificio". "¿Quién?", pregunté. "Ringo Starr", repitió. "El batería de los Beatles". "Ah", dije. Mi amigo siguió hablando, pero a partir de ese momento no me enteré de una palabra de lo que dijo.

"¿Sería capaz de guardar de por vida el secreto de haber visto al batería de los Beatles?"

No soy mitómano, o no demasiado, aunque una vez me crucé por la calle con Johan Cruyff y me pasé una semana hablando exactamente igual que él. No soy mitómano, pero Ringo Starr es Ringo Starr. Yo nací -perdonadme- en la década del rock and roll, y los Beatles son al rock and roll más todavía de lo que Cruyff es al fútbol. Es verdad que siempre se ha considerado a Ringo como el menos talentoso de los Beatles; no voy a discutir aquí ese juicio: sólo diré que, aunque mi soberbia sea diabólica y mi vanidad realmente insufrible, sé muy bien que no soy digno de besar el suelo que pisa el más humilde de los Beatles. Dicho esto, comprenderán ustedes que, en cuanto supe que iba a alojarme en un edificio donde tiene un piso Ringo Starr, tomase la decisión de escribir un artículo titulado Ringo y yo. Se trataba de un artículo kafkiano y conjetural. Kafkiano porque, como sabía que era casi imposible que viese a Ringo Starr, sería un artículo sobre Ringo Starr en el que Ringo Starr brillaría por su ausencia, igual que en El castillo brilla por su ausencia el castillo y en El proceso el proceso; y también porque la mitad del artículo constaría de las estrategias que yo desplegaría en vano para tratar de ver a Ringo, tales como montar guardia día y noche a la puerta del edificio o como hacerme amigo del portero para que me dijera en qué piso vive y luego llamar a su puerta para pedirle un sacacorchos. Conjetural porque la otra mitad del artículo constaría de conjeturas: ¿qué haría si me encontraba a Ringo en el ascensor, por ejemplo? ¿Silbar Ob-la-di Ob-la-da mirando al techo? ¿Fingir que toco la batería agitando las manos y petardeando con la boca? ¿Blocarlo para que no escape? ¿Ser víctima de una lipotimia?

El día en que llegué a Londres aún no había escrito el artículo, pero ya casi me lo sabía de memoria. Aquella tarde, después de tomar posesión del piso, quise contestar mi correo electrónico y, como mi amigo me había dicho que no había Wifi en su casa pero sí en el hall del edificio, bajé al hall con mi iPad y me puse a escribir. Llevaba un rato haciéndolo cuando, justo al levantar la cabeza de mi iPad, le vi; era él: pequeño, delgado, con gafas de sol, saliendo del ascensor y perdiéndose por la puerta trasera del edificio, precedido por una mujer. Me quedé sin respiración. Cuando la recuperé (parcialmente), comprendí que, si no hubiera sabido que tenía un piso allí ni hubiera llevado una semana dándole vueltas a mi artículo sobre él, quizá no le hubiese reconocido. Lo primero que se me ocurrió fue escribir un sms a mi amigo, un sms donde le juraba por mi padre que acababa de ver a Ringo; resumía: "No me llega la camisa al cuerpo". Mi amigo me contestó de inmediato: "Mientes como un bellaco. Yo no lo he visto en años y tú lo ves a la primera". Todavía anonadado por la aparición de Ringo, me di cuenta de que acababa de meterme en un lío: ya no podía escribir "Ringo y yo", no al menos como planeaba escribirlo, sencillamente porque había visto a Ringo; pero, si escribía "Ringo y yo" contando que había visto a Ringo, la mitad de la gente no me creería y la otra mitad me odiaría a muerte por haber visto a Ringo. Entonces me acordé de Foxá y de Colón y me dije que cabía otra posibilidad: callarme, hacer como si no hubiese visto a Ringo. ¿Podría hacerlo? ¿Sería capaz de guardar de por vida ese secreto terrible? Un momento, me dije: ¿y si me he equivocado? ¿Y si al fin y al cabo el tipo no era Ringo? Lo era: al día siguiente los diarios británicos traían la noticia de que, la noche anterior, Ringo había recibido en Londres el Icon Award de la revista Mojo. Así fue como comprendí que Ringo Starr había arruinado mi artículo sobre Ringo Starr. ¿Qué hacer?, me pregunté. En realidad, me lo he preguntado durante todo este tiempo, y al final no me quedó más remedio que recurrir otra vez -perdonadme- a mi soberbia diabólica y a mi insufrible vanidad y decirme que qué carajo, que a mí no me arruina un artículo sobre Ringo Starr ni el mismísimo Ringo Starr. Y aquí lo tienen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de septiembre de 2011