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Reportaje:REPORTAJE

Cuerpos al límite

Mantienen en vilo a médicos e instituciones ansiosas de medallas. Practican disciplinas que requieren una gran demanda cardiovascular. ¿Hasta cuándo podrán seguir rompiendo barreras? esta es la historia de unos cuerpos maravillosos.

Carlos Soria, un madrileño enjuto de 72 años, coronó el pasado 21 de mayo la cima del Lhotse (Nepal), a 8.516 metros de altitud. En 2004, recién jubilado, conquistó el K2 (Pakistán, 8.611 metros). Tenía entonces 65 años y acababa de convertirse en la persona de mayor edad que pisa el pico de la segunda montaña más alta del planeta. Ha alcanzado 10 de sus 11 ochomiles una vez cumplidos los 60. Carece de rival en el mundo rondando su mismo tramo de edad. Ahora prepara su próxima expedición al Dhaulagiri nepalí. No parará hasta alcanzar las 14 cumbres de la Tierra por encima de los 8.000 metros de altitud.

Hay hombres inestables como el mar, y otros, los menos, que son recios como montañas. Carlos Soria nació montaña en Madrid, a dos meses del fin de la guerra civil española. Eligió como forma de ganarse la vida trabajar de tapicero. Pero nada le impidió dar rienda suelta, desde la adolescencia, a su alma de alpinista impenitente. Casado, padre de cuatro hijas y abuelo de cuatro nietos, luce hoy un aspecto envidiable. Su asombroso caso revela una longevidad deportiva extrema sin precedentes, objeto de estudio de diversos y reputados cardiólogos. Todos ellos ubican buena parte del milagro físico en unas espectaculares condiciones cardiovasculares. Pero él prefiere pensar que de tener algo especial sería en todo caso su cabeza.

"Cada vez queremos ver a más superhombres y a más supermujeres"

"Parece mentira que no muera más gente con las barbaridades que se hacen"

"En sesenta años que llevo escalando, siempre supe cuándo dar media vuelta y volver sobre mis pasos. Nunca han tenido que rescatarme. La disciplina y la ilusión también son importantes. Y cuidar la alimentación. ¿Dónde está mi límite? Lo sabría si dejase de tener ganas de seguir haciendo lo que hago. Pero no creo que llegue ese día. Puede que en algún momento acabe de obsesionarme con los ochomiles, pero jamás me bajaré del resto de montañas. Hasta el final".

Así es Carlos Soria. Un alpinista indomable. Su historia revela un evidente caso de superación de retos inconmensurables, pero sobre todo plantea interrogantes a los que médicos especializados todavía no son capaces de encontrar respuesta. ¿Hasta cuándo podrán los deportistas seguir rompiendo barreras? ¿Cuáles son los límites del cuerpo humano?

Cada vez que Perucho y Craviotto arrancan su piragua de dos plazas (K-2) en la salida de una competición, ponen a trabajar sus corazones a 170 pulsaciones por minuto. En reposo no sobrepasan las 40, pero sobre el agua se convierten en dos purasangres palistas. Un tándem explosivo. Ganador de la medalla de oro en los Juegos de Pekín. Sus peripecias en el sevillano río Guadalquivir durante una mañana de primavera son un sublime espectáculo de fuerza y sincronización. En mente, solo una meta. Una obsesión. La reconquista del oro en la cita olímpica en Londres del año que viene.

Para lograrlo reparten su tiempo entre las mansas aguas del lago Trasona (Asturias) y este Centro Especializado de Alto Rendimiento Deportivo de la Isla de la Cartuja. Perucho y Craviotto, o, lo que es lo mismo, Carlos Pérez Rial (Aldán, Pontevedra, 1979) y Saúl Craviotto (Lleida, 1984) pasan como una exhalación a bordo del K-2 muy cerca del muelle principal del complejo deportivo. Miguel, su entrenador, marca con un cronómetro de mano el ritmo de paladas desde una pequeña embarcación a motor que sigue la estela de la piragua. Los remeros ejecutan series sucesivas de 100 metros que tardan apenas 17 segundos en recorrer. El grito de Miguel rompe el silencio de la escena, tan solo ambientada con la respiración jadeante de Perucho y Craviotto y su chapoteo coordinado en el agua tres veces por segundo. "¡Seguid batiendo!".

Una vez en tierra, con los músculos al desnudo todavía en tensión, solo cabe concluir que sus cuerpos constituyen dos obras maestras de la naturaleza. Cinceladas a golpe de periodos combinados de hipertrofia y definición muscular. Con dietas que pueden llegar a las 5.000 kilocalorías diarias y ocasionalmente incluyen suplementos de proteínas. "En una jornada completa, sus paladas pueden suponer el desplazamiento de 30 toneladas", explica Miguel, el entrenador. "Los dos representan la búsqueda de un cuerpo extraordinario en términos cardiovasculares y de adaptación al medio".

Perucho y Craviotto persiguen ese objetivo cada mañana. Ejecutan incansablemente desde muy temprano series de velocidad de 100 y 200 metros. Tras un almuerzo contundente, al que preceden dos desayunos, siesta de dos horas. A las cuatro y media de la tarde, otra vez al agua. Una repetición tras otra. Día tras día. Sometidos a un exhaustivo plan de ingeniería médica deportiva. Analizando el mismo movimiento una y mil veces. Cruzando datos sobre profundidad de las aguas, niveles de salinidad, fuerza del viento... Combinando ciclos de entrenamiento repartidos en tres semanas de carga y una de descarga al mes. Vacaciones en septiembre. Una vez al año, visita obligada a las instalaciones médicas de la sede madrileña del Consejo Superior de Deportes (CSD). Radiografías, medición de niveles de grasas, perímetros, peso corporal, músculos, huesos... Y exhaustiva revisión cardiovascular coordinada por Araceli Boraita, una dama de hierro de la salud de los olímpicos españoles.

Los archivos de la doctora Boraita en la jefatura de cardiología del CSD custodian la historia médica de un alto porcentaje de la élite que ha convertido la marca España en una potencia deportiva mundial. No le ha temblado el pulso a la hora de declarar "no apto" a más de una estrella tras detectar anomalías cardiovasculares. Habla como una ametralladora. Su teléfono móvil no para de sonar. Le llaman decenas de colegas en busca de consejo. Recibe en su despacho del CSD. Llegó aquí en 1988. Viste bata blanca y trata de mostrarse didáctica. Manifiesta preocupación por los últimos escándalos de dopaje que han removido los cimientos y manchado la imagen del deporte español. Aunque también encuentra explicación a las múltiples tentaciones de caer en la trampa.

"No cabe olvidar que la alta competición es espectáculo. Cada vez queremos ver a más superhombres y supermujeres que logren retos que hace veinte años eran impensables. Cuando llegué a este despacho, los mejores tiempos en maratón rondaban las dos horas y media en 42 kilómetros. Hoy se barajan marcas de pocos minutos por encima de las dos horas. Y se está intentando bajar esa barrera, la de las dos horas. Lograr algo así requiere modificar cada vez más el cuerpo de un corredor de fondo...".

La coordinación de las modificaciones que buscan moldear al atleta ideal dentro de la legalidad se lleva a cabo en España a través del apoyo médico institucional del CSD. Por los pasillos de su sede nacional deambulan doctores, bioquímicos, psicólogos, fisioterapeutas, técnicos de laboratorio... "Tenemos tipificado el cuerpo perfecto para cada deporte", explica la jefa de cardiología, Araceli Boraita. "Dimensiones, perímetros, grasas, músculos, peso corporal, dinámica de la marcha... La dirección médica se reúne con el comité de alta competición y decide a qué grupo reforzar, según los calendarios. Nosotros apoyamos científicamente la modificación de adaptaciones de deportistas para el máximo rendimiento. No se admiten trampas ni argucias. Si intuimos o detectamos algo irregular, lo ponemos de manifiesto. Pero lo que ellos hagan fuera de aquí no es competencia nuestra, sino de la Agencia Española Antidopaje".

Forzar la maquinaria humana hasta un extremo que permita recuperar la tonificación para seguir batiendo marcas al día siguiente. Es el modus operandi de los protagonistas de estas páginas. Una galería de cuerpos maravillosos. Presionados por unas gradas y unas instituciones cada vez más sedientas de medallas y éxitos internacionales. Expuestos a tremendas cargas de potencia y resistencia que exigen una gran demanda cardiovascular. "Siempre voy al límite de mis posibilidades en los entrenamientos; a veces te ahogas, pero es la manera de trabajar bien el fondo", afirma Mireia Belmonte (Badalona, 1990), punta de lanza de la natación femenina española tras conquistar el año pasado tres medallas de oro en el Mundial de Dubai. "Hablando de manera coloquial, con estos deportistas estamos siempre al borde del abismo", advierte la doctora Boraita.

Lesiones al margen, la cara más temible de ese abismo es la muerte súbita. Un enemigo difuso y esquivo que tiene a las patologías cardiovasculares como causa más frecuente. Entre deportistas menores de 35 años tan solo afecta anualmente a uno o dos por cada 200.000-300.000, según las imprecisas cifras disponibles al respecto. Su incidencia exacta en la población se desconoce, aunque los especialistas manejan el dato aproximado de unos 40 o 50 casos al año en España. A pesar de la excepcionalidad que supone, su impacto resulta demoledor. Sobre todo cuando afecta a competidores de élite. Jóvenes. Fuertes. Aparentemente sanos. Sometidos a controles médicos con cierta periodicidad. Encumbrados por los medios a las mayores cotas de reconocimiento social. Como Antonio Puerta, jugador del Sevilla Fútbol Club fallecido a los 22 años, tres días después de desplomarse sobre el césped del estadio Sánchez Pizjuán en el primer partido de la Liga 2007-2008.

"La muerte de Puerta supuso un antes y un después en la concienciación social de este problema", explica el secretario general de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), Julián Pérez-Villacastín. Entre otras razones, porque la conmoción del suceso fue el detonante para la imposición oficial de desfibriladores -máquinas que permiten recuperar el ritmo cardiaco a través de impulsos eléctricos- en los campos de fútbol de Primera y Segunda División. Una medida que permitió el pasado noviembre salvar la vida de Miguel García, de 31 años, tras caer fulminado en el Helmántico de Salamanca por dos fallos cardiacos consecutivos. "Si das un choque con desfibrilador en menos de un minuto tras el desvanecimiento, las probabilidades de reanimación son casi del 100%", explica Pérez-Villacastín. "Si transcurren de dos a siete minutos, solo el 50% salen adelante; a partir de siete minutos, tan solo existe el 10% de posibilidades de éxito".

Estas prevenciones no han mitigado, sin embargo, el desasosiego por las muertes en los últimos años de deportistas como Dani Jarque, jugador del Espanyol que falleció el 8 de agosto de 2009 a los 26 años por un infarto mientras su equipo desarrollaba la pretemporada en Italia; o el decatleta asturiano Ismael González, que murió en abril de 2010 a los 25 años durante un entrenamiento. "El registro español de muerte súbita en el deporte que se realizó hace unos años determinaba que la mayor parte de casos afectan al fútbol, ciclismo y carreras de atletismo, no en vano las disciplinas más practicadas en España", apunta Pérez-Villacastín en su despacho de la sede de la SEC. "Pero este registro no recoge ni una quinta parte de lo que puede estar sucediendo realmente".

A sus 52 años, el doctor Pérez-Villacastín ha dedicado los últimos treinta al estudio del corazón. Forma parte del grupo de expertos que elabora el Estudio español sobre la muerte súbita en el deporte, impulsado por el CSD, los Ministerios de Justicia y Sanidad, la SEC, la Sociedad de Patología Forense y la Federación de Medicina del Deporte. Entre las conclusiones de este informe en proceso de borrador encontramos que "en más del 90% de los casos la causa del fallecimiento es la arritmia cardiaca, que se desencadena en un corazón enfermo (aunque la enfermedad no se hubiera detectado ni producido ningún síntoma)". Ese mismo 90% de cardiopatías o enfermedades que pueden provocar la muerte súbita de deportistas "son detectables y, por tanto, evitables", según la cardióloga del CSD Araceli Boraita, "con un reconocimiento, una historia clínica, una exploración cardiovascular y un electro en reposo que permitirían despistar la práctica totalidad de los casos". Para Boraita, la dificultad de llevar todo esto a cabo reside en que "muchos entrenadores no ven todavía los beneficios del control médico; por otro lado, cada federación tiene sus propias normas y hace de su capa un sayo. Hay que promover estos reconocimientos con carácter general".

Así ocurre desde hace tres decenios en Italia, donde en 1983 se implantó el electrocardiograma en los reconocimientos médicos obligatorios para la práctica deportiva, diferenciando entre los competitivos y los no destinados a la competición. En España, el secretario de Estado para el Deporte, Albert Soler, asegura que en estos momentos la Comisión de Control y Seguimiento de la Salud y el Dopaje promueve un estudio de un grupo de expertos para desarrollar normativas de reconocimientos médicos deportivos, cuyas conclusiones están previstas para el cuarto trimestre de 2011. Las pruebas "mínimas y fiables" que este grupo de expertos proponen consistirían, según Soler, en: "Anamnesis (antecedentes) personales y familiares, según un formulario estándar, exploraciones cardiovasculares básicas, electrocardiogramas de reposo y otras exploraciones según la edad, así como la disciplina y la especialidad practicadas".

No parecen precauciones insustanciales cuando, por ejemplo, de un competidor en la prueba de Iron man se trata. Es el caso del vasco Eneko Llanos, subcampeón del mundo en 2008 de esta exigente modalidad de triatlón, que combina 3.800 metros de natación, 180 kilómetros de ciclismo y 42,2 kilómetros de carrera a pie. "Te acercas mucho al límite de tu cuerpo, a un dolor que te proporciona afán de superación sobre ti mismo", explica Llanos.

Convencidos de las bondades de la práctica deportiva, cada vez más especialistas reclaman la implantación de controles exhaustivos previos para aquellos que vayan a someterse a los rigores de la competición. El secretario general de la SEC, Pérez-Villacastín, considera que se trataría de algo parecido a conocer en qué estado se encuentra un edificio antes de saber si puede exponerse a un terremoto o a un huracán. En un país donde, según el Centro de Investigaciones Sociológicas, alrededor de doce millones de personas practican deporte, el CSD calcula que solo en torno a tres millones y medio poseen licencias federativas, requisito indispensable para competir. Ante las alarmas que han saltado en los últimos años cabría preguntarse si están muriendo súbitamente en España más deportistas ahora que antes. Pérez-Villacastín cree que, simplemente, "estamos empezando a tener constancia de esas muertes". Y remata: "Parece mentira que no muera súbitamente más gente con las barbaridades que se hacen. Solo tienes que fijarte en los esporádicos que no practican nada durante la semana y el sábado se pegan una paliza de tres horas".

A falta de datos exactos, atacar médicamente esta cruda realidad sin conocer el número exacto de casos y sus causas es imposible. Las máximas autoridades deportivas españolas aseguran estar negociando con el Ministerio de Justicia para impulsar "un registro oficial de estos fallecimientos con sus datos epidemiológicos". Algo que permitiría, según el secretario de Estado Albert Soler, "conocer la entidad del problema, así como recoger muestras orgánicas para un estudio anatómico, toxicológico, infeccioso y genético en estos casos que establezca la incidencia de las causas". Lograr un acuerdo de este tipo "entre Justicia, Sanidad, CSD y autoridades científicas" tendría, para la doctora Boraita, "una repercusión mundial al establecer un protocolo que permita el estudio de cada muerte súbita en el deporte". Desde la SEC, Pérez-Villacastín apostilla: "Si fuéramos capaces de unirnos en este asunto, en 10 años seríamos tan pioneros como lo fue la Organización Nacional de Trasplantes".

Las huestes españolas que preparan la próxima cita olímpica de Londres siguen forzando la máquina alejadas de estas cuitas, pero sin permanecer ajenas a la presión del medallero que determina el mantenimiento del sistema de becas ADO. Unos dos millones de atletas se han beneficiado de su planificación desde Barcelona 92, coincidiendo con el desembarco de capital privado para la financiación del deporte de alto nivel. Pekín 2008 cosechó 18 medallas (5 oros, 10 platas y 3 bronces), el tercer mejor resultado en unos Juegos Olímpicos. A los piragüistas Perucho y Craviotto, el oro en China les abrió las puertas de los patrocinadores y una beca ADO de 60.000 euros anuales para cada uno hasta Londres 2012. A partir de entonces, ambos tendrán que refrendar resultados para poder seguir viviendo de sus paladas. "Desde que eres campeón olímpico, trabajas con una presión añadida", apunta Craviotto. Y si no, también, como explica la corredora de maratón Beatriz Ros: "Si no eres medallista es como si no contaras. Tengo una beca por el Europeo de atletismo que no me permitiría hoy vivir solo de ella. También soy podóloga. Trabajo en un centro de día del Ayuntamiento de Madrid".

Darlo todo por algo que puede desvanecerse en milésimas de segundo. A veces, ni siquiera poder intentarlo por el desgaste físico continuado. A la sevillana Beatriz Manchón, de 35 años y emblema del piragüismo femenino español, su hombro derecho le ha dicho "basta" en varias ocasiones. Su participación en Londres 2012 aún está en el aire. "Me sometí durante años a diferentes intervenciones hasta que comenzó a abrirse una úlcera en la cabeza del húmero. Entonces es cuando entra en juego el miedo a que se parta el hombro en dos. Con mi última operación espero llegar a los Juegos de Londres. Seguiré mientras el cuerpo me permita sufrir en el entrenamiento y mantenga la ilusión por lo que hago".

Podios, rankings,becas, políticos ansiosos por fotografiarse junto a héroes de nuestro tiempo... Alta competición como hoguera de las vanidades. ¿Hasta cuándo podrán alimentar este gran circo? ¿Dónde está el límite del cuerpo humano? "A día de hoy, no lo sabemos", sentencia Araceli Boraita en la jefatura de cardiología del CSD.

A la familia de Carlos Soria lo que de verdad les preocuparía es que él dejase de coronar cumbres. Sus 72 años no suponen para él ninguna barrera. Representa un caso insólito en términos deportivos y médicos al que, sin embargo, le cuesta encontrar patrocinios para sus expediciones. A pesar de todo, seguirá haciendo aquello para lo que ha nacido: ser montaña. Una montaña que no conoce límites. "A las personas de mi edad les recomiendo que luchen por sus sueños. Si el sueño es cuidar nietos, adelante; si no es así, que no se dejen llevar por el río que conduce a quedarse tirado sin hacer nada".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de julio de 2011