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Crítica:64º Festival de Cannes

Entre la nada turca y la rebelión marroquí

Mi larga experiencia con un tipo de cine que solo encuentra acogida fija y frecuente veneración en los festivales me previene inevitablemente cada vez que en el arranque de una película observo como la estática cámara filma un paisaje en el que divisas remotamente a gente o coches que se acercan. Suele ocurrir que el director está empeñado para otorgar realismo o debido a su nula imaginación en que el tiempo cinematográfico se corresponda con el tiempo real. Eso quiere decir que pueden pasar siete u ocho minutos desde que ves a esos personajes a lo lejos hasta que se colocan delante de la cámara. Estás en el territorio de la nada. Y yo me echo a temblar ante lo que puede venir después. En el vocabulario de sus densos autores no figurará jamás la palabra elipsis.

Mihaileanu narra con delicadeza la protesta femenina contra su esclavitud

Así empieza la película turca Érase una vez en Anatolia, dirigida por Nuri Bilge Ceylan, señor que ha conseguido numerosos premios en los festivales con títulos como Lejos, Los climas y Los tres monos. La primera hora de las casi tres que dura esta ininteligible pesadez no te permite enterarte de qué va su historia. Esos coches que veíamos acercarse en la noche y en medio de un paisaje montañoso de Anatolia los ocupan policías, jueces, procuradores y un individuo esposado y sospechoso de haber cometido un crimen o haber sido cómplice o testigo de él. Van de un lugar a otro mientras que establecen fatigosas conversaciones sobre el divorcio, los hijos, los antiguos sueños y la vida cotidiana. Y de vez en cuando le sueltan una colleja al preso. Pero fundamentalmente no pasa nada que merezca la atención. Después tampoco, aunque al menos pueden intuir que existe un argumento, un mínimo de coherencia entre tanto discurso existencial. Al terminar te asalta la sensación de que llevas un día entero en la sala, te duele el cuerpo por los infinitos cambios de postura. Sé que hay muchas formas de perder el tiempo, pero hacerlo con una película insufrible es una de las más absurdas.

Por el contrario todo es transparente, intenso, duro, sentimental y comprensible en La source des femmes, dirigida por Radu Mihaileanu, alguien que alcanzó un éxito notable con la simpática aunque muy leve El concierto. Narra la huelga de sexo con la que retan a sus feudales y vagos maridos las reivindicativas mujeres de un misérrimo pueblo de Marruecos que no tiene agua ni electricidad y en el que ellas trabajan como bestias de carga, incluyendo la recogida de agua en una montaña escabrosa que les ha provocado numerosos abortos. La concienciación ante su ancestral papel de esclavas, la rebelión contra tradiciones ferozmente machistas, la violencia con la que reaccionan la mayoría de los ortodoxos maridos al verse privados del derecho de pernada sobre esos cuerpos y espíritus contestatarios y la posibilidad de que puedan repudiar legalmente a sus esposas, está contado con claridad y delicadeza. Y el director además comete el imperdonable pecado de optar por un desenlace razonablemente feliz. Ambas cosas son muy graves para los exclusivos amantes del simbolismo hermético, la oscuridad críptica, la vanguardia metafórica. Sus abucheos, sus indignados rugidos cuando ha acabado la proyección eran previsibles ante una película muy digna y lo que es peor, con infinitas posibilidades de que su lenguaje y su temática encuentren distribución comercial en todos los países.

Estas dos películas han clausurado una sección oficial que prometía mucho, debido a la concentración de tantos autores prestigiosos y que solo ha resultado discreta. Es muy raro que acierte en la quiniela de los premios, pero mis gustos encontrarían razonable y justo que estuvieran en el palmarés la preciosa y muda El artista o Le Havre, la última joya minimalista que nos ha regalado Aki Kaurismäki. También el lírico, evocador y hermoso retrato de la infancia que hace Terrence Malick en El árbol de la vida. Igualmente que se reconociera el mérito de las interpretaciones del anciano Michel Piccoli dando vida a su ofuscado Papa, la compleja veracidad de Brad Pitt y la angustia de Tilda Swinton haciendo de madre de un monstruo. Robert de Niro, presidente del jurado, sabe todo sobre el arte de interpretar y puede valorarlo mejor que nadie. Esperemos que acierten.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 2011