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Entrevista:ENTREVISTA

Peter Eisenman "La máxima ambición siempre es necesaria"

Su trabajo en la Ciudad de la Cultura, en Santiago de Compostela, lo define: audaz y polémico. El arquitecto estadounidense se retrata. Quiere pasar a la historia.

Si la Ciudad de la Cultura es un proyecto polémico para Galicia; para la arquitectura, su autor, el estadounidense Peter Eisenman (Newark, Nueva Jersey,1932) es un hombre acostumbrado a la discordia y el rechazo que se alimenta de dos obsesiones: dar con un idioma de su tiempo y que, a la vez, quede fuera del tiempo. El autor del sobrecogedor Memorial del Holocausto, en Berlín, fue doctor en filosofía por Cambridge antes de poner una piedra. Y, en su opinión, "saber demasiado casi me arruina la vida". Uno de los estandartes del deconstructivismo, que proponía romper el perímetro de los edificios aplicando normas lingüísticas a la arquitectura, construye en España otro edificio para la Universidad de Gandía. El día anterior a la entrevista, durante una conferencia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, Eisenman afirmó que nunca viviría en una casa diseñada por él. Alegó que le gustan las cosas "tontas, de tan sencillas".

"Tras 20 años de psicoanálisis aprendí que quería acercarme mucho al sol"

Entonces, ¿por qué es tan compleja su arquitectura?

Hay una diferencia entre el arte y la vida. Estoy cómodo en lugares anónimos, en una vivienda que no sea de anuncio. Nunca he querido hacer mi propia casa. Pero la complejidad de mi trabajo se debe a que elegí ser un arquitecto de un tiempo y una época, la mía, en contraposición a serlo de un lugar. Me pregunto si es posible hacer que alguien dude del momento en que vive gracias a la arquitectura. Creo que conseguí algo cercano a eso con el Monumento al Holocausto en Berlín. La sensación de sentirse perdido hace que uno tome mayor conciencia de existir. Y eso es imposible hacerlo en una casa. Al principio de mi carrera dije que solo haría viviendas, pero crecí. La escala también se da en música. No es lo mismo una partita que una ópera. No pueden aspirar a lo mismo.

Y a usted le interesa la ópera.

Solo los proyectos de gran escala pueden enfrentarse a los problemas de nuestro tiempo. He sido afortunado al poder hacer seis edificios en Santiago que son como muchas voces cantando a la vez. Y creo que es posible que la Ciudad de la Cultura se convierta en una obra histórica. Es importante que Galicia sienta que es algo más que el cabo Finisterre de España. Y cuando leo los comentarios de las 35.000 personas que lo han visitado en las tres semanas posteriores a la inauguración, diciendo que el lugar es majestuoso, siento que se enorgullecen, y eso era parte de lo que se buscó cuando convocaron el concurso.

¿Cree que la catedral les enorgullece lo suficiente?

Creo que la Ciudad de la Cultura buscaba ser un monumento secular en un lugar tradicionalmente religioso. De las tres autonomías con idioma propio, Galicia no tenía la industria ni la modernidad de Cataluña o el País Vasco. Agrícola y pobre, carecía de las infraestructuras culturales de sus vecinos. La idea de juntar tantas instalaciones justifica la Cidade. Además, cuando se convocó el concurso, las condiciones económicas eran otras. Galicia decidió invertir en este proyecto en lugar de malgastar el dinero. Hoy podrían no tener nada. Y lo que vemos es algo para mañana, no para hoy. La región perdía población. ¿Cómo la recuperas sin las infraestructuras culturales de nuestra época?

¿Está diciendo que la Cidade pone a Galicia en el tiempo actual?

Sí. Ayudará a empujar la región hacia el presente y a alejarla de la nostalgia del pasado.

Dice usted que las buenas ideas no envejecen, ¿la Cidade lo es?

Creyeron que hacían algo grande. Y yo lo sigo creyendo. La gente debe darse cuenta de que el coste ha cambiado porque el programa ha cambiado. De 60.000 metros cuadrados hemos pasado a 150.000. La biblioteca tuvo que doblar su capacidad porque el consejero dijo que necesitaban espacio para un millón de libros. ¿Tienen los libros? Eso no es asunto mío. El proyecto está costando 2.200 euros por metro cuadrado. La mitad de lo que cuestan los de Herzog & de Meuron o Moneo.

¿Un arquitecto se pregunta si lo que hace es necesario para un lugar?

Uno se pregunta: ¿Lo que estamos haciendo es moral?, ¿es lo correcto? Después, uno se pregunta si el trabajo es interesante. Yo creo que en el mundo hay demasiada arquitectura. Y que el 80% de lo que se les plantea a los arquitectos es irrelevante. No tiene cometidos políticos o ambiciones sociales. En Milán hacemos una torre de viviendas de ese tipo, el diseño se adapta a la normativa, a la obsesión del cliente por exprimir los metros cuadrados. Se hace como reto y para alimentar el estudio. Pero uno no se mete pensando que va a hacer gran arquitectura. Santiago no era de ese tipo. El Memorial del Holocausto de Berlín, tampoco. ¿Necesarios? Creo que la máxima ambición siempre es necesaria.

¿Cuántas veces puede un arquitecto firmar un trabajo que representa su ideología?

Pocas, si es que puede. Los componentes de la ideología moderna, vivienda e infraestructuras, se han perdido por la especulación y a nadie le importa. La gente se dedica a hacer centros comerciales. Los jóvenes de hoy parecen haber perdido la oportunidad de participar en proyectos que cambien el mundo. ¿Cuál es hoy la posibilidad de hacer una arquitectura de compromiso social? No es un museo ni la vivienda.

¿Los centros comerciales hechos de otra manera?

Puede ser. Pero a la gente del ámbito comercial le importa muy poco la arquitectura. Solo entienden de formas. Cuando trabajé para Gropius en los cincuenta, su estudio era el mejor sitio para ir. Al nivel de Mies van der Rohe. Había posibilidades. Pero nuestro trabajo era anodino. No eran los trabajadores, era el espíritu. Todo era banal, no había nada inspirador. Gropius no tenía visión. Eso me hizo dudar. Me planteé si Gropius habría sido siempre así. Y concluí que nunca tuvo interés en nada más allá de su propio ego.

¿Cree que hay muchos arquitectos interesados hoy en algo más allá de su propio ego?

Creo que hoy hay más que nunca. Rem Koolhaas tiene un gran ego, pero Rafael Moneo está interesado en algo más. También Venturi. Y muchos arquitectos jóvenes. España es uno de los países que mejor prepara a sus arquitectos para tener obra con sentido y responsabilidad moral.

¿Cómo se siente un arquitecto cuando lo que considera su obra maestra no es valorado por la mayoría de la gente?

Si le gustara a todo el mundo, algo iría mal. Si eres un personaje público debes admitir la crítica. La cuestión con cada proyecto es: ¿crees en él lo suficiente como para luchar y aguantar todo lo que deberás aguantar por él? No espero gustar a todo el mundo. Solo pido que sepan ver lo que hay en Santiago. Creo que uno puede ir allí y sentir que en esa obra hay pasión. Y creo que se debe juzgar con justicia, no desde la actual crisis económica. No se puede criticar que sea grande o que ha costado demasiado. La crítica debe ser otra; Galicia necesitaba algo de esta escala.

¿Lleva tiempo entender sus edificios?

El Memorial para el Holocausto de Berlín tuvo una enorme oposición. Ambos proyectos, Galicia y Berlín, son tanto arquitectura como paisaje. Recrean un lugar. Y es un lugar fuera del tiempo que permite a cualquiera sentirse fuera del tiempo. En las semanas que lleva abierto, lo más valorado por el público es la parte de la plaza que asciende hasta la cubierta.

Alguien puede preguntarse qué tipo de arquitecto haría una rampa que no conduce a ningún sitio...

No es una rampa, es el suelo que se eleva.

¿Para qué?

¿Para qué? ¿Por qué a la gente le gusta elevarse? Dígamelo usted. No lo sé. Pero todos van allí. Se hacen fotos. No es el edificio, es el suelo, que termina por ser parte del edificio. Es un lugar con fuerza. Y no hace falta saber por qué. La gente experimenta esa fuerza. Es el punto más popular. ¿Qué sienten allí? No lo sé ¿Incertidumbre? ¿Desequilibrio?

Usted ya se preguntó si la incertidumbre es siempre relevante en arquitectura. Cuando lo hizo dejó de construir viviendas y empezó a psicoanalizarse. Lo hizo durante 20 años.

El crítico Manfredo Tafuri me acusó de querer volar como Ícaro, demasiado cerca del sol. Tras 20 años de psicoanálisis aprendí lo que ya sabía, que quería acercarme demasiado al sol. Pero nadie fue capaz de explicarme cómo buscar el sol en la tierra.

¿Qué aprendió psicoanalizándose?

¿Debo tumbarme?

Por favor, siéntase cómodo.

Lo que hizo el psicoanálisis fue: acabar con mi matrimonio (un matrimonio que jamás creí que fuera a romperse), acabar con mi vida académica y empujarme hacia la práctica arquitectónica. Me cambió la idea de lo que es hacer arquitectura. He vivido rodeado de psiquiatras. Mi anterior suegro fue el psicoanalista de Jackson Pollock, la familia de mi primera mujer se psicoanalizó al completo. Yo, durante mucho tiempo, tenía dos psicoanalistas, uno en Los Ángeles y otro en Nueva York.

Como en las películas.

Me sentía metido en un barco en medio de un río rodeado de niebla. Oía llamadas a un lado y al otro anunciando dónde estaba la orilla. Al final toda mi familia pasó por el analista: mi mujer actual, mis hijos de este y del anterior matrimonio...

¿Y?

El psicoanálisis no te hace mejor, pero te hace entender por qué eres como eres. No te cura nada. Es más, uno concluye que los más enfermos son los propios analistas, casi todos algo lunáticos. Pero te da libertad. Me hizo aceptar quién soy.

¿Y quién es?

Una persona que no tiene que mentir.

¿Antes sí lo hacía?

No estaba en paz. Al decir lo que pienso hice las paces con mi pasado. Luego las hice con mi procedencia judía gracias al proyecto del Memorial para el Holocausto. Crecí en una familia laica. Teníamos hasta árbol de Navidad. Y no supe que mis orígenes eran judíos hasta que cumplí 11 años y un niño me dijo que no podía jugar conmigo porque yo era judío. Eso me hizo rechazar serlo. Me encerré. El psicoanálisis me permitió decir lo que soy: de ascendencia judía, no practicante... Aprendí lo que parece la cosa más difícil del mundo. Decir qué son las cosas que arden dentro de uno. En otras palabras, el psicoanálisis te obliga a decir lo que no quieres decir. Y normalmente eso es lo importante.

¿Aplicado también a la arquitectura?

En la conferencia del Círculo de Bellas Artes intenté hablar de lo que arde en mí, pero no sé con certeza. ¿Qué es la ideología hoy? Quiero saber qué es arquitectura hoy. Porque no conozco la respuesta, y ahora no titule la entrevista así.

Sería un buen titular: "El autor de la Ciudad de la Cultura declara que no sabe lo que es la arquitectura".

Tal y como soy, o como me he hecho, necesito entender todo esto.

¿Se siente libre?

No creo que nadie sepa hoy qué es la ar

quitectura. Sé que no es la estetización de la ideología (como intentaron los nazis), pero si la arquitectura es política, ¿qué pinta el componente estético?

¿Su trabajo tiene en cuenta la estética?

La Cidade es bonita. Pero la estética es accidental, inesperada, no el objetivo. ¿Cuántos trabajos importantes se pueden hacer en una vida? ¿Cuántos trabajos necesarios? Cuando termine Santiago, será una de las dos obras importantes que habré hecho en mi vida. Pero he hecho 30 edificios. De ninguna manera pueden ser todos importantes.

¿Cuándo supo que Santiago, o Berlín, serían obras importantes?

En Berlín la memoria del Holocausto es fundamental. Si afrontas bien algo tan espinoso, el monumento será importante durante mucho tiempo. Lo hicimos bien. La historia nos dirá si Santiago es importante. Primero se debe acabar. Faltan las calles para que se convierta en territorio. Falta el museo, un edificio sobrecogedor que se inaugurará en septiembre. También el auditorio es impactante. Cuando se termine, la historia juzgará.

¿Le gusta a Fraga?

Sí. Él se enorgullece. Lo vi en la inauguración y lo abracé. Congeniamos mucho. Creo que él es importante en la historia española.

¿Sabe lo que representa en la historia de España?

Fue un profesor brillante en los sesenta. Trató de democratizar el régimen, de alguna manera. El Opus lo apartó del Gobierno porque era demasiado volátil y se convirtió en embajador en el Reino Unido. Es amigo de Fidel Castro, cosa que molesta a muchos en el PP. Creó los paradores. Participó en la fundación de EL PAÍS. Creo que será juzgado como una figura más importante que Suárez. Por lo menos para mí, ha sido una figura clave. Y ahora está feliz con la Ciudad de la Cultura.

¿Es su monumento?

Él lo siente así. Quiere que se termine. Pero eso debería preguntárselo a él. Fue poderoso, sigue siendo un hombre fuerte. Sin duda es uno de los clientes más importantes que he tenido nunca. Entiende el mundo.

Por cierto, ¿por qué no vistió la camiseta del Compostela el día de la inauguración, como le gustaba hacer antes cuando llegaba a una ciudad?

Los tiempos han cambiado. Además tengo una historia con el Deportivo y debo ser cuidadoso. Muchos de los problemas de la Cidade residen en que está ubicada en Santiago. Piense que cuando empecé, la Xunta me pidió que hiciera un proyecto para el Deportivo. El alcalde Paco Vázquez y el presidente del Deportivo, Lendoiro, estaban enfrentados y el proyecto no prosperó. Pero si lo hubiera hecho, la ansiedad sobre Santiago se habría rebajado.

Las cosas, efectivamente, cambian. ¿Qué ha cambiado en su estudio en los años que lleva dedicados a la Cidade?

Soy más rápido. Hace 10 años, si me hubiera fallado una piedra se me hubiera hundido el mundo. Hoy encuentro otra para sustituirla. Creo incluso que las diferencias de color pueden mejorar un edificio. Y eso, que ha sucedido, es imposible diseñarlo. Uno aprende en los accidentes.

Más cambios. Cuando Obama y Hillary Clinton disputaban las primarias para convertirse en candidatos a presidente usted aseguró que ni una mujer ni un negro presidirían jamás su país.

Y me equivoqué. Equivocarme así me gusta. Pero pregúntese usted si un negro podría presidir España, Francia, Italia o Alemania, por preparado que estuviese. Lo interesante es que el prejuicio racista parece vencerse antes que el de género. Las mujeres no votaron en mí país hasta 1921. Hay representaciones de género tan desafortunadas como Sarah Palin que echan por tierra mucho trabajo. Eso es triste. ¿Podría Aguirre presidir España?

Es lista.

Creo que en España hay demasiada distancia jerárquica entre hombres y mujeres.

Como neoyorquino, ¿qué haría con el Memorial del 11-S? Sigue vacío después de una década.

Participé en el concurso y no quisiera ser injusto. El Memorial de Berlín es mucho mayor: 10 hectáreas por 50 millones de euros. El proyecto de Nueva York maneja 500 millones. Es una cantidad obscena de dinero. Es evidente que podrían haber hecho un memorial por la décima parte.

¿Sacrificando el valor comercial de la zona?

Tienes que decidir entre comercio o memoria. En Berlín lo tenían claro.

¿Cree que la Cidade es un final de serie?

En absoluto. La sociedad siempre necesitará proyectos ambiciosos. Sobre todo las sociedades en crecimiento. Necesitamos símbolos. La escala de un icono es fundamental. Habrá más proyectos así. Lo creo y lo espero por la próxima generación. De lo contrario, ¿dónde estamos? ¿al final de todo? Después de nosotros, ¿se acaba el mundo? Mis estudiantes están mejor preparados que nunca y tendrán menos oportunidades que ninguna otra generación. Así que sus propuestas serán necesariamente mejores, inesperadas.

Ninguno de sus hijos es arquitecto.

Gracias a Dios, no. Uno hace cine y la otra es abogada. Los pequeños estudian.

Tampoco había arquitectos en su familia. ¿Por qué quiso serlo?

Por casualidad. Crecí en una familia de clase media alta. Mis padres eran universitarios. Mi madre provenía de una familia rica, judía alemana, que llegó a América a mediados del siglo XIX.

¿Qué hacía?

Nada. Nada de nada. Jugaba a las cartas todo el día. Fue educada para no hacer nada. Y a mí me educó una criada negra. Ella sí tenía inquietudes y moral. Mi educación sentimental viene de esa mujer. La quise. En ese clima, yo fui a la universidad porque era lo que hacía alguien de mi posición. No elegí hasta muy tarde en la vida. Por ejemplo, fui a Cornell porque no conseguí entrar en Harvard. Psicológicamente y socialmente tampoco estaba preparado para ir a Harvard. Pero me habría dado igual ir a cualquier lado. No sabía nada; y nada me preocupaba. Fue mi padre quien eligió mi programa de estudios: química (porque él era químico) y alemán. Si no hubiera sido porque vi cómo mi consejero académico hacía una maqueta, hoy no sería arquitecto. Decidí que quería hacer eso, maquetas.

¿Y su padre lo entendió?

Era Semana Santa. Yo casi nunca hablaba. Ni tenía qué decir ni sabía cómo hacerlo. Pero esa vez lo hice. Y me escucharon. Mi padre nos hizo pasar a un salón que nunca usábamos y lo que dije adquirió un tono ceremonioso. Anuncié que iba a ser arquitecto. Mi padre preguntó si era una broma. Contesté que no. Me dio un año para probarlo. Me dijo que si no funcionaba debería buscar trabajo. Nunca me arrepentí.

¿Y cuándo decidió ser un arquitecto complejo?

Cuando trabajaba para Gropius salí con una mujer que era siete años mayor que yo. Era una mujer poderosa, rica además, muy educada, hija del presidente de una compañía norteamericana de acero. Teníamos una relación intensa. Le dije que me tenía que ir a Inglaterra a estudiar. Ella preguntó por qué y yo contesté que necesitaba ser un gran arquitecto. Después de lo que había visto en el estudio de Gropius, necesitaba serlo. Y por eso no estaba dispuesto todavía a unirme a una mujer. Dos meses después me fui. Y ella se suicidó. Eso no me dejó opción.

No sé si seré un gran arquitecto... Supe que tendría que intentar serlo cuando pasó eso.

¿Por qué intentó ser grande a través de la complejidad?

No veo otra manera. Pero no digo que sea un gran arquitecto. No tengo el premio Pritzker.

¿Le preocupa?

No pertenezco al club. Pertenezco a otro; como Joyce o Borges, que nunca tuvieron el Nobel. Cuando se lo dieron a Koolhaas, dijo que me lo tendrían que haber dado a mí antes. Y Zaha Hadid.

¿Usted por qué cree?

Soy un chico malo.

Zaha Hadid no es exactamente una buena chica.

Yo soy malo tal vez porque soy demasiado honesto.

Otros más polémicos lo consiguieron. Aunque es cierto que los últimos premios, Zumthor o Sejima, han sido para los indiscutiblemente buenos.

¿Por qué cree usted que no me han dado el Pritzker?

¿Le fallaron las conexiones en el jurado?

¿Y por qué? Porque no juego su juego.

¿Le preocupa no tener el premio?

Hace 20 años sí. Hoy no. Me gusta mi vida. Si me ofrecieran el Pritzker y tuviera que dejar de ser quien soy, no lo aceptaría.

¿Cree que los demás premiados han cambiado tras conseguirlo?

No conozco a ninguno que haya mejorado. La mayoría se han visto en la cima y han iniciado el descenso. Yo todavía estoy subiendo.

¿Hace 20 años el premio le hubiera cambiado la vida?

Sin duda. Y tal vez sería peor persona. Y peor arquitecto. Me gusta mantenerme inquieto, curioso, despierto. Disfruto enseñando, relacionándome con la gente joven. Creo que estoy en la cima de mi juego: creo que soy rápido, complejo, pero claro, que soy capaz de decir lo que necesito decir y de pensar lo que necesito pensar. Me siento libre. Muchos de mis colegas pierden la libertad.

¿Qué relación tienen sus hijos con la arquitectura?

Ninguna. Mi hijo de 18 años dice que su padre hace edificios cabeza abajo. Lo que más les ha impresionado es que hiciera el estadio donde se celebra la Superbowl. Acoge 80.000 personas.

¿No es su edificio favorito?

Es un estadio. No pasará a la historia.

Ya que compara arquitectura y música, ¿por qué le gusta tanto Wagner y no aprecia a Schönberg si uno esperaría lo contrario?

Me gusta la obra de arte total. La gran música, los grandes libros. Creo en lo grande. En los grandes proyectos puedes reinventar las cosas. Egipto fue un gran proyecto, Rusia y China también. No estoy seguro de que Estados Unidos siga siéndolo, ni España tampoco.

Con 78 años, ¿cree que las teorías de otros campos, como la literatura, pueden aplicarse a la arquitectura?

No. Durante mucho tiempo pensé que sí. Pero no pude hacerlo. Creo que la arquitectura debe encontrar su teoría en su propio discurso.

A gran escala para pasar a la historia

Nació en Newark (EE UU) en agosto de 1932; en los años cincuenta se formó con una leyenda, Walter Gropius (la foto es de 1952). Conocido internacionalmente por su visión provocadora y monumentalista (a gran escala, dice él) de la arquitectura, en la última década ha saltado a los medios de comunicación por su impactante Memorial del Holocausto, en Berlín; y por la tan audaz como polémica Ciudad de la Cultura.

Esta 'cidade' de Santiago de Compostela ha levantado duras críticas porque su presupuesto se ha elevado desde los 108 millones iniciales hasta más de 400.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de abril de 2011

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