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Reportaje:

El equilibrio, una ideología al piano

El cubano Jorge Luis Prats triunfa a los 54 años con su sensualidad musical

Jorge Luis Prats (Camagüey, 1956) se sienta en la banqueta y pulsa obstinadamente el si bemol en el piano del hotel. Luego, con el resto de los dedos de sus menudas manos, empieza a esbozar los trazos del Gibet -el segundo movimiento del Gaspard de la nuit- y emerge el dibujo completo del poema de Aloysius Bertrán que Maurice Ravel trasladó en 1908 a la partitura. Así es fácil imaginar aquel cadalso con el ahorcado colgando en el centro de una confluencia de callejuelas. Es esa tecla negra que marca el centro del piano mientras toda su sonoridad se abre a su alrededor. Así cree que debe interpretarse este oscuro, inquietante y difícil movimiento con el que levantó al público del Palau de la Música la noche anterior. Y luego, les regaló cinco bises.

Prats no está en su treintena, no se comporta como una estrella del pop y no le gustan las entrevistas. Hasta hace poco, este poderoso pianista daba clases a niños en Lalín, un pequeño pueblo de Pontevedra donde vivió un año y medio. Todavía le emociona recordarlo. Porque a sus 54 años, Prats es el interesante reverso de la moda de los nuevos talentos de la interpretación. Tras una larga y discreta carrera -la mayoría del tiempo con la sordina cubana-, los focos le iluminaron hace unos tres años, cuando el promotor de piano Marco Riaskoff recibió unos DVD cuyos perturbadores fragmentos circulan por YouTube con insólito ajetreo. Inmediatamente pasó a compartir ciclo con figuras como Pollini, Zimerman o Barenboim y abandonó la oscuridad de los fosos donde su piano acompañó un día a Alicia Alonso. Hoy vive en Miami, pero le reclaman en media Europa.

La semana pasada, el ciclo Ibercamera le hizo debutar en el Palau de la Música de Barcelona. Y 100 años después de que Enrique Granados estrenase ahí sus Goyescas, él las recuperó con enorme pasión. "Es lo más local que hay, más que Albéniz", asegura mientras subraya su propio origen catalán. En ocasiones, Prats hizo sonar el resto del repertorio -Ravel, Fariñas, Lecuona, Cervantes- como si entre él y las enroscadas paredes del edificio de Domènech i Montaner hubiese una orquesta invisible. Cada tecla como un instrumento distinto. De una técnica y una sensualidad abrumadoras, basa su ideología en el equilibrio. Porque el pianista Arthur Rubinstein le dijo un día que no hay peor enemigo de la interpretación que el "muy". Nada que suene muy rápido, muy lento, muy fuerte, muy bajo, cree, puede alumbrar algo bueno.

Y además del equilibrio, ¿qué busca Prats cuando se sienta al piano? "No pretendo nada. Ni emocionar, ni impresionar. El compositor es lo importante, no yo". Y entonces, se te queda mirando fijamente a los ojos en silencio, mueve un poco la mandíbula y levanta las cejas con un aire entre melancólico y desafiante a lo John Belushi.

Al día siguiente le esperaban en Zaragoza con el mismo repertorio en la cabeza. El concierto se grabó en directo para el disco que lanzará con Decca. ¿Cómo prepara una interpretación? Café y chocolate antes de salir. ¿Y la música? Entonces levanta una servilleta y la deja caer sobre la mesa. "El final del trayecto siempre es un poco más rápido, como cuando hablamos". Así, dice, construye algunas de las frases que lanza con fuerza desde su piano.

Pero Prats sigue desnudando a Ravel en el vestíbulo de su hotel. La música se ocupa de los asuntos donde no llegan las palabras, dice. Entonces un empleado interrumpe la escena y rebuzna que está prohibido tocar el piano. Incluso a alguien, parece, que por una vez sabe hacerlo. Él, un hombre bueno con un carácter de mil demonios, no se inmuta. "Cuando alguien toca en un restaurante, paro de comer y no muevo los cubiertos para poder escucharle". Eso debe ser porque un día, antes de ser una figura mundial emergente, su música también sonó entre el primer plato y el segundo de algún paladar de su Cuba natal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de marzo de 2011