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Reportaje:REPORTAJE

Belleza y poder ¿Quién dijo sexo débil?

Ellas pintan tanto como ellos. Más allá del estereotipo dominante de madre, esposa, hija o amante, el poder femenino también está presente en el arte de ayer y hoy. La exposición 'Heroínas' llena el Museo Thyssen de mujeres fuertes y orgullosas. Ya sean artistas o modelos, no son el reposo del guerrero. Las guerreras son ellas.

No es una ninfa. Ni una doncella. Ni una musa, aunque en su día lo fuera. Es una tía imponente, seguro que no se ofendería si se lo dijeran. Porque impone distancia y admiración, sí, pero sobre todo respeto. Mide dos metros y cuarto de pies a cabeza por uno largo entre codo y codo de sus poderosos brazos en jarras. Está desnuda, y sus pechos, su cintura, sus caderas y sus muslos apabullan lo suyo, pero no es eso lo que más impresiona. Lo que paraliza es su mirada. Una mezcla de elegancia, arrogancia y seguridad en sí misma que hipnotiza. No parece querer agradar a nadie. Ni ofrece ni pide nada. Se basta y se sobra sola. Los bronces no hablan, y además ella tiene la boca cerrada, pero parece estar diciendo: Aquí estoy yo, miradme. Y aquí está, en efecto, y no se puede dejar de mirarla.

Estas chicas pueden parecer sumisas por fuera, pero son libres por dentro. Vienen al Thyssen por haber sacado los pies del tiesto

Quien quiera ver un alegato feminista, lo verá. Pero quien quiera darse un atracón de belleza pura y dura, también Viendo este deslumbrante desfile de buenas chicas y chicas malas dan ganas de darles una fiesta. Hubieran quemado Madrid

La Heroína de Gaston Lachaise (1932), esta colosal escultura recién llegada de Boston a Madrid con la logística bipolar de los portes de arte -mano de hierro y guante de seda-, es el emblema de la exposición Heroínas, que llenará el Museo Thyssen-Bornemisza de belleza y poder desde el 8 de marzo hasta el 5 de junio. Ciento veinte piezas procedentes de museos de todo el mundo que representan algunos de los retratos de mujeres más singulares desde el Renacimiento hasta hoy. Como la supermujer de bronce de Lachaise que abre el fuego, tampoco sus otras congéneres de la muestra parecen ser, aunque lo fuesen, madres, ni hijas, ni esposas, ni amantes de un varón principal. Estas chicas vienen al Thyssen precisamente por haber sacado los pies del tiesto. No son, como casi siempre en los cuadros, el reposo del guerrero. Las guerreras son ellas.

Aunque su batalla consista en cargar sobre la cerviz un ánfora de agua, como todas esas cariátides anónimas que sostienen la sociedad sobre su columna. Puede que su pelea sea íntima y se reduzca a conquistar el espacio de libertad que supone entregarse a la lectura o la introspección en medio del caos. O a ejercitar su cuerpo para enfrentar un reto físico. O bélico. O abandonarse a la ebriedad del alcohol. O del sexo. O al éxtasis espiritual o intelectual. Estas heroínas pueden parecer sumisas por fuera, pero son libres por dentro. Activas, fuertes, independientes, fronterizas, posesas, locas de atar incluso. Fuera de control, en todo caso. Del de los hombres y a veces hasta del suyo propio. O sometidas por la fuerza o por ley de vida, pero no a su disposición. Casi siempre bellas, bellísimas, pero nunca tontas.

Viendo este deslumbrante desfile de amazonas y magas, atletas y ménades, lectoras y trabajadoras, brujas y santas, buenas chicas y chicas malas, dan ganas de montarles una fiesta. Vivieron o fueron creadas en siglos, incluso milenios, diferentes. Pero seguro que se hubieran caído bien. Hasta pueden que hubiesen quemado Madrid.

Apuesten a que a la Santa Catalina de Alejandría, de Caravaggio (1597), una pensadora que logró convertir a cincuenta filósofos paganos, le hubiera gustado charlar de tú a tú con la pensativa chica de la Habitación de hotel (1931), de Hopper, o preguntarle qué leía a la Muchacha leyendo, de Gustav Adolph Hennin (1828). Imagínense a las Juana de Arco de Rubens (1620) y Rossetti (1882), confraternizando con la acorazada Virgen guerrera, de Marina Abramovic (2005). O a la hechicera que cuece la pócima en El círculo mágico, de John William Waterhouse (1886), preguntándole a la ultramoderna adolescente de Green Dress, de Julia Fullerton-Baten (2009), por qué diablos levita. Por no hablar de la juerga que podrían correrse las ménades y las bacantes de Baco con la enloquecida killer de Pipilotti Rist en su vídeo Ever is over all (1997) o las histriónicas divas contemporáneas de El juicio de Paris (2007), de Eleanor Antin.

Casualidad o no, la fecha de inauguración de la exposición, el Día de la Mujer Trabajadora, parece escogida a propósito. Hace tiempo que en muchos de los mejores museos del mundo los únicos hombres del personal son el director y los guardias de seguridad. Eso sin contar a la mayoría de sus visitantes, una legión de mujeres solas o en compañía de otras u otros a los que han arrastrado con ellas. Guillermo Solana, director artístico del Thyssen y comisario de la exposición, lo sabe. Por activa y por pasiva, ellas son básicamente su público objetivo. La colección del museo, como la de tantos en el mundo, está abrumadoramente firmada por artistas hombres, aunque abrumadoramente protagonizada por modelos mujeres. Algunos centros contemporáneos, como la Tate Modern de Londres o el Pompidou de París, están empezando a feminizar sus colecciones y exposiciones mediante la compra o la exhibición temporal de obra de mujeres con el fin de equilibrar en algo la situación. Sin llegar a eso, Solana ha querido darle una simbólica vuelta al patriarcado del parnaso del Thyssen con esta exposición. Las 120 obras de Heroínas también están mayoritariamente firmadas por hombres y protagonizadas por mujeres. Pero ellas son las que mandan en el cuadro. Las que se apoderan del poder, valga la redundancia, en referencia al empoderamiento de la mujer, esa horrísona palabra sagrada del feminismo contemporáneo.

La muestra cuenta, de hecho, con la bendición del establishment feminista del país. La filósofa Amelia Valcárcel, miembro del Consejo de Estado, y la profesora de estética Rocío de la Villa, presidenta de Mujeres en las Artes Visuales, firman los textos del catálogo. Pero esta exposición no trata de eso. O no solo de eso. Quien quiera ver un alegato del igualitarismo, la paridad y el orgullo de ser mujer en un mundo de hombres, lo verá. Pero quien quiera ni más ni menos que darse un atracón de belleza pura y dura, también.

Por cierto que hay un cuadro que no está incluido en la muestra, pero podría, si no por la forma, sí por el fondo. Forma parte de la colección permanente del museo. Preside su atrio de entrada, junto al retrato de los Reyes y el del barón Thyssen-Bornemisza. Lo firma Macarrón, un pintor de cámara muy del gusto de cierta burguesía ilustrada a su manera. La modelo, vestida de encaje blanco, es Carmen Cervera Fernández de la Guerra, baronesa Thyssen. No es una santa, lo tiene dicho. Ni una mártir. Fue reina de la belleza en su día, pero también ha demostrado saber ejercer el poder. Fue idea suya que este tesoro estuviera aquí. Y aquí está.

Si hubiera que buscar un himno para la fiesta de las heroínas, no habría que ir muy lejos. La cantaban Coz en los 80: Las chicas son guerreras. "Ellas suelen llevar el timón, y hacen astillas tu pobre corazón. Y si ves el mundo girar, es porque las muñecas han puesto la cadera a funcionar", aullaba aquel grupo tan heavy. En esta muestra hay caderazos. Aullidos. Alguna coz. Muchas mujeres, y muy heavys. Pero ninguna muñeca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de febrero de 2011