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Crítica:61ª edición de la Berlinale

Potente retrato de los tiburones financieros

En un trascendente momento de la corrosiva película Margin call, el jefe supremo de uno de los más poderosos bancos de inversiones aterriza con su helicóptero a medianoche en la sede del negocio. Le han llamado urgentemente porque un tipo al que acaban de despedir y un empleado muy joven han descubierto con terror que toda la estructura del negocio está en la ruina, a pesar del aparente esplendor. Se ha desatado una situación de pánico al constatar el inminente apocalipsis. El dueño de la empresa, antes de que sus empleados y ejecutivos le expongan el insalvable problema, les exige: "imagínense que tengo el nivel de comprensión de un niño, o sea, que eviten tecnicismos y planteamientos retorcidos y cuéntenme lo que está ocurriendo con lenguaje claro y contenido entendible, háganlo rápido y háblenme en inglés".

'Margin call' tiene un guion poderoso y un grupo de excelentes actores

El director J. C. Chandor, autor de esta ópera prima tan sorprendente y necesaria, adopta la misma actitud que ese empresario al contarnos a los espectadores esta historia tan turbia y pavorosamente actual. Nos explica con lucidez y profundidad cómo un supuesto imperio financiero se ha construido haciendo trampas, la falsedad de las estimaciones sobre las que reposa la estructura comercial de ese banco, el nulo valor de sus activos en el sector hipotecario. También las consecuencias desastrosas, la crisis económica mundial que van a provocar estos respetables piratas del dinero, su mezquina y maquiavélica facilidad para vender humo a precio de saldo en Wall Street, salvarse del naufragio que ellos han creado y hacérnoslo pagar al resto de la humanidad. Pero como recuerda con asumido cinismo el urdidor de la gran infamia, las crisis son cíclicas y siempre impunes para sus responsables, algo natural en la historia del capitalismo. Por su parte, los tiburones que las han creado mantienen o aumentan sus ganancias.

Margin call transmite mucho miedo. Lo logra con el retrato creíble de esos personajes tan implacables (sus sirvientes se pueden permitir el lujo de ser humanos), que se bonifican a sí mismos con sueldos escandalosos mientras que están jugando con la seguridad de los demás, con la sumisión a directrices ilegales en nombre de sus privilegios de los que saben que el negocio al que sirven es una opulenta farsa, un castillo de naipes que se puede derrumbar en cualquier momento, una estafa legalizada.

El director J. C. Chandor solo necesita tres escenarios que recrean la modernísima cueva de los pulcros dragones, un guión tan poderoso como bien desarrollado y un grupo de excelentes actores (Spacey, Irons, Bettany, Tucci) para que su película te aterre al verla y que ese desasosiego permanezca al recordarla. En una época que recomienda el escapismo ante la que está cayendo, este director mete el dedo en la llaga con talento y penetración. Es didáctico en el mejor sentido. Nos desvela muy bien las raíces y los mecanismos que han generado esa tragedia que deja sin trabajo, en la incertidumbre de perderlo o de no encontrar el primero a tanta gente madura y joven en cualquier parte del mundo. El efecto mariposa no es casual, tiene culpables de carne y hueso. Y por supuesto, el sistema que ha consentido sus permanentes fechorías.

Cuenta Paula Markovitch, directora de El premio, que su película es autobiográfica, que ella fue esa niña argentina de siete años que, en compañía de su desesperada madre, tiene que refugiarse en una casa abandonada al lado del mar huyendo de la persecución de los militares, con el referente atroz de una familia masacrada por ellos, con la duda de si el ausente y añorado padre también fue asesinado. Todo mi respeto para unas vivencias tan duras, pero la forma de reconstruir esos lacerantes recuerdos con imágenes y sonidos, me deja sensaciones emparejadas a la frialdad y el aburrimiento. Es de esas películas, que tanto gustan en los festivales de cine, en las que si un personaje recorre un kilómetro a lo largo de una playa, se mantiene el tiempo real, la cámara lo enfoca desde que es una silueta en la lejanía hasta que llega delante de ella. En ese fatigoso tiempo, inevitablemente me dedico a pensar en mis cosas en vez de interesarme por lo que ocurre en la pantalla. Ese ritmo cansino se mantiene hasta el final. Y reconozco que lo que le ocurre a esa confusa y desamparada niña parece veraz, que en algún momento te hace sentir su frío interno, su inocencia y su miedo, pero también reconozco que no paro de mirar el reloj y de removerme en la butaca, que se me hace eterno su intolerable drama.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de febrero de 2011