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PALOS DE CIEGO COLUMNA i

Adiós, muchachos

Todos lo estamos esperando mientras escribo estas líneas; cuando se publiquen quizá ya haya llegado. Me refiero al comunicado en que ETA debe anunciar una tregua que, según los más optimistas, debería ser el preámbulo de su disolución. Incluso los más optimistas saben, sin embargo, que no es fácil que ETA se disuelva. Es verdad que ETA está debilitada y asfixiada; es verdad que cada vez hay más gente que ve a los etarras como lo que son, es decir, como una banda de mafiosos con una coartada patriótica; es verdad que en este asunto los dirigentes políticos parecen de un tiempo a esta parte mucho menos irresponsables que en otros, quizá porque la ciudadanía les ha hecho saber que en este asunto las irresponsabilidades se pagan más caras que en otros; es verdad, en fin, que la ilegalización de Batasuna -un partido que, según el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, es parte de ETA, y a cuya ilegalización nos opusimos tantos durante tanto tiempo con el argumento de que era preferible tener a los mafiosos dentro del sistema que fuera de él, y con el resultado de que durante décadas fuimos todos quienes financiamos a los mafiosos- ha convencido a algunos dirigentes de Batasuna de que, si ETA no desaparece, los que desaparecerán serán ellos (y de ahí que haya sido Batasuna quien le ha pedido la tregua a ETA). Todo eso es verdad. Pero también es verdad que coger una pistola es muy fácil; lo difícil es soltarla. Dicen que Arnaldo Otegi está mejor situado que cualquiera de sus predecesores para conseguir que la suelten. Puede ser. De todos modos, yo me pregunto cómo va a convencer Otegi a su gente de que se acabó un negocio de más de 40 años, cómo va a contar a sus chicos que todo lo que les contaron era mentira, cómo va a enseñarles a vivir sin odio y sin enemigos y a no considerar la violencia como un valor, cómo va a decirles que ya no van a ser héroes, cómo va a explicarles que todo acabará sin contrapartidas políticas y, por tanto, sin que estos 40 años de sangre y de mierda hayan servido de nada. Para soltar una pistola hay que ser muy valiente, pero para conseguir que otros la suelten hay que ser más valiente todavía: Otegi tendrá que engañar a los suyos; tendrá que traicionarlos. ETA espera desde hace tiempo a su Mandela, a su Adolfo Suárez, a alguien que posea el coraje del gran traidor. Veremos.

"Es imposible terminar con 40 años de sangre y de mierda sin herirse ni mancharse"

Y mientras vemos, todo el mundo fija las condiciones del fin, empezando por las víctimas de ETA. Es natural: ETA no puede terminar sin que el Estado tenga en cuenta a sus víctimas, pero ¿deben las víctimas imponer sus condiciones al Estado? Un documento suscrito por casi todas las asociaciones de víctimas de ETA y entregado a finales de diciembre a los principales responsables políticos afirma que sólo podrá darse por acabada la historia de ETA cuando sus miembros y su entorno condenen la historia de la banda. "Tal condena", añade, "debe ser exigida como uno de los mínimos sin cuyo cumplimiento no es posible ni reinserción particular alguna ni participación en el juego democrático". No hay duda de que es una exigencia justa: se trata de que los etarras reconozcan de forma explícita que estos 40 años de sangre y de mierda no han servido para nada; tampoco hay duda de que es una exigencia poco realista, y a fin de cuentas superflua: dejar las armas sin contrapartidas políticas es la mejor forma de reconocer, aunque sea de forma implícita, que estos 40 años de sangre y de mierda no han servido de nada. No hace falta más. No hizo falta más. Porque resulta que hace casi 40 años este país se enfrentó a un problema parecido, un problema que se resolvió razonablemente sin necesidad de ninguna condena explícita, y que con esa necesidad quizá no se hubiese resuelto: entonces eran los franquistas quienes tenían que soltar la pistola y aceptar la democracia tras 40 años de sangre y de mierda, y fue Adolfo Suárez quien, con un coraje que ya nadie podrá agradecerle lo suficiente, los convenció de que la soltaran, engañándolos y traicionándolos, pero sin obligarles a condenar de forma explícita 40 años de franquismo. De hecho, muchos todavía no los han condenado; de hecho, a lo máximo a que ha llegado el PP ha sido a avalar en 2002 una proposición del Congreso que proclama "el reconocimiento moral de todos quienes fueron víctimas de la guerra civil, así como de cuantos padecieron más tarde la represión de la dictadura franquista". Reconocimiento moral: no condena. ¿Significa esto que el PP es un partido franquista, o que no es un partido democrático? En absoluto: significa sólo que, si la democracia fue tan generosa con los franquistas, no puede serlo menos con los etarras, y que no podemos exigirles a unos lo que no les exigimos a otros. Esto puede parecer injusto, y en cierto modo lo es; pero es mejor no llamarse a engaño y entender cuanto antes que, entonces como ahora, es imposible terminar con 40 años de sangre y de mierda sin herirse ni mancharse. 

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de enero de 2011