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COLUMNA

Los vecinos toman el mando

Los vecinos están de fiesta. No es la primera vez que la celebran ni se corresponde con el día del santo o la patrona. Los vecinos, cada vez con mayor frecuencia, van ganando pleitos a los poderes públicos, a la Iglesia o a las arbitrarias decisiones del alcalde venal.

La fiesta más reciente es la que ahora celebra la Asociación de Amigos de la Cornisa de las Vistillas en Madrid, de cuya organización cualquiera se haría amigo al conocer sus fines. El Ayuntamiento de Madrid -del popular Álvarez del Manzano- había firmado, en 1999, un convenio con el Arzobispado de Rouco que permitía a los curas construir más de 20.000 metros cuadrados sobre La Cornisa, la fachada más bella de Madrid ante el Manzanares, La Pradera de San Isidro de Goya.

Los movimientos sociales van ocupando el lugar de los sindicatos, descoloridos, y los partidos, desangrados

El lugar contemplado, desde la cota más alta o más baja, representa una vista emblemática y sería esa visión la que, cegada por media docena de edificios (la casa de la Curia, la Biblioteca Diocesana, una residencia de sacerdotes, otra de mayores), pasaría a convertirse en una "fortaleza eclesiástica", un "mini-Vaticano", se dijo.

¿No había otro lugar para hacer todo aquello? Claro que sí, pero aquel le gustaba más al arzobispo. ¿Hubo algún político de derechas, una autoridad municipal, un sindicato que se opusiera a este destrozo? Pues no. Partidos, autoridades y sindicatos han ingresado en una patología, narcisista o narcótica, según los casos, que si les hace inútiles para atender eficazmente los problemas de la población de otra les procura un aspecto de carcamales.

La alternativa a esta realidad han venido a ser las asociaciones de vecinos. Asociaciones de gran consistencia y resistencia que se concentran en metas cercanas y concretas. Recuerdan mucho a las asociaciones vecinales durante el franquismo, cuando demandaban tanto habitabilidad como libertad.

Asociaciones donde se encuadraban gentes de ideologías diferentes y edades, rentas y dedicaciones desiguales, porque la unión se conseguía mediante el recio pegamento de la causa justa. En este caso, además, hasta el Tribunal Superior de Madrid, la justicia institucional misma, les ha dado la razón.

La fuerza vecinal, como la potencia en las presas, ha hecho la luz y con su proyección ha quedado desenmascarada la idea eclesial que como un tremendo pecado de hormigón armado preparaba la curia. Finalmente, tras mucho esfuerzo, el movimiento vecinal se apunta otra victoria y sigue en su ascenso general. Porque desde Madrid a Barcelona, desde Ávila a Alicante y desde Alicante a Valencia estas presiones van obteniendo resultados. Salvem el Cabanyal, que da nombre a una lucha de 12 años contra la demolición del barrio de modesto modernismo valenciano, es un ejemplo. Este miércoles, el Club de Debates Urbanos -17 años de lucha- entregó sus premios anuales y distinguió a Salvem el Cabanyal como el movimiento más representativo de insurrección colectiva en barriadas.

Si los sindicatos se han descolorido y la legitimidad de los partidos políticos se ha degradado, en su lugar los movimientos sociales, sea el feminismo, el ecologismo o el pacifismo, van ocupando su lugar y marcando las bases de otra política, más directa y participativa. Los movimientos vecinales poseen, como los movimientos sociales, la misma naturaleza. La intervención, la denuncia y la protesta, pero también la alternativa y la proposición, van de abajo a arriba. Si hay un futuro para una nueva idea política, o lo que sea, es el paso de la polis al domus. El cambio de lo general por lo doméstico y de la abstracción por la determinación.

La arquitectura, el urbanismo, la escuela, la ventilación, la cesta de la compra, los derechos del consumidor, la desaparición de los intermediarios rapaces, la quema de los abusos bancarios y las estafas de las compañías aseguradoras, la aniquilación de tasas y multas sin cuento, la muerte de especulaciones asesinas o el fin de la lenidad son algunos aspectos de la gran tarea en que se aplicarán las asociaciones vecinales y los movimientos sociales. ¿Una nueva democracia? Efectivamente. El bienestar, la felicidad, la equidad, la misma sociedad actual espera un recambio de la presente democracia del siglo XIX, ya rota y desvalijada, a otra que ya se construye, casi de nueva planta, en el siglo XXI.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de junio de 2010