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COLUMNA

La vieja pareja

Esa vieja pareja, antaño imprescindible en todas las fiestas, hace tiempo que no se soportan uno al otro. Todos saben que cada uno va por su lado. Aunque, de pronto, aparecen juntos de nuevo y en aparente armonía, para dirigir al resto de la familia esa carta suya tan típica con la que quieren demostrar cuánto les necesitamos. Los otros soportamos condescendientes este ritual obligado por esas reuniones en las que se tocan asuntos patrimoniales de suma importancia. ¡Tantas veces se ha dicho que sin ellos nada podríamos! Todos sabemos que no es verdad y que solo quieren salvar las apariencias.

Así van las cosas entre Francia y Alemania. Esos dos países que crecieron en la mutua inquina y se combatieron en tres guerras, fueron también quienes echaron los cimientos de la casa europea e impulsaron los sucesivos pasos que la hicieron grande y próspera. El Pacto del Elíseo, firmado por De Gaulle y Adenauer en 1963, cerró la herida bélica y abrió el camino de una cooperación bilateral a la que se atribuyen todas las grandes decisiones. Para rubricar esta impresión, el canciller alemán y el presidente francés suelen escribir una carta antes de los consejos europeos más trascendentes, en la que señalan sus prioridades e incluso posiciones. Así ha sucedido recientemente, cuando Merkel y Sarkozy escribieron al presidente de la Comisión, Durão Barroso, y al del Consejo, Van Rompuy, el pasado 6 de mayo a propósito del paquete de ayuda a Grecia; y ha sucedido ahora, cuando han vuelto a escribir a Barroso pidiendo que se acelere la regulación financiera.

Alemania tiene algo de país emergente; de ahí el declive de la relación con Francia

Esta apariencia de armonía no oculta que Alemania ya se había desenganchado antes con dos decisiones unilaterales. Una es precisamente la prohibición de las ventas financieras al descubierto a corto plazo, y la otra ese colosal recorte presupuestario que amenaza con hundir al conjunto de Europa en la deflación, sin contar con la súbita anulación del encuentro entre Merkel y Sarkozy que debía celebrarse este pasado lunes, el mismo día en que se anunciaba el ajuste.

Cuanto más necesitada está Europa de una dirección clara, más está cada uno a lo suyo. No hay únicamente unos reflejos instintivos de una Alemania menos europeísta y más volcada en sí misma. Hay también cálculo político. Merkel sabe que la crisis empuja y obliga ahora a las decisiones sobre el gobierno económico, reivindicado por Francia, que no se tomaron en la última década porque Alemania lo impidió. Los sucesivos cancilleres no lo hicieron porque sí, sino en respuesta a la falta de voluntad francesa respecto a la Europa política.

Ahora, ante este gobierno económico que se impone más por necesidad que por voluntad, Alemania ha optado por esprintar cada vez que lo considera necesario para obligar a los otros a seguir su camino y a frenar cada vez que son los otros quienes quieren hacerla renunciar a su soberanía económica o flexibilizar sus conceptos sobre el rigor monetario. Marca así la cancha en la que jugará este gobierno económico en construcción, en una pugna agónica en la que, finalmente, busca convertir el área euro en una recreación de la vieja área marco.

A la vista está que el nuevo reparto de poder en el mundo permite emerger y declinar simultáneamente, y quizás esto es lo que explica la evolución de esta vieja pareja. El mejor ejemplo es Rusia, que forma parte del grupo emergente por excelencia, los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y tiene en cambio una demografía y una estructura social y productiva propias de un país en declive. Algo similar le sucede a Alemania. Económicamente nunca ha dejado de ser una superpotencia industrial exportadora. Su peso político no ha disminuido con la globalización, más bien al contrario. China la ha superado como primera potencia exportadora y le ha quitado el tercer lugar en cifras absolutas de PIB, pero su declive es fundamentalmente demográfico y europeo. Como nación soberana, en cambio, tiene mucho de emergente, y la mejor demostración es precisamente su falta de acoplamiento con los socios europeos durante la crisis de la deuda y su desencuentro con Francia, a la que desbordó con la unificación en demografía y territorio y con el Tratado de Lisboa en votos e influencia. Ahora, por mucho que nos empeñemos, debemos reconocer que ya no forma pareja con Francia, mientras tanteamos sin hoja de ruta cómo organizar la arquitectura de esta nueva Europa desconocida de después de la crisis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de junio de 2010