Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:69ª Feria del Libro de Madrid

Mis memorias son las de los otros

El género de la 'memoir', fogonazos autobiográficos a partir de vidas ajenas, irrumpe con fuerza en España - Las relaciones familiares centran la avalancha

¿Qué nombre reciben en español los libros autobiográficos que cuentan solo un fragmento de la vida del que lo escribe, muchas veces en relación con alguien a quien trataron con intimidad? En efecto, el género era hasta ahora tan escaso en España que ni siquiera hay una palabra concreta para nombrarlo. Los anglosajones, virreyes de la primera persona, utilizan el término memoir, un galicismo -los reyes son los franceses-, para distinguir las memorias parciales de las totales. El microscopio y el telescopio.

Uno de los grandes clásicos de ese subgénero memorialístico es, con Kafka a la cabeza, el relato de las tensas relaciones entre hijos y padres. En lo que va de curso se han editado en España varios títulos escritos desde esa tensión y casi siempre a raíz de la muerte del padre del autor. Escritos o dibujados, porque la novela gráfica El arte de volar (Edicions de Ponent), con guión de Antonio Altarriba y dibujos de Kim -que el mes pasado triunfó en el Salón del Cómic de Barcelona-, cabría perfectamente en la misma estantería que Diario del duelo (Paidós), un inédito póstumo consagrado por Roland Barthes a su madre, o que Traiciones de la memoria (Alfaguara), una coda del colombiano Héctor Abad Faciolince a El olvido que seremos (Seix Barral), un homenaje a su padre que, tan solo cuatro años después de su publicación, ya es todo un clásico.

Entre las novedades presentadas están Giralt, Ford, Romeo y un Barthes inédito

En las últimas semanas, además, se ha reeditado Mi madre (Anagrama), publicado en 1988 por Richard Ford, y ha visto la luz Tiempo de vida (Anagrama), el relato descarnado, emotivo y compasivo de la relación de Marcos Giralt Torrente con su padre. O viceversa. Un camino de doble vía no exento de accidentes por el que también han transitado autores contemporáneos como Philip Roth, Auster, Modiano, Kureishi, J. R. Ackerley, Annie Ernaux, Albert Caraco, Alison Bechdel o Soledad Puértolas.

"¿Cuál es la diferencia entre este tipo de libros y las memorias convencionales? Que estas últimas cuentan toda una vida sin que haya un final", explica Giralt Torrente. "Y ése es justo el punto de partida de los libros de duelo: la historia está completa, cerrada. Es más fácil encontrar en ellos una estructura argumental novelesca". Pero hay más: "Si unos tratan de representar el fresco de una vida en toda la pared, los otros abren una ventana sobre ese fresco y centran ahí la mirada. Por eso tiene una intensidad redoblada".

Una intensidad que nace en esos libros de la "necesidad absoluta de ser escritos". Obras, pues, que se imponen a sus autores, lo que no quiere decir que los curen: "No creo en la literatura terapéutica en el sentido de escritura automática en la que uno vuelca su interior. La gran literatura tiene siempre una voluntad estética que se impone sobre la necesidad universal de escribir sobre un ser querido. Escribir no te ayuda a paliar el dolor. A mí me ayudó a poner en orden una experiencia que viví desbordado, desordenadamente".

A esa relación entre caos y orden le añade un matiz Blas Matamoro, que acaba de presentar en la feria el ensayo Novela familiar (Páginas de espuma): "La recuperación de la imagen paterna en la escritura es una síntesis de la experiencia afectiva del hijo, hecha de amor y odio. Esta síntesis adquiere incontables personificaciones: Dios, la patria, la lengua, el maestro, la revolución, la tradición, la propia escritura".

En ocasiones el protagonista del memoir no es el padre. Pero casi siempre la crudeza de la indagación es la misma. "Todo empieza con una pregunta: ¿cómo no me di cuenta de que te ibas a suicidar? De esa pregunta sale otra pregunta: ¿por qué tu muerte me produjo un alivio tan grande?". Ese es uno de los momentos clave de Amarillo (Plot), el libro que Félix Romeo escribió hace dos años sobre su amigo el escritor Chusé Izuel. Ni él ni el autor de Tiempo de vida utilizan un solo gramo de maquillaje para salvarse a sí mismos de la quema. "Como exponía la intimidad de mucha gente, no podía yo ocultarme bajo una capa de siete velos", aclara Giralt. "Lo contrario hubiera sido tramposo".

Fuera de las cuatro paredes de una misma casa, hay otra variante del género de la memoria parcial que cambia la relación desigual entre hijos y padres por la más igualitaria entre intelectuales, por más que el que escribe siempre lo haga desde un peldaño más bajo de la escalera. Es en parte lo que hacen de forma poliédrica Juan Cruz en Egos revueltos (Tusquets) respecto a Francisco Ayala, Onetti o Cabrera Infante y Josep Maria Castellet en Seductors, il.lustrats i visionaris (Edicions 62) respecto a Carlos Barral, Gabriel Ferrater o Terenci Moix. También lo que han hecho respecto a María Zambrano dos poetas: Clara Janés en Desde la sombra llameante (Siruela) y José-Miguel Ullán en su largo prólogo, casi un libro en sí, a Esencia y hermosura (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), una antología de la pensadora malagueña. A ese grupo, casi siempre marcado por la admiración, pertenecen las parejas Jorge Edwards-Neruda, Bioy-Borges, Jean Daniel-Albert Camus, Elisabeth Bishop-Marianne Moore o Peri Rossi-Cortázar.

Benjamín Prado, que narra en Romper una canción (Aguilar) su colaboración con Joaquin Sabina, cuenta que la inspiración de ese libro nació de otro suyo, A la sombra del ángel (Aguilar). Un texto anfibio, "un libro sobre mí que trata de Rafael Alberti". Así define aquella obra Prado, que apunta sobre el género: "Lo importante no es que habla de alguien ilustre sino lo que tiene de aleccionador". Después de apuntar que la novedad de libros así entre nosotros se debe a que los españoles son demasiado pudorosos -"bravos por fuera y timoratos por dentro"-, recuerda también que su valor está en el difícil equilibrio del que hablaba T. S. Eliot en un poema a su mujer: historias privadas contadas en público. O sea, palabras que ya no se pueden echar atrás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de junio de 2010