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COLUMNA

Trasplante

La buena gente que espera en el hospital que le sea trasplantado un corazón, un riñón o un hígado piensa instintivamente que las vacaciones de semana santa o cualquier puente largo de un fin de semana constituyen un tiempo propicio para que los accidentes de coche dejen en las cunetas una buena cosecha de vísceras. En esta vida todo es dialéctico. "A ver si tenemos suerte en esta operación retorno", me dijo muy compungida la madre de un amigo que necesitaba el hígado de otro para seguir viviendo. Lo dijo con toda la inocencia, como un reflejo condicionado de amor a su hijo, sin pensar que su esperanza estaba supeditada a las lágrimas de otra familia. En el fondo si todos los cuerpos humanos son intercambiables se debe a que sus entrañas carecen de ideologías. Si un tipo del Partido Popular espera un trasplante, lo lógico es que lo acepte sin rechistar aunque el órgano venga de un socialista. Se supone que el posible rechazo será sólo inmunológico, no político. Un corazón de comunista puede trasplantarse a un fascista o al revés y seguir latiendo sin que la sangre que bombea al cerebro le fuerce a cambiar de pensamiento. El ego que uno considera personal e intransferible no reside en ningún lugar concreto del organismo. Sólo es un hálito de la propia memoria formado de sensaciones, ideas y creencias con un rostro que se reconoce en el espejo y si bien en algunos casos ese hálito constituye un ideal por el que los fanáticos están dispuestos a morir, a la hora de la verdad, en la UVI, un corazón, un riñón o un hígado se cotiza mucho más que cualquier ideología. La familia de mi amigo es muy devota, muy compasiva. El viernes santo ingresó a su hijo en el hospital a la espera de que Dios reprodujera en él tres días después el milagro de la resurrección. Todo apuntaba hacia un resultado feliz. Impulsados por una primavera rabiosa habían salido de vacaciones más millones de coches que nunca. Para esta familia la operación retorno tenía esta vez un significado especial. En efecto, en una curva de carretera se había producido el accidente mortal deseado, y aunque el hígado pertenecía a un crápula que se había dado contra un chopo a la salida de un prostíbulo de madrugada, gracias a esa muerte mi amigo había resucitado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de abril de 2010