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"Si tuviera más talento me gustaría pasar mi vejez tocando"

Woody Allen actúa en La Fenice, teatro a cuya restauración ha contribuido

"Cada vez que subo al escenario y veo el teatro a rebosar, alucino". Cuando toca el clarinete con la New Orleans Jazz Band, Woody Allen (Nueva York, 1935) tiene esa actitud insegura y modesta que asume en los monólogos de sus películas.

"Si tuviera más talento me gustaría pasar la vejez tocando, pero soy un músico mediocre. De hecho, estoy seguro de que la gente compra la entrada no para escucharme, sino para verme. Si no hubiera realizado alguna pelicula de éxito nadie vendría a mis conciertos", explica a través de un correo electrónico.

Sea por lo que sea, el director estadounidense y su banda pisaron anoche el mítico escenario del Teatro de La Fenice de Venecia. Como suele ocurrir con sus actuaciones, el concierto fue un pequeño acontecimiento en la ciudad y las entradas se agotaron hace ya dos meses. El teatro era un hervidero de hombres en esmoquin y mujeres enfundadas en vestidos largos, a pesar de que se había anunciado que por la noche habría acqua alta.

"La gente compra la entrada no para escucharme, sino para verme"

"Interpreto la música con la que me formé, y que se oye en mis filmes"

La relación del creador de Manhattan o Zelig con la ciudad de los canales siempre ha sido muy estrecha. "Adoro Venecia, no me canso de repetirlo", asegura. En esta relajante y tranquila ciudad se casó; a ella acude cada verano con puntualidad casi maniática a presentar una nueva película; en ella intentaba ligarse a través de sus puentes a la espléndida Julia Roberts en el musical Todos dicen I love you. Pero con La Fenice, joya de la corona de la tradición teatral italiana, Allen tiene algo más. Él ha contribuido económicamente a su resurrección tras el espantoso incendio que destrozó el edificio del siglo XVII en 1996.

La última vez que Woody Allen tocó en Italia fue precisamente en 1996 durante la gira Wild man Blues. Anoche, como entonces, fue todo improvisación. En sus conciertos no hay ni programa, ni ensayos y él aparece a los cinco minutos de apagarse las luces. Otra similitud con su manera de rodar las películas. "En mis filmes la improvisación lo es todo. Ignoramos habitualmente el guión, inventamos casi todo sobre la marcha. Sé que se parece a nuestra manera de tocar. Es igual".

Con la misma formación de músicos -Woody Allen (clarinete), Eddy Davis (director musical y banjo), Conal Fowkes (piano), Simon Wettenhall (trompa), Jerry Zigmont (trombón), John Gill (batteria), Greg Cohen (bajo)-, el director se exhibe todos los lunes por la noche en Manhattan, en un club que está debajo de su casa. "Una cita informal entre amigos".

El repertorio apuesta por piezas del jazz clásico de los años veinte y treinta. "Toco la música que escuchaba de pequeño, con la que me formé, la misma que suena en mis películas. Los nombres son Sidney Bechet, gran clarinetista, Woody Herman y la trompa de Bunk Jonhson. Pero también Jerry Martin, George Lewis, los divos de aquella belle époque de Nueva Orleáns. Se trata de un jazz de la vieja escuela, popular y salvaje. Del ragtime al blues y a lo espiritual. Sí, hacer películas es para mí como una terapia, porque durante el año vivo en una vida paralela. La música es mi pasión innata", termina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 31 de marzo de 2010