Entrevista:DISEÑO

'Glamour' irreverente

Llega a la entrevista con una hora de retraso, sin agobios ni excusas, como si llegara en punto. Eso sí, perfectamente perfumado: camisa blanca, traje negro y botines de charol. Job Smeets (Bélgica, 1970) sabe que es inteligente. De eso vive. Para disimular, suelta extravagancias. Su compañera, de vida y obra, Nynke Tynagel (Holanda, 1977) sabe que funciona mejor en el segundo plano y ahí se mantiene: bella y distante. Si lo hubieran ensayado, no les saldría mejor. Se han acostumbrado a combinar el lujo cosmopolita con las incertidumbres del planeta, de las que les gusta hablar. Trabajan en ese terreno escurridizo: han elegido ser rebeldes, pero exponen en galerías y viven como reyes. Creen que ya no es la coherencia, sino la contradicción, lo que define el mundo del diseño de hoy.

Job lleva el nombre bien puesto: tiene capacidad para esperar y aguantar. Su infancia itinerante -con un padre que cambió de trabajo más de 20 veces y una familia (ellos dos y su madre) que se mudó durante su infancia a más de 15 domicilios entre Holanda, Bélgica y Francia- parece haberlo predispuesto para convertirse en un pícaro con olfato que se ha hecho un hueco en la buena vida. Es él quien responde a esta entrevista.

¿Qué hace que dos diseñadores jóvenes firmen piezas artísticas en lugar de sillas? Cuando terminamos de estudiar, el panorama era desolador: los futuros diseñadores hacían cola delante de la puerta de los productores para enseñarles su silla. No tenía sentido. La idea de diseñar mesas o sillas para todos, característica del diseño industrial, ha desaparecido. Así es que nosotros nos planteamos qué podía hacer el diseño.

Con las necesidades cubiertas, ¿el diseño podía enloquecer? Hubo un momento en que el mercado pedía piezas locas y lo más baratas posibles para competir con Ikea. Empezamos a pensar en un asunto contradictorio: un artista tiene halo cuando hace una pieza única, y un diseñador, cuando de una de sus piezas se venden 100.000 unidades. Decidimos hacer piezas únicas. Tenía que haber un hueco para otro tipo de diseño.

¿De dónde sacaron la fuerza para no hacer una silla? Ahora se nos considera pioneros, pero cuando empezamos nos tacharon de payasos por cuestionar la frontera entre arte y diseño. No fue fácil porque estábamos convencidos de que habíamos encontrado un nicho. El diseño hoy es más libre. Ha borrado las fronteras entre disciplinas. Puede ser escultural y puede acercarse más al arte que a la industria.

¿Qué cambió para que los aceptaran? El mundo de las galerías nos abrió las puertas. Supieron ver que dentro del mundo del diseño no todo era producción industrial, algo habitual en las artes decorativas de hace siglos.

Su diseño deja de lado la función. ¿Qué busca? Busca retratar cosas. Para empezar, nuestra vida cotidiana, que es lo más importante para cualquiera y lo que damos por hecho, restándole importancia. Por eso ponemos cafeteras en pedestales. Retrata también nuestro tiempo. Lo ordinario es lo que importa. Finalmente nos retrata a nosotros mismos, la vida que llevamos.

¿Cómo puede una tetera gigante retratar la vida de una persona? Somos dos personas normales encumbradas por el diseño. Nuestros objetos son lo mismo: objetos cotidianos que de repente pasan a ser cosas especiales. Lo fascinante de trabajar para una empresa como Bisazza es que se atrevan a hacer colecciones como nuestra serie Silverware, que es en realidad los trofeos de la burguesía, la plata de las "casas bien", sobredimensionados y sobre un pedestal.

¿Ustedes no se tomaron mal que les tacharan de payasos? Forma parte del juego. Nuestros trabajos tienen muchas lecturas. Pueden ser incluso una caricatura de sí mismos. Los trofeos de las clases dominantes. Y la dominación, como todo, es algo temporal.

Trabajan para algunas de las compañías más importantes del planeta: Swarovski o Bisazza. Les hacen figuras con forma de gallina. ¿Por qué? Para incomodar.

¿Por qué quieren incomodar a sus clientes? A veces no se merecen nada mejor, ¿no?

Podríamos preguntarles a ellos si ustedes merecen seguir trabajando. Necesitamos hacer lo que creemos. Y no creemos en un mundo ideal. Por eso nuestras piezas son extrañas: entre el mundo virtual y el real, entre el arte y el diseño. Vivimos en un mundo en el que creemos que la realidad es lo que sale en la CNN. ¿Y lo demás? ¿No existe?

¿Se consideran rebeldes? Somos diseñadores enfadados. Hoy en el mundo sólo se puede vivir enfadado. ¿Cómo puede alguien no estarlo con la gente que muere en África?

¿Hacen ustedes algo para que ese mundo sea mejor? Lo usamos como inspiración. La gente que compra nuestro trabajo puede recoger esa preocupación y hacer algo por el mundo. No podemos ser escapistas cuando el mundo se hunde.

¿Hacer una tetera gigante tipo 'Alicia en el país de las maravillas' es afrontar ese hundimiento? Es ponerle un espejo al mundo. No forramos un avión de mosaico ni un coche, forramos una tetera. Nuestras piezas tratan de ser esculturas. Pero no engañan. Al final son un cazo y una cuchara.

¿Cómo se ponen de acuerdo dos personas para trabajar juntas en un asunto creativo? Nynke y yo nos conocimos en un bar. Fue fulminante. Cuando trabajas con tu amante, dejas de pensar en ti.

¿Qué les hizo conectar? Somos opuestos. Ella es toda tranquilidad y belleza. Yo me muevo en el borde de la locura. Ahora estamos haciendo un gran negocio. Tenemos muchas responsabilidades, pero todavía queremos ser los mismos tocacojones de siempre.

¿Se siente artista? Trato de serlo. Pero sé que soy un diseñador. Y eso es trágico. Si un diseñador fuera suficientemente inteligente, sería un artista.

¿Qué convierte hoy algo en arte? ¿Mostrarlo en una galería?, ¿una edición limitada? El diseño puede ser tan expresivo que no le hace falta que lo llamen arte.

Pero sus piezas son carísimas. Se han llegado a vender por casi un millón de euros. Son caras de producir.

Cómo diseñadores, ¿la función ha dejado de interesarles? Es historia. Casi ficción, falsedad. Es tan antiguo como el hombre cubierto de pelo.

¿Se han convertido en los maestros del llamado 'design-art'? Llegamos primero. Resistimos e insistimos. Otros diseñadores lo han conseguido con otras cosas. Quienes nos criticaron hace unos años están hoy haciendo ediciones limitadas.

¿Cuando empezó a estudiar diseño se soñó así? Quería ser artista, pero no me atreví. En el colegio me recomendaron que estudiara derecho o ginecología porque tenía cerebro. Busqué algo más práctico y elegí el diseño. Tienes 17 años y tienes que decidir lo que harás el resto de tu vida. Si te equivocas, ¿equivocas tu vida?

¿Para quién es el 'design-art'? Para quien lo hace, no para quien lo compra.

¿Quién lo compra? Mucha gente. Desde los museos más importantes hasta Brad Pitt.

¿Por qué lo compran? Porque les gusta. Porque les gustamos nosotros. Porque lo consideran una inversión...

¿Y eso también retrata nuestro tiempo? Por supuesto.

¿Teme más la falta de productores o de inspiración? La falta de tiempo. En este mundo, hoy estás aquí y mañana te has ido. Da un trabajo inmenso controlar cómo, y con qué, empleas tu tiempo. Ideas puede tener todo el mundo. Y con un buen equipo todo se puede producir. Pero se mire como se mire, uno sólo puede hacer ciertas cosas en la vida. De modo que hay que saber elegir. La vida no ofrece mucha posibilidad de error.

¿Ganan mucho dinero? ¿Qué cree? Que un diseñador gane mucho es sospechoso, pero que lo haga un economista es un logro... P

Job Smeets y Nynke Tynagel, las dos partes del estudio Job
Job Smeets y Nynke Tynagel, las dos partes del estudio Job

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 14 de marzo de 2010.

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