Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
ÍDOLOS DE LA CUEVA

Así que son 175.000.000

En las últimas semanas, la prensa profesional ha dedicado más espacio del habitual a la cuestión de los libros electrónicos. El motivo es que mañana -hoy para ustedes- tendrá lugar ante un tribunal de Manhattan la vista para el acuerdo de conciliación entre Google -primera empresa digitalizadora del planeta- y las asociaciones de autores y editores estadounidenses. Lo que allí se decida no será vinculante para Europa, pero señalará caminos. Hasta la fecha, Google ha invertido "varios centenares de millones de dólares" en su programa de digitalización (en este momento lleva escaneados unos 10 millones de libros e impresos), lo que explica su implicación en una muy calculada campaña para convencernos de las ventajas de su proyecto de construir una biblioteca universal al alcance del botón.

De pronto, y sin motivo aparente, la 'tableta' electrónica de lectura que estoy usando se me ha antojado un objeto mudo y obsoleto, inerte

Según los ejecutivos de Google, en la actualidad "existirían" en el mundo alrededor de 175 millones de libros, divididos en tres grupos a efectos "digitalizadores". Una parte, quizás la menor, estaría formada por las obras de derecho público, de libre disposición; otra, también reducida, la formaría el conjunto de libros en venta y sujetos a copyright. La parte mayoritaria, siempre según Google, estaría compuesta por todas aquellas obras agotadas pero con copyright vigente. En este último objetivo -"resucitar" y comercializar esos libros "prácticamente muertos"- se concentran los esfuerzos suasorios de Google y, también, los recelos de los titulares del copyright, que reclaman sus derechos y, desde luego, su parte del pastel económico.

¿De dónde se han sacado la cifra de 175 millones de títulos "hoy existentes"? Según los googleanos, se trataría de una aproximación bastante fiable a partir del procesamiento de ingentes cantidades de datos procedentes de bibliotecas y bases bibliográficas comerciales. Lo que no he conseguido averiguar es qué entienden exactamente por "libros": ¿también los que se conservan en soportes históricamente anteriores al tradicional y que el Diccionario de la Real Academia Española define como "conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen"?

Quizás aún no gocemos de suficiente perspectiva para calibrar cabalmente las transformaciones experimentadas por las sociedades occidentales en los últimos 50 años, pero está claro que el vértigo de nuestro tiempo acelerado se refleja también en las tremendas mutaciones que han afectado al mundo del libro. Esta mañana, mientras tomaba café, he reparado, al otro lado de la mesa, y como si fuera la primera vez que la veía, en la tableta electrónica de lectura que estoy usando (una iRex iLiad); y sin motivo aparente, como le sucediera al Roquentin de La náusea con su guijarro rugoso y sartreano, de pronto se me ha antojado un objeto mudo y obsoleto, inerte. Desprovisto de calidez visual, su funcionamiento me resultaba últimamente lento, incómodo, antipático. Y, mucho más anticuado, por ejemplo, que la edición encuadernada de Cumbres borrascosas que consulté ayer para buscar una frase que pensaba incluir en este artículo. Quizá la diferencia afectiva que experimento ante cada uno de los dos soportes (prescindiendo de que contengan, cada uno a su modo, la inmortal historia de Heathcliff y Catherine Earnshaw) se deba a que al de papel no se me ocurre exigirle eficiencia y rapidez, sino sólo que se comporte como siempre lo ha hecho.

En cuanto al libro electrónico, es muy probable que dentro de muy poco podamos ver soportes desvencijados y desechados en los contenedores de basura, como hoy vemos en ellos pantallas de ordenador y teclados arruinados, con sus interiores melancólicamente expuestos a la mirada indiferente. Cuando llegue ese momento, los libros de papel seguirán mostrando su frágil y digna indestructibilidad de aspecto familiar y seguro: quizá al modo de antigüedades. Y ello, aunque también manejemos con soltura el último modelo electrónico, con una memoria que permita almacenar buena parte de esos enigmáticos 175 millones de libros en los que reside todo nuestro saber y toda nuestra soberbia, patética, locura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de febrero de 2010