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La Generalitat autoriza la exportación a Rumania de un pez tóxico del Ebro

Un pescado bajo sospecha por su elevada toxicidad se captura en el tramo bajo del Ebro para ser exportado a Rumania, donde se destinará al consumo humano, entre otros usos. Así lo explican un miembro de la empresa que los pesca y un responsable de la Generalitat, pese a que la seguridad como alimento del siluro es cuestionado por el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Un portavoz del Departamento de Medio Ambiente catalán afirma, por su parte, que la empresa elimina legalmente "estos peces mediante la exportación como masa orgánica" con destino "no humano".

El controvertido negocio es el fruto de un proyecto piloto del Gobierno catalán para combatir al siluro, un gran depredador de agua dulce introducido para la pesca deportiva en la década de 1970 y que causa graves daños en la fauna autóctona.

La carne de este depredador es muy apreciada en Rumania

La Generalitat autorizó a la empresa Mondo Ivans, propiedad de un inmigrante rumano, a pescar desde el pasado octubre y sin límite ejemplares de siluros que luego son congelados para su exportación. La empresa ya tiene almacenadas casi tres toneladas de pescado y espera a llegar a las cinco para hacer el primer envío a Rumania. "Cuando reunamos cinco toneladas los enviaremos a Rumania. Para fabricar harina y también para comer. Allí es un pescado muy apreciado para comer y enviando más cantidad nos sale más barato", explicó Valentin Ivanov, hermano del dueño de la compañía y encargado de capturar los siluros.

El responsable de Medio Ambiente de la Generalitat en las tierras del Ebro, Víctor Gimeno, afirmó, por su parte, que la empresa "comercializa los siluros como mejor les parezca, para consumo humano o para la fabricación de harina".Combatir la plaga haciendo un buen negocio sería una brillante solución al problema si no fuera porque el CSIC alertó el año pasado de que 7 de cada 10 siluros y carpas del tramo bajo del Ebro contienen "concentraciones elevadas de mercurio, otros metales pesados y compuestos organoclorados", afirma Jordi Grimalt, autor del estudio. La mitad de los ejemplares analizados rebasaba la cantidad recomendable para la salud y el 20% superó la concentración de mercurio permitida en la normativa española, según el estudio, encargado por el Ministerio de Medio Ambiente. Grimalt califica de "disparate que se le dé algún uso a estos peces, y aún más que puedan terminar destinados a consumo humano". Tras publicar su informe, el Ministerio de Medio Ambiente anunció que estudiaría prohibir la pesca en los últimos 100 kilómetros del tramo fluvial. "Oficialmente, sigue en proceso de estudio, pero sobre el terreno no se hace nada", protesta el investigador.

La ingesta de elevados niveles de mercurio lesiona a largo plazo el sistema nervioso, detalló Grimalt, que también rechaza su uso para cualquier tipo de pienso. La zona de pesca queda unos 50 kilómetros más abajo del pantano de Flix, que acumula 700.000 toneladas de residuos tóxicos de la industria química. La investigación del CSIC destaca que la contaminación de Flix contamina toda la fauna desde el pantano de la localidad hasta la desembocadura.

Pese a estos antecedentes, la Generalitat ha autorizado a esta empresa "a instalar 100 instrumentos de pesca en el río", explica el responsable de Medio Ambiente de la Generalitat, Víctor Gimeno. Los rumanos, según las costumbres de pesca en su país, no capturan a los siluros con caña, sino con redes y trampas.

Por su parte, Valentin Ivanov, de origen ruso y 49 años, dice que ha invertido sus ahorros en el proyecto aprobado por la Generalitat y asegura que de vez en cuando se cocina alguna de sus capturas. "¿Por qué aquí no se comen? Es una cuestión cultural", resuelve antes de admitir que no sabe si los siluros son tóxicos.

Valentin lleva gastados unos 32.000 euros en el plan piloto porque la Generalitat, que cuenta con que la empresa obtendrá ingresos mediante la venta de los siluros, no les ha facilitado ninguna infraestructura, vehículos ni redes de pesca. Él y otros tres pescadores han instalado allí una cámara frigorífica donde acumulan sus capturas. También varias habitaciones en las que duermen gran parte de la semana. Todos crecieron en un pueblo rumano ubicado a los pies del delta del Danubio. Allí pescaron sirulos junto a sus padres y abuelos. "Espero que podamos llenar los camiones pronto porque nuestra cuenta corriente está vacía", susurra Ivanov, preocupado porque las duras condiciones climatológicas les han impedido salir a pescar esta semana. La empresa no ha perdido el tiempo: se ha dedicado a ampliar la capacidad de la sala frigorífica en la que se almacenan los siluros. "Mucho trabajo por hacer", suspira.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de noviembre de 2009