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Análisis:ANÁLISIS

Cine y viñetas, relación tormentosa

Alan Moore es un tipo muy particular. Vive en la campiña inglesa y no tiene teléfono ni conexión de banda ancha. Cuando algún periodista desea entrevistarle debe enviar un fax a una pequeña localidad británica por la que el guionista de cómics (o novela gráfica, como lo llaman algunos) más famoso y reputado del mundo pasa una vez por semana. Algunas semanas después, el periodista de turno recibe un fax manuscrito del propio Moore proporcionando las respuestas. Nadie escenifica como este genio la tormentosa relación (humana y legal) entre cine y viñeta. Cuando al legendario Joel Silver (Matrix, La jungla de cristal) se le ocurrió decir que el guionista había bendecido V de Vendetta (2005), éste no tardó ni un minuto en cargar contra el productor y exigir -como de costumbre- que su nombre fuera borrado de los títulos de crédito. Lo mismo sucedió en Desde el infierno (2001) o más recientemente en Watchmen (2009). Zack Snyder, director de esta última, trató de ponerse en contacto con Moore obteniendo como toda respuesta un cálido "gracias, no, gracias".

Para Moore, el cómic es un medio demasiado específico y cualquier adaptación por buena que sea acabará convirtiéndose en algo totalmente distinto. Naturalmente, a este ermitaño de creatividad infinita también le puede el saber que Hollywood rema violentamente en dirección contraria a la complejidad y que vender su nombre significaría perder el prestigio.

Lo mismo pasa con nombres como Mark Millar o Bryan Michael Bendis, cuyo escepticismo es menos feroz pero igualmente resistente y que exigen un control creativo que muchos estudios se niegan a conceder. En el caso del primero, esto ha llevado a que su próximo proyecto Kick-Ass (un cómic que ha sido todo un fenómeno en EE UU) haya acabado siendo financiado por un grupo de inversores independientes en lugar de por el establishment hollywoodiense (que financió Wanted, la adaptación de otra gran obra de Miller) sentando un precedente (el primero).

El último ejemplo de la alambicada relación entre el viejo gigante de Los Ángeles y el mundo del cómic es la reacción de muchos fans al ver que Disney compraba Marvel, en una operación que ha costado a los de Mickey Mouse algo más de cuatro mil millones de dólares (unos dos mil setecientos millones de euros). Los comiqueros observan con pavor cómo de repente personajes como Hulk, Spiderman, la Patrulla X o el Capitán América (la cartera de superhéroes y villanos de la veterana editorial asciende a más de cinco mil) quedan en manos del "enemigo" y, si bien guardan ciertas esperanzas por la mera presencia de Pixar en la aventura, no pueden por menos que esperar lo peor: que todo un universo de matiz y sabor adulto se vea obligado a pasar un proceso de infantilización, que contribuya a su popularización, pero que -al mismo tiempo- se lleve por delante la mitología.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de noviembre de 2009