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Reportaje:

China busca sus tesoros 'perdidos'

Pekín envía equipos de investigadores por todo el mundo para localizar los bienes expoliados durante las invasiones coloniales y repartidos en 2.000 museos

Lu Jijia se detiene ante la urna de cristal, mira a los ojos de la cabeza de bronce del tigre y se acaricia la barbilla, extasiado. Se desplaza un metro hacia la izquierda y examina la testa del mono, cuya boca entreabierta muestra una hilera perfecta de dientes. Luego escruta la cabeza del buey y, por fin, la del cerdo. Sin prisa, girando a su alrededor, como si leyera cada uno de los delicados trazos grabados en el metal para simular el pelo.

Los animales, ocres y brillantes, parecen devolverle la mirada. El tigre, con fiereza; el mono, con inteligencia; el buey, con placidez; el cerdo, con desamparo. "Las expresiones son extraordinarias, un trabajo a mano muy refinado", dice en voz baja este antiguo investigador de la Asociación de las Artes de China, de 62 años.

El antiguo Palacio de Verano es hoy un monumento a la humillación

El propósito no es reclamar los objetos, sino hacer una base de datos

En Occidente, el plan ha provocado la inquietud de las instituciones

Christie's sacó a la puja dos cabezas -rata y conejo- de Haiyantang

Las cuatro esculturas no son ni con mucho las más antiguas del museo del grupo estatal Poly. En sus dos salas, vasijas de bronce milenarias y budas de piedra forman, de pie sobre sus pedestales, un bosquecillo de obras exquisitas entre las que deambulan sólo tres visitantes.

El valor de las cuatro cabezas, realizadas durante el reinado del emperador Qianlong (1736 a 1795), va mucho más allá de su edad y sus cualidades artísticas. Antaño eran parte de un conjunto de 12 esculturas con cuerpo de piedra, que integraban la fuente Haiyantang, un reloj de agua con los animales del zodiaco chino en el antiguo Palacio de Verano, en Pekín. Hoy, simbolizan el afán del Gobierno por dejar atrás las humillaciones coloniales y recuperar el patrimonio cultural expoliado.

Alrededor de 10 millones de antigüedades -muchas, también, vendidas o contrabandeadas por ciudadanos chinos- salieron del país entre 1840 y la creación de la República Popular, en 1949, según la Asociación de Reliquias Culturales de China. Las piezas están repartidas por museos, bibliotecas y colecciones privadas de todo el mundo. De ellas, más de un millón proceden de la antigua residencia veraniega de la Corte, cuyos palacios y jardines fueron incendiados y saqueados por las fuerzas británicas y francesas al final de la Segunda Guerra del Opio, en 1860, como castigo por la tortura y el asesinato de una veintena de miembros de una misión diplomática europea.

"El terreno perdido se puede reconquistar, pero los tesoros destruidos no se pueden recuperar", dijo la semana pasada Duan Yong, subdirector del Museo del Palacio de la Ciudad Prohibida, en una conferencia en el Instituto Cervantes de Pekín.

El antiguo Palacio de Verano -llamado en chino Yuanming Yuan (Jardines del Perfecto Resplandor)- se ha convertido en un monumento a la humillación nacional. El Gobierno ha optado por mantenerlo en ruinas como símbolo para las generaciones futuras. Sin embargo, Pekín quiere recuperar parte de los tesoros que adornaban este complejo de una superficie casi cinco veces mayor que la Ciudad Prohibida, en el que vivieron los emperadores de la dinastía Qing (1644-1911), y va a enviar expertos por todo el mundo, comenzando por Estados Unidos, Japón, Francia y Reino Unido, para hacer un inventario.

"No sabemos realmente cuántos objetos fueron expoliados porque el catálogo de los tesoros ardió durante la catástrofe, pero estimamos que hay alrededor de un millón y medio de piezas en más de 2.000 museos en 47 países", ha dicho en la prensa china Chen Mingjie, director de Yuanming Yuan.

Chen asegura que el propósito de las visitas, que se prevé que incluyan, entre otros, el Museo Británico, en Londres, y el Palacio de Fontainebleau (Francia), no es reclamar los objetos robados, sino elaborar una base de datos. Quizá porque leyes y acuerdos internacionales, como las convenciones de la Unesco de 1970 y 1995, protegen a sus actuales dueños. Chen no descarta que la misión desemboque en la repatriación de algunos bienes, porque salgan a la luz piezas previamente en paradero desconocido.

El proyecto, no exento de tintes propagandísticos y nacionalistas, ha sido saludado por muchos ciudadanos chinos. Pero ha sido recibido con frialdad por algunos expertos, que consideran que, en muchos casos, será imposible encontrar los objetos o probar su origen. "Lo primero que hay que saber es cómo salieron de China. ¿Fueron robados o comprados? ¿Por qué hay que empezar con los bienes del antiguo Palacio de Verano? No se debe utilizar el patrimonio cultural para la política", dice Wu Zuolai, director de la revista Teoría y crítica de arte y literatura.

En Occidente, el plan ha provocado inquietud en algunas instituciones, conscientes del peso diplomático y económico de la potencia asiática. Responsables del Museo Británico se han apresurado a responder que no tienen nada que ocultar y colaborarán con quien lo pida.

En febrero pasado, Pekín protestó duramente cuando la empresa británica Christie's sacó a la puja dos cabezas -rata y conejo- de Haiyantang, pertenecientes a la colección del fallecido diseñador francés Yves Saint Laurent y su socio, Pierre Bergé. El adjudicatario, un coleccionista chino, se negó a pagar los 15,7 millones de euros que ofreció por cada una, "por patriotismo". Pekín había pedido la cancelación de la venta y la devolución de las esculturas. Bergé aseguró hace unas semanas que, a raíz de la subasta, recibió amenazas, incluso de muerte.

De las 12 cabezas de bronce, es conocido el paradero de siete. Cuatro están en el museo Poly y dos, en Francia. La séptima, de un caballo, fue adquirida en 2007 por Stanley Ho, el magnate de los casinos de Macao, quien también compró, en 2003, la cabeza de cerdo, que reposa en Pekín junto a las de tigre, mono y buey, recuperadas por el grupo público en 2000. Poly es el mayor exportador de armamento de China, pero se dedica también a la inmobiliaria, la promoción cultural y la colección de antigüedades, en especial mediante la adquisición de piezas en el extranjero.

El paisaje inmenso y desolado del antiguo Palacio de Verano, situado ocho kilómetros al noroeste de la Ciudad Prohibida, da una idea de la escala de la destrucción que sufrió. Lo que se salvó de la rabia occidental en 1860 y en un segundo saqueo aliado en 1900 lo remataron el pillaje chino y la Revolución Cultural. De los cientos de estructuras, templos, galerías y palacios de arquitectura mixta china y europea -en especial barroco italiano- poco queda en pie, aparte de columnas y arcos de piedra rotos y el laberinto Huanghuazhen. En el pabellón circular situado en su centro se sentaba el emperador Qianlong para ver a las concubinas con linternas amarillas correr entre los muros de ladrillo.

A un centenar de metros del dédalo se encuentran los restos de la fuente del zodiaco, diseñada por los misioneros jesuitas Giuseppe Castiglione y Michel Benoist. Cada dos horas, uno de los 12 animales vertía agua por la boca. A mediodía, lo hacían todos a la vez. La antigua clepsidra es hoy un hueco de hierbajos polvoriento, rodeado por bloques de piedra. Los grupos de turistas chinos se suceden uno tras otro, dirigidos por guías que relatan la belleza perdida.

En la penumbra del museo Poly, Lu Jijia ve difícil el regreso de las 12 cabezas de bronce. "¡El saqueo ocurrió hace tanto tiempo! ¿Por cuántas manos han pasado en estos 150 años? El Gobierno no puede resolverlo. Es el daño de la historia", dice. Y se pierde lentamente en la penumbra de la sala.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de noviembre de 2009