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Crítica:

Más vidas cruzadas

En una preciosa secuencia de París, homenaje de Cédric Klapisch a la capital francesa, un hombre gravemente enfermo que se dirige a un hospital con la sonrisa de la esperanza, y en medio de un atasco por culpa de una manifestación, le viene a decir con voz calmosa al enervado taxista: "A los parisienses les encanta quejarse y protestar". Un diálogo que también podría servir para definir Madrid. O quizá la mayoría de las grandes ciudades del mundo occidental. Por eso París, a pesar de sus intenciones y de su título, tiene vocación universal ("muniversal", como dice en otro pasaje una de las crías protagonistas, aún no familiarizada con terminología tan extraña).

Desde el histórico estreno de Vidas cruzadas (Robert Altman, 1993), se ha extendido de tal manera la fórmula de filme contemporáneo de reparto coral que aspira a definir a toda una sociedad, que estamos llegando al hartazgo. Aunque quizá más por la falta de excelencia de las últimas propuestas. París, que reincide en el molde, demuestra que cuando las historias están bien contadas la sistemática funciona.

PARÍS

Dirección: Cédric Klapisch.

Intérpretes: Juliette Binoche, Romain Duris, Fabrice Luchini, Mélanie Laurent.

Género: melodrama. Francia, 2008. Duración: 123 minutos.

Acaba dominando la esperanza entre la pesadumbre de la gran ciudad

Eso sí, la película es irregular. Hay secuencias, como la de las modelos recién salidas de una pasarela que acaban flirteando en el gran mercado alimentario de la ciudad con sus trabajadores, conformadas por la vía del capricho. Hay secuencias narradas en paralelo en las que no se acaba de adivinar la motivación, más allá de ahorrarse la dificultad de componer una elipsis verdaderamente certera. Hay buen gusto para elegir música perturbadora, como la Gnossienne nº 1, de Erik Satie, pero olvidándose de que la pieza ya ha sonado en infinidad de películas.

Y sin embargo, lo que acaba dominando es el tono esperanzador en medio de la pesadumbre de la gran ciudad: esa sonrisa salvadora de la nueva panadera, esa cerveza reparadora en el momento justo. Esos pequeños momentos que definen una vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de octubre de 2009