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Crítica:57º Festival de San Sebastián

Duvall y Murray se merecen otra cosa

Cuentan que el origen de Get low es un cuento del folclor americano que recrea la leyenda de un individuo con pasado misterioso que un día decidió exiliarse del mundo y vivir en plan ermitaño en medio del bosque. Lo más insólito de esa conducta es que después de habérselo montado en soledad durante 40 años decidió que quería que le hicieran una fiesta de funeral estando vivo y en la que todos los presentes tenían que contar alguna historia sobre su aparentemente excéntrica y violenta personalidad. Y entiendes que ese argumento puede ser tentador para un productor. Dean Zanuck tuvo el olfato o la suerte de que un actor tan versátil y poderoso como Robert Duvall aceptara meterse en la piel del atormentado y enigmático eremita, de alguien que está marcado por el pasado y que se ha convertido en una leyenda. Igualmente, cualquier aficionado al cine sabe que entre los registros del muy gracioso Bill Murray estaría impecable encarnando al sardónico dueño de una funeraria en apuros. Y que Sissy Spacek puede otorgar verosimilitud y matices a una anciana que sigue enamorada del hombre que representó la gran pasión de su juventud.

El reparto de 'Get low' es perfecto y la historia podría dar juego

Admitiendo que el reparto es perfecto y que esa historia entre elegiaca y misteriosa podría dar mucho juego, se supone que necesita un director con sentido poético, capaz de reflejar el encanto, el vitalismo, los viejos fantasmas, la amargura y la esperanza de personajes tan pintorescos que necesitan expresar antes de morir aquellos acontecimientos que marcaron su existencia. Para aclararnos. Te imaginas esa historia contada por alguien como John Ford. Pero la dirige un primerizo llamado Aaron Schneider y no sabe qué hacer con ella. Convierte un argumento que podía ser apasionante en un débil cuento de Navidad, en un telefilme blandengue, en un retrato carente de personalidad, de ritmo, de atmósfera, de auténtico sentimiento, de poder de evocación. Get low es muy poquita cosa, pero Duvall es tan grande que funciona por su cuenta y se libra del naufragio.

Se supone que Hadewijch dirigida por Bruno Dumont, señor al que los amantes del rigor y de las propuestas radicales profesan un amor cuyas razones a mí me resultan entre hilarantes y marcianas, pretende demostrar que el fanatismo religioso, independientemente de que se sigan las órdenes de Dios, de Alá o de Satanás, siempre acaba derramando sangre, que los integrismos son cómplices en su idea de arreglar el corrompido e injusto mundo a indiscriminados bombazos. Hasta ahí, de acuerdo. Pero tesis tan irrefutable está desarrollada fundamentalmente con los pies en vez de con la cabeza, aunque a ese tono pedestre algunos lo definan como gran estilo y voz propia.

Dumont arranca con un plano fijo de varios minutos en el que están subiendo algo con unas poleas, sigue parsimoniosamente el paseo de unas monjas camino del desayuno y no corta el plano hasta que ha entrado la última, tampoco mueve la cámara durante ocho minutos de un grupo musical al que están viendo los protagonistas y su vocacional melomanía dedica un tiempo similar encuadrando a una orquesta de cámara que está tocando en una iglesia. Vayan sumando metraje y descubrían que el listorro de Dumont ya ha construido mediante el vacío un cuarto de película.

El resto es igual de lerdo describiendo la permanente crisis de una novicia, enamorada de un Dios con el que no puede conectar físicamente y que es expulsada del convento porque está todo el día haciendo feroz abstinencia y castigándose. Resulta que el papá de la mística dolorida es ministro. O sea, que dudo mucho de que las pragmáticas monjitas se atrevieran a expulsar de su gremio a la hija de alguien que tiene el poder de conceder subvenciones. La amante de Cristo, que se siente muy perdida, conoce a un "palero" magrebí que le presenta a su muy religioso hermano, especializado en dar clases religiosas a grupos de musulmanes y en convencerles de la necesidad de la acción directa para combatir a los infieles. Total, que el ardiente ayatolá se toma un té con la iluminada y sufriente ex novicia y enseguida se ponen de acuerdo en la obligatoriedad moral de sacudirle con metralla a la pérfida democracia. Las imágenes de esta película son tan vacuas como caprichosas las situaciones y los personajes. Dumont, como los verdaderos creadores, no tiene por qué dar explicaciones, ni sentido, ni una mínima lógica a su disparatada historia, a su sofisticada empanada mental. Sería un recurso pequeñoburgués. Él es un artista que utiliza un revolucionario lenguaje, y ya se sabe que esos singulares creadores sólo tienen que obedecer a los caprichos de sus genitales. Le caerá algún premio gordo. Es lo coherente. Admito apuestas.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de septiembre de 2009