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Reportaje:

Colonos

Del amor a Dios y a la tierra

No es un grupo compacto. Es una amalgama de medio millón de personas, de los 7,3 que habitan Israel. Difieren entre ellos en ideología, en su posición ante la violencia, en su apego a la tierra. Son un obstáculo a la fundación del Estado palestino que desea Obama.

Menahem Froman es un tipo peculiar. Su padre, su abuelo, y así hasta 17 generaciones, fueron en Polonia rabinos, como él. Vive en la colonia de Tekoa, cerca de Belén. Y daría lo que fuera por continuar sus días, él y sus hijos, en este lugar árido, casi desértico, donde vivió su venerado profeta Amós. "Soy un colono de sangre azul, de los pioneros del movimiento", dice con perenne sonrisa sobre su barba blanca. A Froman, traje negro y camisa blanca, poco le importa quién le gobierne. "Yo era el israelí más cercano al presidente Yasir Arafat. Me propuso como ministro en su Gobierno. Él era consciente del problema de la minoría judía en un Estado palestino y de la protección que habría que otorgar a nuestra comunidad". El sesentón admite que se reúne con frecuencia con dirigentes de Hamás y que invita a las bodas de su prole a los ss de su prole a los sheijs árabes de la región. "Tienes que querer a tu vecino como a ti mismo. Es la esencia del judaísmo. Por cierto, el ministro de Exteriores israelí, Avigdor Lieberman, vive aquí al lado, en Nokdim. Sus actitudes políticas revelan que no ama mucho a los árabes. Claro, que Lieberman no es religioso", suelta irónico. "Hoy, el ambiente es de revancha, pero espero que Obama sea el mensajero de la paz, sin que sea necesaria la evacuación de judíos ni de palestinos". Para casi todos sus antiguos compañeros en la empresa colonizadora, Froman es un lunático.

Colonos ideológicos no son más de 50.000, y muchos, no dispuestos al uso de la violencia

Armados y protegidos, viven en 120 colonias y otro centenar de asentamientos ilegales

Los colonos viven en atalayas. En pequeñas y pulcras comunidades en las colinas, en casas de teja roja bien alineadas y mejor fortificadas en la pedregosa Cisjordania, ocupada desde hace 42 años. O en auténticas ciudades, como Ariel o Maale Adumim. O en barrios populosos de la ocupada Jerusalén Oriental. O en grupos de chozas de madera o latón, aislados en la ladera de una montaña. Armados, vigilados y protegidos por guardias privados y por soldados israelíes en 120 colonias y otro centenar de asentamientos que son ioridades israelíes, aunque hayan permitido su expansión durante una década, en muchos casos sobre tierras robadas a campesinos palestinos. Forman una variopinta amalgama de medio millón de personas -procedentes de cualquier rincón del mundo-, de los 7,3 millones que habitan Israel. Muchos difícilmente podrían relacionarse entre sí. Su visión del mundo, su actitud ante el vecino palestino, su apego a la tierra, distan un abismo. Auténticos iluminados unos, pragmáticos otros, constituyen un impedimento fundamental a la fundación del Estado palestino que promete Obama.

Todo comenzó en septiembre de 1967. Cuando los primeros colonos -tres meses después de la conquista de Cisjordania, Gaza, el Golán sirio y el Sinaí egipcio- se plantaron en Kfar Etzión, al sur de Belén. Hasta 1973, los Gobiernos hebreos dejaron hacer. 1975 fue el parteaguas. Nace Gush Emunim, un movimiento formado por judíos europeos, con preparación académica y profundamente religiosos. "Hubo una gran crisis nacional tras la guerra de Yom Kipur, y Gush Emunim, tribu mesiánica que huele los vacíos, trató de sacar ventaja. Ocupaban el asiento trasero del coche y a partir de ahí se sentaron en el del conductor. Tenían argumentos históricos, religiosos y militares. Y les ayudó que los árabes entonces no estaban dispuestos a nes no estaban dispuestos a negociar", explica el periodista experto Akiva Eldar.

Desde aquel año, los primeros ministros de cualquier tinte político se vuelcan en la expansión colonial. Y en Gush Emunim, que se consideran emisarios del Mesías, se lanzan a imponer su proyecto divino, empujados por sus objetivos sionistas, colonizadores, de redención de la tierra, de seguridad y por el sacrificio. Hoy, el coste -algunos estudios calculan que los Gobiernos han invertido más de 100.000 millones de dólares- económico, político y diplomático comienza a ser insoportable. Entre otros motivos, porque la comunidad judía estadounidense se desentiende cada día más de los colonos.

David Wilder es, como Froman, un devoto judío. Pero de otra estirpe. Nunca hará migas con un palestino. "Lo dijo el primer ministro Isaac Shamir: 'Los árabes son los mismos árabes, como el mar es el mismo mar". Piensa que no pueden cambiar, que todos son iguales. Nacido en Nueva Jersey hace 55 años, es padre de "familia pequeña: siete hijos y 10 nietos". Pistola al cinto, recibe en su despacho junto a la sinagoga de Abraham Avinu, en el corazón de Hebrón, entre calles desiertas, vaciadas de palestinos desde inicios de este siglo. En los comercios árabes, las estrellas de David se mezclan con pintadas: "Muerte a los árabes".

A pocos metros, unza de 67 judíos en 1929 a manos de palestinos. Eso sucedió anteayer, porque en esta tierra se habla con facilidad pasmosa de sucesos -o leyendas- de hace tres mil años. Se menciona el apellido Obama, y Wilder salta: "¿De quién hablas?, ¿del rey Husein?". No. Wilder no alude al monarca jordano fallecido. Prefiere emplear el segundo nombre, el árabe, del mandatario estadounidense. "El discurso de Obama es un beso en el culo a los árabes, que observan su política como señal de debilidad", sentencia. "No veo modo de alcanzar la paz. No hay más que ver la incitación contra nosotros que promueve la Autoridad Palestina", añade, antes de proponer su estrafalaria vía de escape. "Si todo el mundo desea la paz, ¿por qué Egipto no les cede el Sinaí para crear el Estado palestino? La solución es fácil. Cuando los judíos del mundo emigren en masa a Israel, los árabes se marcharán. Será entonces cuando aprenderán que no nos iremos". En la despedida, Wilder pregunta adónde van los periodistas. "A Maale Adumim, a charlar con otrosdumim, a charlar con otros colonos", se le contesta. "¿Ah, ésos son colonos?", sonríe. Cierto es que no faltan israelíes que viven en territorio ocupado y lo han ignorado mucho tiempo. Todos llaman barrios a esas colonias que bordean la Ciudad Santa.

Efectivamente, en las colinas de Maale Adumim, al este de Jerusalén, camino del mar Muerto, viven 50.000 personas. La gran mayoría poco tiene que ver con Wilder. Javier Markovas, jefe de inspectores del IVA en el Ministerio de Hacienda, tiene 54 años y reside desde 1990 en esta ciudad, una mole de edificios con centros culturales, comerciales, parques... Casado con Silvia, de 53 años, directora de jardín de infancia, tienen dos hijos. "Llegamos a Israel porque buscaban médicos y contadores. Argentina estaba mal entonces, pero no fue el factor determinante". Silvia, cuyo hermano vive en Israel desde hace 40 años, asiente. Es incapaz de asimilar algunas circunstancias. "Nunca me acostumbraré a que no haya autobuses en sabath". Ariel, uno de sus hijos, de 27 años, lo lleva peor. "Ni hay autobuses, ni vida nocturna en Maale Adumim", apunta el licenciado en Comunicación. Ellos difieren de cabo a rabo de Wilder. "El nacido en Israel es diferente al emigrante. Yo no guardo rencor a los árabes, pero muchos de mis colegas caen rápido en el insulto", explica Javier. Su vástago es contundente: "Hay palestinos a los que les despojan de todo, los golpean... No me extraña que se vayan a Hamás. El odio crece y crece todo el tiempo. También cuando se explotaban ellos en autobuses aumentaba el odio entre los israelíes. No ha nacido el genio que solucione esto". Todo ha empeorado en los últimos años. Antes, los Markovas iban a Azzaría, el vecino pueblo palestino, a tomar pizzas. Ya no.

La separación psicológica entre palestinos e israelíes es mucho más grande que el muro de hormigón y alambradas que físicamente los separa y que, junto a las carreteras segregadas, propias de un régimen que muchos académicos israelíes tildan de apartheid, convierten la vida de los árabes en un tormento. "¡Pero si mis vecinos se asombran si les digo que voy a la ciudad vieja de Jerusalén!", sonríe la madre. Ni Silvia ni su marido creen que Obama pueda deshacer el embrollo. No será por ellos. "Si me ofrecen un apartamento en Tel Aviv, me marcho tranquilamente", dice el padre.

Esta familia porteña responde al perfil de la mayoría de los colonos. Maale Adumim, su municipio, es un escollo a la viabilidad de un Estado palestino porque casi secciona Cisjordania en dos mitades. Pero no se sienten utilizados por sus Gobiernos.

El periodista Akiva Eldar conoce al dedillo a los colonos. No es tan pesimista como los Markovas, aunque advierte que será muy complicado gestionar el conflicto. "En Maale Adumim y otras colonias cercanas a Jerusalén no son religiosos. Muchos se han instalado allí por la escasez de vivienda, como los ultraortodoxos de otras colonias. A la de Ariel (otra ciudad de 40.000 almas) llevaron a emigrantes rusos directamente desde el aeropuerto sin que supieran que iban a territorio ocupado. En otros asentamientos, como en el valle del Jordán, hay gente de izquierdas. Colonos ideológicos no son más de 50.000, y muchos no están dispuestos a usar la violencia", sostiene Eldar.

Los hay que sí, y que juran que nadie será capaz de arrancarlos de Judea y Samaria, nombre bíblico de Cisjordania. Los irreductibles. Los veteranos Daniela Weiss y Elyakim Haetzni -una suerte de ideólogos de los llamados Jóvenes de las Colinas- prometen batalla. Aunque también juraban luchar hasta la última gota cuando Ariel Sharon ordenó la evacuación de los 8.000 colonos de Gaza, en agosto de 2005. Patalearon y gritaron. Poco más. Lo lamenta Weiss, una mujer afable de 64 años. En su espaciosa casa de Kedumim, en las colinas del norte de Cisjordania -ella usa Samaria, como todo el establishment israelí-, ofrece zumos al mediodía. El paraje en el que se asienta Kedumim, uno de los primeros asentamientos en la región, es idílico: viñas, 4.000 olivos, frondosa vegetación. También hay fábricas de medicamentos y cosméticos, el entramado económico de esta colonia que acoge a 5.000 judíos. Weiss y su esposo son pudientes empresarios vinícolas, también dueños de locales en Tel Aviv. Pañuelo en la cabeza y falda hasta los tobillos -como mandan los cánones del sionismo religioso, Weiss reconoce su filiación: "Estáis sentados con alguien que está a la derecha, derecha, derecha, del mapa ideológico". Ha fundado un movimiento: Juventud por el Gran Israel (Jóvenes de las Colinas). "Eretz Israel", continúa, "se extiende hoy entre el Jordán y el Mediterráneo. Pero las dos bandas azules de la bandera representan el Éufrates y el Nilo. A eso aspiramos". Que resulte inviable, poco importa a esta mujer, idealista hasta los tuétanos.

La enérgica ex alcaldesa de Kedumim abandera la desobediencia a las instituciones de esos adolescentes, hombres y mujeres jóvenes. "Para mí, un soldado que viene a las colinas es como el aire. No lo veo. Sólo trabajo, 365 días al año, por reforzar el movimiento. Son unos 10.000 jóvenes para los que ser detenidos es un orgullo. Quieren ser encarcelados. Esto es lo que no entienden otros líderes políticos de los colonos", afirma en alusión al Consejo Yesha, que negocia con el Gobierno el desmantelamiento de algunos asentamientos. "No hay que ceder ni un milímetro. La tierra es sólo nuestra. Si los árabes aceptan vivir bajo la soberanía de Israel, pueden permanecer". Es lo que diferencia a Weiss de individuos como Baruch Marzel, seguidor del rabino asesinado Meir Kahane, que aboga por la expulsión de los palestinos. "Tienen 22 países árabes en los que vivir", es la coletilla. Convencida de que Obama se equivoca en su política "de apaciguar" a los árabes y a Irán, la abuela Weiss concluye: "En estas montañas estuvo Abraham. De ahí surgen nuestros derechos. Israel es el rayo de luz para el mundo. Obama no quiere que la luz de nuestra nación difumine su mirada. Sería mejor que retirara a Israel los 3.000 millones de dólares anuales de ayuda. Caería nuestro nivel de vida, pero seríamos más libres". Elyakim Haetzni fue diputado de Tehiya -Renacimiento, en hebreo-, partido de efímera existencia. Radical entre los radicales, este abogado está implicado en la organización de los colonos extremistas. Nació en Alemania, y en 1938, con 13 años, emigró a Israel. "Fui a un colegio nazi", recuerda en su vivienda de Kiryat Arba, colonia de 7.000 almas cerca de Hebrón a la que se mudó el 5 de septiembre de 1972. "El mismo día de la matanza de los atletas israelíes en Múnich", precisa. Su atuendo es occidental, y su discurso, pétreo.

La primera diana es, cómo no, Obama. "Actúa como si fuera el jefe de un Gobierno colonial. Es un insulto", afirma. La segunda, naturalmente, árabes y musulmanes: "Occidente no entiende que el mundo árabe quiere volver a su pasado glorioso". Siente el abogado que Israel está acorralado. "Uno de los atractivos de los árabes para los occidentales", explica, "es su aroma antisemita. Los islamistas trabajan con el modelo de los nazis. Las manifestaciones en Europa no son contra las decisiones de los Gobiernos israelíes, son contra los judíos. Pero tras Auschwitz no es políticamente correcto decirlo. Los judíos estamos en el frente del combate contra el islam. No debemos hacernos ilusiones con Obama, ni con los europeos, ni con los árabes, ni con los judíos del resto del mundo. Tendremos que luchar. Si entregamos tierras, los judíos seremos las víctimas".

Incluso el primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha pronunciado las palabras tabú: Estado palestino. A Haetzni no le preocupa. "Hay un chiste judío que dice: 'Gracias a Dios, se ha impedido la violación de una mujer. ¿Y cómo? Porque la mujer ha accedido'. Eso es lo que ha hecho Netanyahu. Ha accedido, aunque ha puesto unas condiciones que nunca se cumplirán. Porque los árabes no tienen límite. Cuando consiguen algo, piden más. Si nos retiramos a las fronteras de 1967, exigirán el resto. No reconoceremos ninguna ley que prohíba construir en Judea y Samaria. Aunque alguno de nuestros dirigentes sea violado masivamente por EE UU, Europa, Rusia y Naciones Unidas. Pobre Netanyahu". El abogado está persuadido de que el Ejército y la policía serían incapaces de evacuar a los colonos si el Gobierno diera la orden. "Obama, no puedes", se lee en pancartas al borde de las carreteras de Cisjordania. Haetzni está convencido de que el Ejército y el israelí medio se alinean con su bando. Weiss y sus huestes son demostración palpable de la deriva radical de este grupo de colonos que se proclaman herederos únicos del sionismo. Muchos expertos rebaten sus opiniones: la colonización está en retirada, en consonancia con la pretensión de una gran parte de la sociedad israelí. En varios asentamientos proliferan casas vacías. Muchos colonos desean vender o alquilar para asentarse en Israel. Pero no hay apenas compradores. Están atrapados y soportan, además, la presión y el desprecio de los más recalcitrantes: los consideran apestados.

"En 1988, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) reconoce a Israel. Luego se celebra la Conferencia de Madrid (1991), se firman los Acuerdos de Oslo (1993), y comienzan los problemas para los colonos. Mientras no interferían en el proceso de paz, porque no lo había, no eran preocupantes. Cuando la sociedad israelí se da cuenta de que entorpecen las relaciones con EE UU y otros, deja de apoyarlos", explica Eldar. Los más radicales abominan de las negociaciones de paz. En 1994, un médico ultra de Hebrón asesinó a 29 musulmanes en la mezquita del patriarca; en noviembre 1995, otro asesinó al ex primer ministro Isaac Rabin. Hoy, radicalizados como nunca, gozan de menor respaldo en la sociedad israelí.

Haetzni, Weiss, Baruch Marzel y un nutrido grupo de rabinos sionistas encabezan la movilización de miles de chavales, muchos menores de edad, que estudian en los cientos de yeshivas (escuelas talmúdicas) del movimiento nacional-religioso. Una tropa en pie de guerra. En los últimos meses, los más fanáticos se han entregado al vandalismo impune. Emplean una táctica que hace recaer su carga sobre el tercero de siempre. Si el Ejército desmantela un outpost -las colonias que son ilegales incluso para el propio Tribunal Supremo israelí-, se dedican a quemar olivos de los pueblos árabes colindantes. En la región de Nablus han sido calcinados centenares de hectáreas. En ocasiones han asaltado pueblos, han disparado a los pies de lugareños palestinos, han destrozado casas y depósitos de agua... Los soldados, a veces, los han acompañado. Sin mover un dedo. Decenas de esos asaltantes, siempre con su kipá de ganchillo, símbolo de los religiosos sionistas, y sus atuendos desaliñados, estilo hippy, parten de Yizhar.

En el outpost de Salhevet Ya, a 200 metros de Yizhar, vive Ayalá, de 24 años, con cuatro hijos que juegan descalzos entre las tuberías, maderas y metal que emplean para construir sus rudimentarias viviendas. Su esposo, un neoyorquino, se dedica a labores agrícolas. Una vida sencilla. "El outpost tiene cinco años. Tenemos pollos, cabras y un pequeño huerto. No tenemos televisión ni Internet". Su candor e ingenuidad conmueven. Cientos de metros ladera abajo se extienden los pueblos palestinos, a los que siempre miran desde arriba. "Nosotros no quemamos sus olivos. Los queman ellos para cobrar indemnizaciones", dice contra toda evidencia. "Bajo el huerto", relata Ayalá, "encontramos un mosaico. Mi padre dice que lo hicieron los samaritanos. Estoy contenta, demuestra que esta tierra es de los judíos". Poco más se puede profundizar en la conversación.

La Torá es un título de propiedad. Lo es para Susan Levin, estadounidense de 49 años llegada en 2006, y para Lisa Lawrence, nacida hace 33 años en Jerusalén. Ambas vecinas de Neve Daniel, colonia de 380 familias en Gush Etzión. Las casas son espaciosas, casi lujosas. "La Torá dice que esta tierra nos fue otorgada, que somos un pueblo especial, que hay un lugar especial para nosotros. Vine aquí para aceptar ese regalo", comenta Levin. "Éste es el único lugar", añade acariciándose un brazo, "donde mi piel judía se adapta a la tierra. No es un regalo de la ONU". Habla de los palestinos con paternalismo, afirma que la Autoridad Palestina y Hamás no dejan a la gente tomar sus propias decisiones. Y no ve que los ciudadanos se quejen contra sus autoridades: "Como dijo Golda Meir, tienen más deseo de matarnos que de vivir".

Idéntica opinión que la del abogado Yossi Dermer y su esposa, Aviva, que rozan los 40. Viven en Talmón-Nerya en una casa con piscina en el tejado. Los alquileres son baratos, el Estado presta los servicios. Un lugar ideal para los críos. Yossi terminó el servicio militar -"podría librarme de la reserva por tener siete hijos, pero sigo yendo", asegura- y estudió dos años en Mercaz Harav, la yeshiva por antonomasia del movimiento colono, en Jerusalén. Adornan su espacioso y desordenado salón las fotos del rabino Nerya y del monte del Templo (explanada de las mezquitas). Dos palestinos trabajan en su casa. "Sin problema. Los vigilo, y además...". Se toca la cartuchera. "Si no estuviéramos en Talmón, los árabes llegarían hasta Tel Aviv. Nosotros los paramos". Todos los vecinos se conocen. "Creemos en lo mismo. Para que alguien viva aquí debe pasar el examen de la comunidad. Somos muy religiosos, no ultraortodoxos". Él está convencido de su misión. Miles de adolescentes la comienzan ahora. En la ventosa loma del outpost de Migron, con vistas de Jerusalén, viven en casetas una decena de ellos. Reciben cada tres o cuatro días a su rabino. Uno de los menores, Shai, procede de un asentamiento del Golán. Otro, Yaakov, es jerosolimitano. El tercero, Moshe, de otra colonia cercana a Belén. Son la punta de lanza del sionismo. Apenas se puede conversar. Su inglés es deficiente. "It's our land, it's our land" (es nuestra tierra), repiten. ¿Y esos olivos? "Ya estaban aquí cuando llegamos", comenta una chica. 

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de septiembre de 2009