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Reportaje:

El espejo quieto de la Factory

El fotógrafo neoyorquino Stephen Shore recuerda sus inicios junto a Warhol

La primera cámara que Stephen Shore tuvo en sus manos tenía forma de ratón Mickey y por eso sus primeras fotografías son una larga serie de estúpidas sonrisas. Detrás de aquel juguete para un niño estaba la primera lección que Shore (Nueva York, 1947) aprendió sobre lo que con el tiempo sería algo más que una profesión. Fotógrafo incansable del paisaje profundo de su país, Shore descubrió muy pronto la nada casual relación entre la cámara y su objetivo y la misteriosa naturaleza de un arte en el que observación, comprensión, imaginación e intención se cruzan de forma compleja.

Shore ha impartido en Madrid (y dentro del Campus de PhotoEspaña) un taller de fotografía y, además, la editorial Phaidon publica su libro Lección de fotografía, manual crítico derivado de sus años como profesor en la Bard Collage.

"Un pésimo estudiante dando lecciones, eso es la vida, ¿no?", dice el fotógrafo, impaciente por visitar el Prado con su mujer y aprovechar sus escasas horas libres en Madrid. Shore fue, a los 23 años, el primer fotógrafo al que el Metropolitan de Nueva York dedicó una exposición individual. Pero su carrera se había disparado cinco años antes, a los 17, cuando entró por azar a formar parte del grupo de habituales de la Factory de Andy Wharhol. "Fue una casualidad", explica, "durante mi último año de instituto yo apenas iba a clase y mis padres me daban por imposible, realmente no podían más conmigo. Estrené un corto en un cine de Nueva York que también estrenaba esa misma noche una de las películas de Warhol. Allí le conocí. Me llevó a la Factory y empecé a pasar por allí cada día. Dejé los estudios, era imposible resistirse a aquel mundo".

Según el fotógrafo, lo más importante que aprendió allí fue a "pensar con una mirada estética". "Vi a un artista tomar decisiones una y otra vez, y observarle trabajar, implicando a todos en esas decisiones, no tuvo precio para mi futuro". Shore tomó fotos en blanco y negro de todos los protagonistas de aquella época -Eddie Sedgwick, Lou Reed...- convirtiéndose así en testigo y espejo impagable de aquella explosión única de talento. "Sin duda la relación con el tiempo es uno de los grandes misterios de la fotografía", afirma. "Y para mí esa relación es de dos tipos fundamentales, mientras en algunas fotografías el tiempo se congela, en otras tan sólo permanece quieto. Cualquiera puede atraparlo, están al alcance de todos". Para Shore (cuyo trabajo con el color y con la composición le han convertido en uno de los grandes) no existe una buena o mala fotografía sino un buen o mal esfuerzo. "No pienso en otros términos, sólo me interesa la fotografía como una prueba de exigencia. Me gusta trabajar con esa presión, con mucha presión, no hay nada espontáneo en lo que hago, todo es consecuencia de un trabajo previo, largo y meditado".

Asegura que no manipula las fotografías, que jamás las recorta y que sólo en sus trabajos "para clientes" se pliega a los tiempos: "Creo que una fotografía de periódico jamás se puede manipular, y no es un problema de objetividad-subjetividad sino de pura moral. Pero la publicidad es diferente porque hay un cliente que paga y el Photoshop o los recortes forman parte del trabajo". Y añade : "creo que las lecciones fundamentales sobre fotografía valen igual para el mundo digital que el analógico, también existe una relación física con el monitor de un ordenador. En cualquier caso, yo seguiré colgando fotografías en mi casa y seguiré pidiendo a mis alumnos las copias en papel, porque creo que sólo al verlas todas juntas y no una detrás de otra se puede encontrar su verdadera voz".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 30 de junio de 2009