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Crítica:62º edición del festival de Cannes

La insoportable transgresión

Entre los directores ancestralmente mimados por Cannes ocupa un lugar intocable el danés Lars von Trier. Haga lo que haga el gurú del Dogma sabe que el festival le va a recibir con los brazos abiertos, que los selectos miembros de su posmoderna parroquia van a celebrar con alborozo y éxtasis cualquier ocurrencia o experimento de su siempre revolucionario profeta. La mayoría de sus películas han dispuesto aquí de la prestigiosa plataforma de lanzamiento internacional, se han hinchado a ganar premios, forman parte de la historia de Cannes en los últimos 25 años.

Reconociendo que este director tan insólito como agresivo está en posesión de un talento especial y de reconocible personalidad, sólo me he sentido impresionado por su cine en dos ocasiones, en las escalofriantes y auténticamente perturbadoras Rompiendo las olas y Bailar en la oscuridad. El resto, o no las entiendo, o me ponen de los nervios, o me parecen estupideces convenientemente adornadas, pero admito que su autor siempre se siente en la obligación de dar la nota, de empeñarse en ser el más transgresor, de que nadie permanezca indiferente ante sus criaturas.

Anticristo comienza con una pareja follando desaforadamente (sin trucos, con sexo explícito, con naturalismo que acredite la marca de la casa) mientras que su desatendido hijo gatea hacia una ventana abierta. Y dices, empezamos bien, que se note que Trier es el más heavy, que el plano a cámara lenta de un bebé estrellándose contra el suelo nos prepare para el desmadre emocional que se avecina.

La madre enloquece de dolor y el padre, que es psiquiatra, intenta la terapia de curarla en medio de un bosque presuntamente apacible. Lars von Trier le pide a su director de fotografía que se eche la cámara al hombro permanentemente y se dispone a castigarnos duramente con las alucinaciones y el sadomasoquismo de estos dos náufragos mentales en medio de la amenazante naturaleza. Ya están permitidas todo tipo de pasadas. Si se limitara a la sucesión de compulsivos polvos y pajas, a realizar un porno salvaje con pretensiones de originalidad, hasta podría ser divertido, pero Lars von Trier y su complejo de artista destroyer, también necesita disfrazarlo con discursos psicológicos en medio de la atmósfera de las pesadillas. A la mitad de trama tan tediosa resulta que Satanás se ha instalado en la deprimida esposa y como el diablo siente tanta afición a la sanguinolencia, la poseída e histérica dama le destroza los genitales al marido, le atraviesa la pierna con tornillos y para rematar la orgía se corta los labios vaginales con unas tijeras de podar. Porque al autor le sale de los huevos, porque sus desgarradores poemas fílmicos se sienten en la obligación artística de hacer vomitar a los espectadores. Y te planteas que esa actitud es tan legítima como la decisión de alguien responsable para internar a este tarado en el frenopático durante una temporada. Pero no ocurrirá. Seguro que Anticristo estará en la quiniela de los galardones, que se dedicarán ilustradas y penetrantes tesis a la grandeza de su provocación, que descubrirán en ella el retrato genial del Apocalipsis. La imbecilidad con ínfulas de transgresión siempre goza de infinitos adeptos en estos templos de la alta cultura denominados festivales.

Afortunadamente, Ken Loach y su habitual guionista Paul Laverty están muy apegados a las cosas terrenales, no tienen tiempo ni ganas para las masturbaciones mentales sobre metafísicos anticristos con adicción al gore. En Looking for Eric se permiten fantasías, pero son tan generosas como divertidas. Como la de que a un cartero cincuentón que siente que su existencia ha sido un fracaso, con inclinaciones suicidas, soportando a unos hijos que hacen la carrera de delincuentes juveniles, atormentado por haber perdido en la juventud a la que fue la mujer de su vida, pero en posesión de buenos amigos y de la fervorosa adoración por aquel futbolista extraordinario y torrencial ser humano llamado Eric Cantona, se le aparezca el espíritu de éste para aconsejarle sobre los problemas que le amargan. Y es muy hilarante y tierna la relación entre el asfixiado proletario y el pelotero filosofal. Loach, cuando habla de lo que conoce y se olvida del panfleto, siempre transmite sensación de verdad, sorna, humanidad, un ojo y un oído privilegiados para captar la imagen, los sentimientos y los sonidos de la calle. Te ríes muchas veces en esta película y esa sensación tan liberadora en medio del solemne intelectualismo que caracteriza la programación de los festivales, alcanza condición de oasis.El director siempre se siente en la obligación de dar la nota

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de mayo de 2009