Entrevista:Ángel Gabilondo | ENTREVISTA

"La gente que espera ser ministro es un peligro social"

Te imaginas a este hombretón vestido de oscuro que es Ángel Gabilondo entrando solo el primer día de su mandato, un sábado, por las puertas imponentes del Ministerio de Educación; luego te lo imaginas mirando los retratos de los ministros centenarios, los muertos, y de los ministros recientes, los vivos, y no puedes dejar de pensar en la soledad abrumadora que le espera. En efecto, luego se sienta en una mesa arrinconada en la que ya no hay papeles. Y, además, ese día no hay secretaria que se los traiga. Cierra la puerta y el resto es vacío; lo tiene que llenar. Le comentó a una compañera del Consejo de Ministros que lo que se hace con los nuevos es dejarlos solos en una habitación cerrada. ¿Y después? A esta hora ya se habrá habituado, pero cuando le vimos, poco después de que sintiera esa abrumadora soledad en el espacio vacío, ya llevaba unos días habituándose a ser ministro, o, como dice él, a estar de ministro. No ha podido evitar llevar en la pequeña maleta (que le cambiaron por un carterón enorme, la cartera ministerial) su condición de filósofo metafísico, aunque él prefiere decir que es simplemente un profesor de filosofía, así que reflexiona aquí sobre la condición pasajera de su actual encargo, como si estuviera a un paso, siendo reciente, de ser un ministro del pasado. Para eso hay que entrenarse filosóficamente, dice, porque nadie está llamado a ser otra cosa que persona; ser ministro depende de tantos, es tan casual. Es casual, pero algunos intuían que su carrera (a él le horroriza la expresión) le llevaba como un obús a esta situación: ha sido rector de la Universidad Autónoma de Madrid, fue rector de los rectores (presidente de la Conferencia de Rectores), y aunque eso no viene en las biografías, es conocido por tratar de conciliar a los que están en desacuerdo. Y ahora su departamento tiene por delante tratar de convertir a los jóvenes estudiantes en aliados, aunque de vez en cuando acudan a chillarle (por Bolonia, o por cualquier otro asunto) a lo que algunos llaman el manifestódromo de Madrid, que está precisamente debajo de esta ventana cuya luz primaveral alienta la conversación que tenemos en un rincón del despacho, debajo de dos bodegones. Cuando acabó la conversación le pedimos una fotografía a la que le tuviera cariño, y nos dejó una que aparece en estas páginas: él eleva la barbilla (como ahora), va vestido de futbolista, está en la playa de su pueblo, San Sebastián, sonríe debajo de amigos encorbatados y luce un trofeo en las manos, lo habían ganado. Ahora conserva una sonrisa igual; ya no es aquel chiquillo; tiene 60 años, pero mantiene, como si fuera una muesca de timidez, esa misma sonrisa con la que vence la solemnidad que le ha caído encima. Él no tiene miedo a que se le tuerza la terca evidencia de que los Gobiernos tienden a cambiar el ánimo de los que sonríen al llegar.

Creo en la conversación, en la palabra, en lo que dicen unos y otros
Deseo que no haya un abismo entre el mundo que vivimos y el de la política
La cultura y laeducación son claves para regenerar un país

¿Cómo se encuentra aquí?

Me encuentro bien. Es un espacio de mucha exigencia y de mucha responsabilidad. Pero me encuentro bien.

¿Y se lo esperaba?

No. A mí me parece que la gente que espera ser ministro es un peligro social. Otra cosa es que uno esté dentro de unas responsabilidades y de unos compromisos de los cuales puede derivarse que un día te veas metido en esto. Pero esperarlo Habría cuarenta millones de habitantes de este país esperando lo mismo. Esto es una singularidad y también un honor que yo agradezco enormemente. Pero esos que desde el vientre de su madre ya piensan en el momento en que van a ser ministros o rectores me parecen gente peligrosa.

Y piensan que se lo merecen, además, aunque no lo hayan de ser nunca.

Esto ya es tremendo. Yo creo que lo que te sorprende es que alguien crea que tú puedes hacer algo, y que te convoque para hacerlo. Que el presidente del Gobierno haya creído que yo puedo desempeñar un encargo como éste me compromete y en cierto modo me hace recobrar confianza en mí mismo. Eres elegido por los otros, tú no eliges.

Y, claro, en el instante en que sucede, su memoria se habrá revolucionado

Sí, en el instante en que eso sucede pasa de todo. Yo no he tenido esa experiencia de la que hablan algunos, la experiencia de haber llegado, como si fuera la coronación, la culminación de no-sé-qué, ese tipo de cosas no las he sentido, ni las siento. Lo que yo no veo es cuándo acaba el desafío de la responsabilidad: uno está deseando el paseo al atardecer, sereno, sin preocupaciones, a la orilla de la playa. Y esto no acaba de llegar, y cuando llega tiene ya el sabor de una despedida, como una muerte.

Porque para hacer una cosa, usted tiene que despedirse de otra.

Sí, es verdad. Pero yo siempre he creído en esas carreras de relevos; a mí me gusta pasar el testigo. Empieza una carrera y te quedas tú el palo. Pero lo que queda luego es darlo, desprenderse de eso; eso que se llama testigo tiene un carácter testimonial. Hay que saber irse de los sitios. A mí me gustaba mucho cuando estaba en el rectorado mirar los retratos de los que hubo antes: antes de llegar a mi despacho, esa visión completaba la verdad, que era que estaba allí de paso. El que hace de un lugar como éste un sitio de residencia también comete un error.

Ahora tiene usted en la galería de al lado a muchos antepasados mirándole.

Y veo que son muchos, y los que siguen vivos están en otras cosas. Hay que saber estar en todo, pero sabiendo que se está de paso.

Y preparándose para dejarlo.

Sí, sí, preparándose para dejarlo. Pero tampoco me gusta llegar a un sitio como con distancia; yo creo que hay que llegar con implicación, dándote del todo, pero sabiendo que tú no eres un ministro, tú estás haciendo esto porque puedes hacerlo. Cuando yo era decano, decía que estaba de decano; yo no era decano, o rector, yo estaba de rector. Pero también quiero subrayar la alegría de la responsabilidad. Tampoco me gusta vivir esto como si fuera un drama; a mí me parece una enorme satisfacción. Y creo que asumir con coraje público algunos desafíos produce grandes satisfacciones.

Decía su colega Emilio Lledó, citando a Platón, que ese coraje responde a las exigencias de decencia del servicio público.

Yo no sé si estaré a la altura de ese desafío. Pero lo que sí está claro es que tú asumes una responsabilidad pública en un momento muy difícil social, económica y políticamente; hay una crisis de modelos, y de valores. Me lo decía un amigo argentino: es el momento de decir heme aquí, pueden contar conmigo. Yo no sé lo que podré hacer, pero todo lo que pueda lo voy a hacer, contad conmigo. Esto a veces se hace y hay muchas personas que lo están haciendo en este país, no sólo los que son ministros Todos los que se levantan a trabajar, los que sacan adelante a una familia, los que luchan por algo; hay mucha gente diciendo aquí estoy, de pie y trabajando. Yo por eso confío en que de las situaciones difíciles se sale adelante afrontando con coraje y colectivamente la crisis. Y desde luego, el asunto de la educación compete a toda la sociedad; esto no es un asunto de un ministro o de un ministerio, esto es de toda la sociedad.

Pero no hay un flautista de Hamelin para que toda la sociedad se implique

No. Pero ha pasado algo bastante bueno: en España se empieza a tener en cuenta que la cultura y la educación son determinantes para regenerar un país, incluso para generar conciencia territorial, conciencia social, para hacer integración social, igualación social Y creo que ahora se valora más tener una educación. En la sociedad del conocimiento, la educación es un valor extraordinario. Y además tiene un gran prestigio social, por más que se diga lo que se diga. Es un privilegio ser una persona cultivada, cuidada, estudiada.

Pero usted forma parte de una generación en la que hubo muchísimas personas que no pudieron cultivarse

Esto es algo que digo mucho, y se lo digo a los estudiantes: en aquel momento fuimos a la Universidad por el esfuerzo de nuestros entornos, por el esfuerzo propio, pero ahora se va a la Universidad también por todo el esfuerzo de toda la sociedad que con sus impuestos contribuye claramente a que haya universitarios. Es una inversión de toda la sociedad, toda la sociedad invierte en educación, y cada vez hay más gente que la tiene.

A su familia le costó mucho

Sí. Pero en casa lo tuvieron clarísimo; nunca pensaron en dejar otra herencia que la herencia de formarnos, de dejarnos que fuéramos a la Universidad. Mis padres [propietarios de una carnicería en el mercado de San Sebastián] entendieron siempre que ése era el mejor regalo que nos podían hacer, y de hecho así ha sido. No es fácil en una familia numerosa crear condiciones para que todo el mundo pudiera ir a hacer estudios superiores; es un esfuerzo enorme, en un determinado contexto, una familia de nueve hermanos. Pero, claro, yo agradezco la lucidez que tuvieron mis padres de saber que ése era el mejor regalo. Lo veo cada día más claro, y lo recomiendo cada día más. Estamos preocupados por dejar no-sé-qué bienes, y lo que hay que hacer es procurar generar condiciones para que los hijos tengan al menos la posibilidad de formarse muy bien.

¿Y de dónde les vino a sus padres ese compromiso?

No lo sé. Puede ser que eran hijos de la guerra, y no pudieron ellos mismos desarrollar hasta el final sus convicciones y cualidades; no siempre se podía hacer eso después de la guerra En la transmisión de esas convicciones había también un gesto de apuesta y de generosidad. Mucha gente en España hizo esa apuesta de crear condiciones para que sus hijos pudieran ir a la Universidad, ya que ellos no pudieron ir. Y eso ha sido extraordinario, porque ahora tenemos una gente con una preparación como nunca hubo en España. Pero también tenemos que hacer las cosas mucho mejor, y desde luego no debemos hacer discursos de comodidad extendida, no debemos pensar que son otros los que deben resolver las cosas. Yo creo que un discurso de exigencia para con uno mismo y para con los demás es muy importante en este momento.

Eso lo traslada usted a toda la sociedad, Gobierno y oposición incluidos

Yo creo que sí. Hombre, el que no es exigente consigo mismo tiene poco derecho de exigir a los demás. Hay un cierto hábito social que parece decir siempre que la culpa es de otro, y que lo que uno tiene son sólo necesidades. Yo creo que la exigencia es sacar de uno mismo lo mejor que pueda dar; eso es el amor propio, la ambición de no desaprovechar, tratar de no defraudarse. Y tener en cuenta, también, que uno tampoco es para tanto.

Hoy tiene usted la edad en que sus padres le parecían mayores. ¿Qué convicciones eran aquéllas, y cuáles le quedan a usted?

Lo primero, no discursear mucho. Las convicciones son contagiosas, no se transmiten sólo por prédicas; son contagiosas. Yo digo que uno no se contagia sólo de la enfermedad, también uno se contagia de la salud. Por ejemplo, la convicción del trabajo, la seriedad, la austeridad, el afecto El afecto es terapia, a mí esto me parece muy importante. Y repito lo de la austeridad: no sé si se debe llegar al ascetismo, pero sí conviene una cierta austeridad Además, mirar alrededor. En una familia numerosa aprendes a mirar alrededor: existen los otros. Los demás también quieren, también les pasan cosas, los demás también desean, y tienen palabra y voz. Hay gente a la que le cuesta un poco fijarse. Igual estos valores parecen un poco ancestrales, pero también nuestros padres nos enseñaron la dicha de vivir el gozo y el placer de vivir, que se disfruta comiendo, paseando

Y pensando bien

¡Huy! Es que pensar bien es necesario, y hablar bien de los demás es que es sanísimo. Yo lo recomiendo todos los días un rato. Algunos me preguntan si ha de ser siempre de la misma persona o hay que cambiar porque les cuesta mucho. Pero hablar bien de los demás es sanísimo.

Eso lo aprendió también de sus padres.

Por supuesto. Eran hijos de la guerra, pero desde luego a mis padres nunca les he oído expresar odio; no sé lo que tendrían en su corazón, pero probablemente combatían contra él; no tenían ni odio ni resentimiento. Tenían la voluntad de que no existiera la palabra enemigo, esto yo lo he vivido. Yo he vivido en una casa y en una familia donde ideológicamente había muchas mezclas, pero nunca se hizo discurso de victoria ni de derrota, ni de enemigo; esta dialéctica de amigo-enemigo en mi casa no existía.

Albert Camus dice: El espléndido calor que reinó sobre mi infancia me ha privado de todo resentimiento.

Pues sí. Es que nosotros (y digo nosotros porque tengo que hablar ya de una familia) siempre hemos sido muy exigentes para que alguien nos caiga mal. A mí me cuesta mucho que alguien me caiga radicalmente mal. Sin embargo, con esto no se entienda que acepto cualquier cosa de cualquier modo y a cualquier precio; lo que digo es que para descalificar a alguien me ando con muchísimo cuidado. Primero te tendrías que descalificar a ti mismo; yo conozco defectos míos muy profundamente. Aprender esto ha sido un regalo: no se nos alimentó el odio, no se metió en nuestro corazón resentimiento contra otro, sino capacidad de construir y levantar, de sacar adelante el país y dejémonos de pelear entre nosotros Esto cualquiera de mis hermanos puede decirlo: no es algo en lo que yo tenga singularidad alguna.

Pues usted viene de un territorio, Euskadi, que se marca como la metáfora de donde persiste el resentimiento

Y es precisamente eso lo que hay que combatir. Yo creo en la integración de la diferencia, trabajar en un espacio donde no sea necesario ser idéntico para poder vivir. Digo diferentes, no indiferentes. Diferentes entre nosotros mismos. En mi entorno había de muchos bandos, ideologías y posiciones, y nos podíamos sentar en una misma mesa a comer. Esto es un regalo de mis padres. No sé, y esto me lo pregunto, si la política ha estado a la altura de esa sociología, no lo sé. Ni estoy del todo seguro de si la política, la política profesional, ha sabido alimentar y vincularse con esa bonhomía de la diferencia, o si más bien lo que se ha hecho son discursos de exclusión. Digo que no lo sé, porque tampoco quiero hacer de analista político, pero no creo que todo esté al margen de las políticas que se han hecho, algunas de las cuales no han buscado exactamente la integración.

¿Hay un baremo que marque el índice de esperanza de que el País Vasco mejore en el futuro?

Esto sí que es una tarea de todos. A veces tengo la sensación de que se produce el chiste de los ocho millones de chinos: nos hemos perdido. Agarrados de la mano y nos hemos perdido. Un pueblo que tiene en sus manos su propio destino, lo que tiene que hacer es eliminar discursos de exclusión. Tanto los que formen Gobierno como la oposición tendrán que trabajar no para imponer sus puntos de vista, sino para incorporar los puntos de vista diferentes. A quien le corresponda gobernar, sólo lo podrá hacer bien si hace discursos de inclusión El gesto de construir ahora un Gobierno desde posiciones claramente diferentes es un buen mensaje si a la vez es un mensaje que integra a quienes no estén en el Gobierno.

Ésa es la cuadratura del círculo.

Esa cuadratura del círculo es la única solución. Al menos como horizonte, la única solución es que también los que no están en el Gobierno encuentren el espacio para el desarrollo de sus ideas o proyectos, y que éstos no sean eliminados.

Aparte de sus padres, ¿quién le enseñó? Como decía aquel poema de Ángel González, ¿qué hubo para que usted sea Ángel Gabilondo?

Yo tendría que recordar mucho el deporte. Pero el deporte concebido como juego, el juego en común, el jugarme algo con otros; yo creo que esto es algo que a veces no se puede ni explicar. Esto de saber ganar y de saber perder, pero para saber perder hay que saber ganar. Yo siempre he dicho que sólo juegas si quieres ganar; si no quieres ganar, estás haciendo como que juegas. Y, luego, saber ganar sin señalar a los derrotados: sólo son contrincantes. En la Universidad lo he dicho: no hay que hacer derrotados, no hay que proclamar las victorias. Porque creo que es malo ir dejando derrotados, incluso cuando te salen las cosas bien.

¿Y qué ha perdido usted?

No, yo no tengo mucha sensación de pérdida. Tengo más bien una sensación como de culpabilidad.

¿Por qué?

Igual es por la formación que haya podido tener; no sé si es una cosa judeo-cristiana, no sé, pero cuando estoy en cualquier sitio tengo que combatir la culpabilidad. Si me critican, siempre pienso que tienen bastante razón Esto es como mostrar los flancos de mi debilidad, pero también esos flancos representan mi fortaleza. Por eso cuando alguien me anima me estimula mucho. Encuentro fuerzas en las palabras de aliento de los demás, no soy nada indiferente a las palabras de ánimo de los otros.

Este discurso suyo respecto a los otros, al combate civil, etcétera, debe de resultar raro en un Consejo de Ministros

¡Yo procuro no dar esos discursos, je, je, je! Pero quiero pensar que la gente que está allí está por un compromiso de coraje público, y por sus convicciones. Es que a veces no se subraya que se tienen convicciones, creemos en cosas; los humanos creemos en cosas y luchamos por ellas y nos jugamos cosas por ellas A mí me gusta la altura de esos valores. Si el objetivo de la vida es tener un coche muy grande y comprarte una casa estupenda, eso a mí no me parece mal, pero depende de dónde pongas esos valores

¿Y qué valores son los que usted ve que se comparten en el Consejo de Ministros?

La defensa social y pública de la igualdad de oportunidades, y de la idea distributiva de la justicia con independencia de los carnés que cada uno tenga. Yo creo que esta idea del valor de lo público, de la equidad, son valores fundamentales, se defienden desde una determinada consideración de la libertad; espero que eso, unido a la cultura y a la educación, sean valores con una dimensión social, yo no diré la palabra socialista, propia de un Estado social y democrático de derecho.

Su colega Lledó también nos tradujo lo que dice Platón: A no ser que los filósofos reinen en las ciudades o que los que ahora se tienen por soberanos filosofen sincera y auténticamente, identificando sabiduría y poder político, y que se excluyan tantos políticos que no piensan más que en su propio interés y en el de sus amigos, no habrá tregua para los males de la ciudad.

Bueno, también hay que evitar el engreimiento de pensar bueno, por fin estoy yo aquí, y como soy filósofo, todo va a ir mejor. No soy sino un profesor de filosofía, por otra parte, y no voy de filósofo por la vida. También es verdad que fue medio regular la experiencia de los filósofos gobernando. Lo que sí quiero decir es algo que dijeron o Sócrates o Alcibíades: El que no se gobierna a sí mismo no podrá gobernar la ciudad. El que esté en un gobierno tiene que tener un espacio, un valor, una mirada universal sobre las cosas que esté más allá de sus propios intereses Algunos creían también que era un peligro que los filósofos estén gobernando, porque a lo mejor no tienen espíritu práctico. Siempre he dicho, cuando daba clases y era rector, que a pesar de que era catedrático de Metafísica salía agua por los grifos de la Autónoma.

Ahora llega usted al Gobierno en un momento en el que las palabras se dan de tortas. Ahora entraba yo en su ministerio y escuchaba abajo una conversación de dos personas en las que se mezclaban las palabras injusticia, corrupción, discriminación. Y he leído un artículo suyo reivindicando la ingenuidad Estamos rodeados, como decía Ángel Ganivet, de palabras redondas y palabras picudas. Un momento raro.

Sí. Pero no está mal que por eso convengamos en hacer valer el contenido de algunas palabras. Yo no sé muy bien lo que puede querer decir libertad, igualdad y fraternidad, que es una palabra revolucionaria. Pero hay que volver sobre su contenido. Y hay que lograr que algunas palabras no desaparezcan. Si alguna palabra se usa desajustada, se introduce alguna injusticia en el mundo. Somos seres de palabras, tenemos que cuidarlas, velar por ellas, compartirlas, darles contenido, vincularlas a nuestra forma de vivir. Por eso creo en la conversación, en la palabra que va creciendo, en el ir y venir de lo que dicen unos y otros.

¿Y vislumbra usted en este país al fin una conversación pacífica?

También nos creemos que el mundo se agota en el mundo de la política pública Hay muchos millones de personas conversando cada día y se juegan mucho con lo que dicen, y no tienen que ver con la política pública. Aquí el gran peligro es creer que el mundo se agota en la política profesional. También hay gente que se enamora y se declara y gente que se despide y gente que promete cosas. Lo que deseo es que no se abra un abismo entre ese mundo que vivimos y el mundo de la política profesional.

En un artículo que publicó en La Vanguardia, usted reivindicaba la ingenuidad en contra de los que piensan que son ingenuos los que van de buenos.

Yo puedo ir de bueno, pero que quede claro que yo no soy bueno. Pero creo que la bondad es un horizonte para la gente de bien, y a mí me gustaría serlo. Y no consideraría que eso fuera el fracaso de mi actividad pública. No acepto que para tener éxito profesional haya que ser mala gente, no acepto que para triunfar en la vida haya que ser mala persona, no lo acepto.

Dice usted que en este nuevo empeño se puede llevar arañazos y heridas profundas.

Sí, es lo más probable.

¿Y a qué le tiene más miedo?

A no estar a la altura. Estando a mi máximo nivel podría hacer algo, pero no estoy seguro de estar a la altura de lo que yo puedo llegar a hacer. Tengo miedo a rendirme, a que entre un poco en esa pereza que se parece mucho a la resignación, al aquí no hay nada que hacer, miedo a que te defraude el contexto en el que estás. Lo que me da miedo es este supuesto sentido común que se utiliza como coartada para rendirse.

Estamos en un buen lío, ¿no?

Sí, yo creo que estamos en un buen lío. Yo subrayo lo de buen; sé que tú subrayas lo de lío, pero yo subrayo lo de buen.

Una última pregunta, esta vez como ministro de Educación. A usted, sus padres lo pusieron a estudiar sin tener medios. Mucha gente no pudo estudiar, como un compañero suyo de Gabinete. ¿Qué siente cuando subrayan ese aspecto de la biografía de José Blanco?

Me parece indigno; yo creo que lo que hay que hacer es alabar el esfuerzo con el que se ha tenido que emplear para merecer con dignidad y competencia un cargo de tanta responsabilidad. Soy un gran defensor de la formación académica, pero hay muchos caminos para obtener formación. Conozco gente que ha ido a la Universidad que no es nada universitaria. Asumir responsabilidades, comprometerse desde muy joven, trabajar con otros, dedicar tanto tiempo a los demás, produce una formación extraordinaria. Así que no seamos indignos, ¿no?

SOFÍA MORO

La escuela del deporte

Ángel Gabilondo

es filósofo metafísico. Un hombre decente, pausado, reflexivo, que ha decidido no pasar de largo en el compromiso político. Nacido en San Sebastián, la arena de La Concha es uno de sus recuerdos mágicos. Eso y su aprendizaje en el fútbol. Lo que él llama el deporte concebido como juego.

Y hace más de cuarenta años se le podía ver así en San Sebastián. Ángel Gabilondo y su equipo de fútbol-playa del colegio de los Sagrados Corazones acababan de ganar un trofeo. Con él (a la derecha), vestidos de futbolistas, de izquierda a derecha, Javier Aranzabal y Luis Bengoa, que fueron futbolistas y ahora son, respectivamente, economista y funcionario de la Diputación Foral de Guipúzcoa. Detrás, en el centro, Iñaki Santillana, actual director general del Grupo Prisa.

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