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La pobreza de la familia de Lutero era un falso mito

Buena comida, vajilla importada y joyería, un tren de vida que mal se corresponde con la tradición piadosa que hace de Martín Lutero una suerte de asceta de humilde cuna. Para los historiadores y teólogos evangélicos era ya cosa indiscutida que Lutero no fue "hijo de un minero", como él afirmó, ni mucho menos su madre "recogía leña" en los bosques sajones, como quieren algunas leyendas. Ahora hay una demostración arqueológica. Exactamente 491 años después de que Lutero clavara sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg y diera así origen a la reforma protestante, el Museo Arqueológico de Halle expondrá cientos de objetos de la vida diaria del teólogo. Parte de ellos son el resultado de recientes excavaciones en tres residencias de Lutero. Se expondrán junto a otros objetos dispersos en diversos museos e iglesias, reunidos por primera vez.

Llevó Lutero, ya no cabe duda, la vida de un burgués. Las excavaciones de Mansfeld, donde creció en casa de su padre Hans Luder el futuro agustino, indican que disfrutaba de buenos ingresos y de una despensa bien provista. Miles de huesos de aves de corral, cochinillos y jamones, así como de pájaros silvestres, demuestran que no sólo gastaban allí en comida, sino que dedicaban tiempo a la caza, una afición costosa.

Las excavaciones han demostrado que la casa de Lutero en Mansfeld era un conjunto de edificios con un generoso terreno. Años más tarde, en la estupenda casa que compartió en Wittenberg con su esposa, la ex monja Catalina de Bora, y los seis hijos comunes, el monje excomulgado usaba vajillas de cristal y porcelana. El teólogo evangélico Martin Treu, autor del libro Lutero y el dinero, apunta que el bienestar era mérito de Catalina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de octubre de 2008