Columna
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La herencia económica

Las últimas medidas tomadas por la Administración de Bush para salvar a las finanzas determinarán la herencia económica que recibirá el nuevo presidente de EE UU. El patrimonio neocon (esa "categoría zombi", como recordaba en estas mismas páginas el filósofo Jorge Urdánoz citando a Ulrich Beck) en materia económica no puede ser más catastrófico para las cuentas públicas y ha cambiado las reglas del juego.

Pendientes de la letra pequeña de ese paquete de auxilio -que costará "centenares de miles de millones de dólares" según el secretario del Tesoro-, se puede elaborar un primer balance de la intervención gubernamental en el sector financiero, durante el último año.

Hasta ahora se han gastado más de 900.000 millones de dólares en ayudas concedidas por la Administración para refinanciar y dar garantías a las hipotecas con riesgo de impago, en tomar el control de la aseguradora AIG y de las agencias Fannie Mae y Freddie Mac, en liquidez a los bancos en forma de préstamos, en el crédito a Morgan Stanley para adquirir Bearn Stearn, etcétera.

Ya se han gastado 900.000 millones de dólares para dar garantías a hipotecas con riesgo de impago
Los asesores de Obama hablan de socorrer no sólo a Wall Street, sino también al ciudadano de a pie

La nueva agencia anticrisis que se quedará con las hipotecas tóxicas limpiando el balance de los bancos, el fondo de estabilización, etcétera, anunciados el pasado viernes, costarán al menos otros 700.000 millones de dólares. En definitiva, cerca de los 1,6 billones de dólares.

Aunque son cantidades heterogéneas (y en parte susceptibles de devolución), suponen alrededor del 15% del PIB americano, lo que tendrá enormes consecuencias en el déficit y en la deuda pública del país. Para más de una generación. El Congreso de EE UU, que tiene que elevar la capacidad de endeudamiento de la Administración, se enfrenta a un interesante dilema: aunque a corto plazo esos auxilios tengan efectos positivos en el sistema financiero privado, su contribución negativa a los desequilibrios macroeconómicos generales subordinará la política económica del sucesor de Bush.

Pero además de los grandes números, la política neocon ha cambiado las reglas del juego de la economía de mercado: su relato económico neoliberal ha ido acompañado de la mayor intervención pública conocida para salvar al capitalismo, desde los tiempos de Roosevelt y su new deal en los años treinta.

Todos los tópicos que denunciaban la hipocresía del discurso neocon se han hecho realidad al mismo tiempo: saneamiento público de las pérdidas privadas; privatización de beneficios y socialización de pérdidas... Y todo ello, de modo al parecer irremediable: "El riesgo de no actuar sería mucho mayor, más presión sobre nuestros mercados financieros causaría pérdidas de empleo masivas, devastaría las cuentas de ahorro de las pensiones, erosionaría más aún el valor de las casas y secaría la fuente de los préstamos para nuevas casas, coches y estudios. Son riesgos que los americanos no pueden permitirse" (Bush).

Cuentan los cronistas que la economía se ha hecho la dueña de la campaña electoral. En principio, parece que el infierno financiero desgasta más a McCain por su vinculación al mismo partido que el responsable final de la situación, por su ignorancia confesada en estos asuntos y porque su principal asesor económico hasta que fue despedido, el senador Gramm, es el que dio nombre a una ley de 1999 (la ley Gramm-Leach-Blieley) que rompía las fronteras entre la banca de inversión y la banca comercial, y daba alas a una zona de sombra para la primera, que es la que ha permitido el escándalo de las hipotecas subprime.

Obama aparece rodeado de un equipo de asesores que es el mismo que protagonizó la etapa más larga de prosperidad en la historia económica del país, coincidente con las dos legislaturas demócratas de Bill Clinton, y condiciona su apoyo al rescate a un plan de estímulo general, que define con mucha inteligencia: no socorrer sólo a Wall Street (las finanzas), sino también a Main Street (la economía del ciudadano de a pie).

Tres cuartos de siglo después de Roosevelt, el Estado vuelve a la economía y, paradojas de la historia, la realidad reconoce que Keynes tenía razón: para salvar a un país de una gran crisis económica se requiere del dinero público y de la política fiscal. Es decir, lo contrario de lo que han dicho Reagan y sus sucesores desde principios de los años ochenta. ¿Nos volverán a engañar?: lo intentarán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0021, 21 de septiembre de 2008.