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Reportaje:75 años de la Feria del Libro de Madrid

El triunfo de los 'escondidos'

Gonzalo Hidalgo Bayal culmina su nuevo libro, que le ha llevado 20 años - El narrador simboliza al autor de culto alejado de las camarillas literarias

Gonzalo Hidalgo Bayal tiene la extraña costumbre de contar sus novelas por palabras y no por páginas. Lo achaca a una manía que se le pegó después de leer unos escritos de Nabokov. "Además, luego, con el sistema Word se me quedó ya grabada". Pero es una explicación demasiado simple que esconde otra más real. Este novelista insólito y apartado de los círculos literarios (como Ramiro Pinilla o Antonio Pereira, otros escondidos), vive en Plasencia, donde enseña literatura en un instituto y donde rumia uno a uno cada vocablo como un orfebre antes de dejarlo escrito en el papel.

Lo demostró en Paradoja del interventor (Tusquets), una novela que según Rafael Conte era lo mejor que se había escrito en español en varios años. Vuelve a probarlo ahora con Campo de amapolas blancas: un largo relato que transporta al pozo de los sueños rotos.

Alternó sus clases en el instituto con las 600 páginas de 'El espíritu áspero'

"Quería ser director de cine como Godard pero era más cómoda la literatura"

La literatura para Gonzalo Hidalgo Bayal no es eso que se anuncia en televisión. Ni aquello por lo que se compite en 10 puestos al mejor postor. La literatura es una oración de mañanas largas, que uno reza en la sombra de una habitación silenciosa durante un día, un verano o 20 años, justo el tiempo que ha empleado este escritor encomendado a un mundo propio para terminar su más reciente novela: "Tiene 214.000 palabras". Unos 600 folios, para que lo vaya entendiendo su editor.

El espíritu áspero lleva por nombre. "Me gusta poner los títulos al final y jugar con palabras esdrújulas", asegura. Aunque no siempre le sale la combinación como prueban otras obras: El cerco oblicuo, Camino de Jotán, Amad a la dama... "No sé quién querrá publicarlo", comenta este hombre de 57 años sobre su nueva obra, todavía suspicaz ante la aceptación de su talento, pero al que sus seguidores y críticos más entregados ya han consagrado, aunque él no quiera enterarse. Porque la gloria literaria es una cosa que le queda lejana a Hidalgo Bayal en su irrenunciable plaza de Plasencia, donde sus alumnos ni siquiera son conscientes de que quien les enseña es una especie de Robinson literario venerado por muchos. "Algunos saben que escribo porque han descubierto por casualidad algún libro mío que tenía su madre, aunque prefiero que sea así. Me daría pudor que me leyeran".

Sus novelas aparecían en editoriales locales como Alba del Oeste. Sin embargo, amigos fanáticos de la buena prosa, como Luis Landero o Rafael Sánchez Ferlosio ya avisaban a las casas más potentes que ahí escondido palpitaba un novelista. Fueron ojeadores de lujo. Los dos autores son referentes para él. Pero en el caso del autor de El Jarama, coincide además su admiración por toda la generación que le acompaña: "Por Juan Benet, por García Hortelano, por Miguel Espinosa", comenta Hidalgo Bayal.

Pese a que finalmente se ha forjado como un escritor consistente, a este hombre le saltaron por los aires algunos sueños: "Yo quería ser director de cine, quería ser como Godard", comenta. "Pero supongo que era más cómoda la literatura. Soy perezoso y me gusta la tranquilidad". ¿Y el orden? "Antes era más disciplinado, ahora ya no".

El caso, para él, era contar historias. Historias de ese universo que rebautiza como Murania. Otro espejo para Plasencia, observado con los ojos de Bayal, en los que se cuelan destellos de Kafka y de Camus, de Proust y de Twain, aparte de los clásicos que repasa en sus cursos de literatura.

Algunos de sus protagonistas no tienen nombre. Pero mejor. Así el lector ahonda más en sus almas. En Campo de amapolas blancas descansa sobre todo la suya. "Sí, puede ser mi libro más autobiográfico", admite. Es un relato en el que cabe el tren de una generación, chicos que pelaban la pava soñando en su pueblo, salieron a encontrarse con el mundo y se perdieron. Unos regresaron, otros quedaron demasiado deslumbrados por el brillo de esas amapolas blancas. "En ese libro hay personas muy queridas para mí".

Ocurren muchas cosas, pero Hidalgo Bayal sigue persiguiendo otros retos obsesivos en su prosa: "Me gustaría escribir una novela en la que no ocurra nada, pero que obligue al lector a ser leída de forma compulsiva", dice. Desde su retiro tiene todo el tiempo del mundo para hacerlo. Es cuestión de que esculpa bien las palabras. Y para eso, tampoco le falta maña.

Los otros 'bartlebys' de la narrativa española

La senda del club que Enrique Vila Matas fundó con su libro Bartleby y compañía es larga. Existen escritores que la transitan sin descanso, ajenos a los focos, a las promociones, al gran espectáculo de la literatura. Con el único valor pujante de su obra y nada más. Centrados en la esencia, apartados de la espuma. Gonzalo Hidalgo Bayal es uno de ellos, escondido en Plasencia, donde enseña literatura en un instituto y escribe con calma. Pero también lo es Ramiro Pinilla, que, ajeno al mundo durante tres décadas -tras ganar el Nadal con Ciegas hormigas en 1960-, ha ido produciendo una inmensa obra. Sorprendió con su trilogía sobre el País Vasco, que título Verdes valles, colinas rojas, editada íntegramente por Tusquets y que le catapultó de nuevo con el Premio Nacional de Narrativa y el de la Crítica.

Otro caso más trágico fue el de Alberto Méndez. Un hombre que obró un milagro literario en Los girasoles ciegos (Anagrama), pero que no pudo disfrutar en vida ya que murió meses después de su publicación. Su único libro consiguió el Nacional de Narrativa, más de 20 ediciones que siguen en las mesas de las librerías y otro premio más: que Rafael Azcona convirtiera en guión de cine los cuatro deslumbrantes relatos sobre la Guerra Civil escritos por Méndez. José Luis Cuerda firma la película que está a punto de estrenarse.

Un nuevo bartleby, además de los citados, es el orensano José María Pérez Álvarez. Su libro, La soledad de las vocales, ha conseguido el Premio Bruguera. Pero fue el anterior, Nembrot, el que Juan Goytisolo destacó en The Times Literary Supplement como la mejor obra de narrativa española en 2003.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de junio de 2008

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