ArchivoEdición impresa

Portadas de El País Portadas a la carta »

Regala algo diferente, regala una portada

Acceso a suscriptores »

Accede a EL PAÍS y todos sus suplementos en formato PDF enriquecido

viernes, 26 de octubre de 2007
Reportaje:

Diario de una periodista perseguida

"Me siento secuestrada"

La camioneta Suburban blindada espera en el aeropuerto internacional de Cancún. Tres agentes federales -una mujer y dos hombres- me trasladan hasta un discreto restaurante del centro de la ciudad, donde espera Lydia Cacho (México DF, 1963). Los escoltas son el escudo protector de la periodista mexicana ante las temibles amenazas que recibe desde hace dos años. Hombres influyentes de la política y los negocios suspiran por acallar a esta mujer valiente, que se ha atrevido a denunciar una amplia red de pornografía infantil y lavado de dinero que compromete a destacados nombres de los círculos de poder. La cara más sórdida de Cancún, un polo turístico de referencia en México, ha salido a la luz gracias a Lydia Cacho. Su caso ha traspasado las fronteras de su país, y ha recibido el apoyo solidario de organizaciones de derechos humanos y de miles de intelectuales y artistas de todo el mundo.

Sus denuncias han sido silenciadas por los principales medios de comunicación

Edith fue la primera víctima en acusar al empresario libanés de violación desde los 13 años

"No han podido desaparecerme, pero han intentado destruirme públicamente"

En 2005 fue detenida sin orden judicial. La pesadilla duró 26 horas. Lydia temió por su vida

Decidieron darle un escarmiento: que fuera al pabellón de presas lesbianas para que la golpearan

No es habitual la imagen de una periodista rodeada de guardaespaldas, a pesar de los peligros que entraña esta profesión en muchos países. Ahí están los asesinatos del estadounidense Danny Pearl en Pakistán, cuando investigaba las redes de Al Qaeda, o de la reportera rusa Anna Politkovskaya, voz crítica con el presidente Vladímir Putin. Y las decenas de periodistas mexicanos muertos o desaparecidos sin mayor trascendencia para las autoridades y la opinión pública.

Lydia Cacho lleva tiempo en el ojo del huracán. Ha sido víctima de calumnias y amenazas, que se han traducido en demandas judiciales, una detención ilegal ordenada desde altas esferas y un atentado fallido. El fiscal antidrogas José Luis Santiago Vasconcelos reconoce que las amenazas van en serio y pide a la periodista que no baje la guardia. Ésta es su respuesta: "Siento mi vida secuestrada por este reconocimiento público. Emocionalmente, me siento secuestrada. Es tremendo ir por la vida con tres federales que están pegados a ti todo el tiempo, sin poder hacer una llamada telefónica sin que se enteren de lo que estás hablando, sin tener un solo espacio tuyo. Para quienes han elegido vivir con escolta, como los políticos o famosos, es distinto. Reconozco que con el tiempo he desarrollado algunas herramientas personales para soportar esta situación, pero me cuesta mucho".

La periodista vive un dilema tremendo. Estar permanentemente en los medios de comunicación es un tormento, pero cuando su nombre deja de estar en el candelero hay que preocuparse. Y esto es lo que ocurre actualmente. Las puertas se han cerrado en las más importantes cadenas de televisión y emisoras de radio y en los diarios de mayor difusión. Lydia Cacho fue invitada al programa Reporte 13, de TV Azteca, que dirige Ricardo Rocha. Se grabó, pero no se emitió jamás. Los responsables del canal adujeron que conocían la historia de la periodista y que no era conveniente hablar de ella. Lo mismo sucedió en el espacio Shalalá, de Sabina Berman y Katia d'Artigues, en la misma cadena. "Tenemos su expediente", dijeron los jefes. Igual suerte corrió la entrevista que le hizo Fernanda Familiar para el canal de TV de Radio Imagen. Asimismo, el periodista Sergio Sarmiento comprometió una entrevista con Cacho cuando su programa en TV Azteca cumplió 10 años. "Yo tenía mis dudas y se lo comenté a su asistente. Al día siguiente me llamó para decirme que no había disponible ningún estudio de grabación. Insólito. Nunca me volvieron a llamar".

En Televisa, la cadena líder en México, Lydia Cacho apenas existe, salvo para dos o tres periodistas. El veto adquirió tintes groseros en la transmisión de la entrega del Premio Nacional de Periodismo. Cacho formaba parte del jurado, pero su imagen fue la única que no se vio en ningún momento. Que no se hable del caso Lydia Cacho es un mal escenario, porque sus enemigos pueden sentir la tentación de actuar, amparados en la impunidad del olvido. Inmersa en esta contradicción irresoluble, Lydia ha decidido contar en voz alta toda su historia, desde el principio y en primera persona, en Memorias de una infamia (Random House Mondadori), que está a punto de ver la luz. "Escribo este libro para que no prevalezca, como es usual, la versión de los poderosos, de los que siempre ganan. No han podido desaparecerme, pero han intentado -y lo seguirán haciendo- destruirme públicamente", dice en la introducción.

El realizador mexicano Luis Mandoki, acostumbrado durante más de 10 años a las producciones de Hollywood como Atrapada, Mirada de ángel, Cuando un hombre ama a una mujer y Voces inocentes, ha decidido llevar al cine la historia de Lydia Cacho y está en conversaciones para involucrar en la producción a figuras como Jodie Foster y Angelina Jolie. El festival de documentales DOCS, que acaba de celebrarse en la Ciudad de México, proyectó Los demonios del edén, dirigido por Alejandra Islas y basado en el libro del mismo título que Cacho publicó en 2005 y desató el escándalo. Fue cuando los mexicanos se enteraron de la existencia de un tal Jean Succar Kuri, nacido en Líbano hace 63 años, que llegó a México de adolescente, presumiblemente de manera ilegal. De la mano de contactos influyentes -empresarios y políticos-, hizo buenos negocios como testaferro en Acapulco, y en el sector comercial y hotelero en Cancún.

Pero debajo del empresario de éxito se ocultaba una mentalidad perversa y endemoniada, con una debilidad por las niñas que acarician la pubertad. Es su otra cara, que extorsionaba sutilmente a hijas de gente conocida de Cancún, a las que ofrecía dinero a cambio de dejarse tocar y fotografiarse con él. "Muchos de los buenos amigos de Succar", escribe Lydia Cacho, "no saben que sus hijas, ya adultas y bien casadas, fueron víctimas del empresario libanés".

Durante más de dos décadas, Succar Kuri explotó sexualmente a casi un centenar de niños y niñas en la más absoluta impunidad. La Procuradoría General de la República (PGR) habló de una red de pornografía infantil relacionada con el crimen organizado. Pero las consideraciones de la fiscalía no preocupaban al pederasta, que presume de amistades poderosas, como José López Portillo, ex presidente de la República; Miguel Ángel Yunes, ex subsecretario de Seguridad Pública Federal, y Emilio Gamboa Patrón, actual jefe del grupo parlamentario del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Edith Encalada fue la primera víctima en denunciar su violación por parte del empresario libanés desde los 13 años, y la de su hermana y su prima, de ocho y nueve, respectivamente. En su declaración aseguró que Kuri contactaba con niñas de Estados Unidos que ofrecía a sus compinches Kamel Nacif, empresario textil de origen libanés; Alejandro Góngora, que fue delegado de Migración y del Seguro Social en Cancún, y Yunes. El nombre de Gamboa, como protector político del empresario libanés, también figuraba en la denuncia de la muchacha.

Con la ayuda de la Fiscalía del Estado de Quintana Roo, Edith tendió una trampa a Succar Kuri y grabó una conversación comprometedora que los dos mantuvieron en el jardín de un restaurante del centro de Cancún. Los agentes de la fiscalía habían instalado una cámara oculta y sembrado el lugar de micrófonos con el propósito de obtener pruebas contundentes contra el hotelero libanés. Mordió el anzuelo. "Al escuchar ciertas frases perdí el aliento, el ácido subió por mi esófago, la boca se me secó de inmediato", recuerda Lydia Cacho en el libro. "¿Cómo pudo sentarse a grabar a su verdugo con semejante arrojo?". La víctima y el agresor estaban frente a frente. Con toda parsimonia y sin sospechar nada, el hombre contó así una de sus hazañas repugnantes:

Succar: "Lesly fue a mi casa desde los 8 hasta los 12 años. Lesly se bañaba conmigo, estuvo conmigo mucho tiempo, dormía semanas enteras conmigo y jamás le hice nada".

Edith: "Pero la besabas y la tocabas".

Succar: "¡Te estoy diciendo que eso está permitido! Porque ése es el riesgo de ir a casa de un pinche viejo que está solo, es parte del riesgo; los papás nada más decían: 'Me cuida a mi hija, me cuida a mi hija'. Eso está permitido. Por ejemplo, yo le digo a Lesly: 'A mí tráeme una de cuatro años', y si ella me dice: 'Ya está cogida', y yo veo si ya está cogida, veo si le meto la verga o no. Tú lo sabes que esto es mi vicio, es mi pendejada, y sé que es un delito y está prohibido, pero esto es más fácil, pues una niña chiquita no tiene defensa, pues la convences rápido y te la coges. Esto lo he hecho toda mi vida, a veces ellas me ponen trampas, porque se quieren quedar conmigo, porque tengo fama de ser un buen padre".

El material grabado acabó en manos de la fiscalía, que lo presentó a la prensa como parte de la investigación de una red de pornografía infantil. El escándalo fue de órdago. El pederasta huyó antes de que el juez dictara la orden de captura, y las víctimas sufrieron el acoso de los medios de comunicación y las amenazas de los agresores. "¡Yo no soy a quien deben juzgar!", suplicó Edith en una conferencia de prensa en la que compareció con la cara tapada.

Las muchachas se refugiaron en el Centro Integral de Atención a la Mujer de Cancún (CIAM), fundado por Lydia Cacho hace seis años para acoger a víctimas de la violencia. Claudia Fronjosá, coordinadora del equipo de psicólogos del CIAM, recuerda que las víctimas llegaron con un gran sentimiento de culpabilidad. "Todo era muy perverso. Succar les decía: 'Tú vienes aquí porque te gusta, nadie te obliga, eres una putita...'. Ellas sentían vergüenza, culpa y miedo por las amenazas. Era una situación muy difícil para aquellas niñas que venían de familias desintegradas, sin una clara presencia del padre".

La psicóloga explica que Edith quería acabar con el infierno que vivía con el pederasta libanés. "En el CIAM le dimos muchas opciones para recuperarse y rehacer su vida". Lydia Cacho le consiguió trabajo en un informativo de televisión en la Ciudad de México. Corría 2003 y la chica tenía 21 años. Aparentemente, todo iba bien. Pero los abogados de Succar Kuri y Kamel Nacif pasaron a la ofensiva a base de amenazas y chantajes a las jóvenes y a sus familias. Edith cayó de nuevo en la red. Inesperadamente, dejó todo y desapareció. En mayo de 2005 concedió una entrevista a la televisión mexicana desde su nueva residencia en Los Ángeles, en la que defendió al pederasta y criticó a Lydia Cacho. Una tras otra, las jóvenes que estuvieron atrapadas en la red de pornografía infantil se retractaron de sus declaraciones, retiraron las demandas o, simplemente, desaparecieron. El poder de la corrupción hizo estragos.

Succar Kuri fue detenido en Arizona a petición de la Interpol y acabó siendo extraditado a México, donde lo tiene difícil para esquivar una dura condena. Está preso en el penal de alta seguridad Altiplano, en Toluca. Sus amigos en el mundo de los negocios sucios y la política prepararon la represalia. El 16 de diciembre de 2005, Lydia Cacho vivió la peor pesadilla de su vida. Duró 26 horas, pero dejó huellas difíciles de borrar. Por orden del gobernador del Estado de Puebla, Mario Marín, un dinosaurio del PRI, un grupo de diez policías poblanos detuvo sin orden judicial a la periodista frente a la sede del CIAM, en Cancún. La acción era a todas luces ilegal, ya que los agentes actuaban fuera de su jurisdicción. Además, ¿por qué una decena de policías para detener a una periodista, como si se tratara de la cabecilla de una banda de narcotraficantes?

La cosa no quedó ahí. La detenida fue secuestrada "legalmente" y trasladada en un convoy de tres vehículos a Puebla, en un viaje que duró 20 horas y recorrió 1.500 kilómetros repartidos entre cinco Estados de la República. "¿A qué hora me matarán?, ¿dónde tirarán mi cuerpo?", eran las preguntas que rondaban en la cabeza de Lydia. No le faltaban motivos. Los secuestradores convirtieron el viaje en una humillación y tortura psicológica interminables, con amenazas brutales, como colocar el cañón de una pistola en su boca. "Si toses, se dispara", gritaba el energúmeno. Llegó a dar por hecho que acabaría arrojada al mar al llegar a la ciudad de Champoton, en el Estado de Campeche.

La rápida respuesta de los colegas de la televisión, que difundieron la noticia de la detención cuando Lydia estaba de camino a Puebla, cambió los planes de los secuestradores, que recibieron la nueva orden por radio. "Es usted famosa. Ya salió en la tele". Estaba a salvo, pensó. El paso por el Reclusorio Oriente de Puebla fue la última etapa del calvario, en la que pretendieron encerrarla en una celda con las reclusas más violentas. La amenaza no se cumplió. La juez penal la interrogó a través de las rejas y en presencia de las cámaras de televisión. Tras la lectura de la acusación, la periodista no tenía ninguna duda de que Kamel Nacif y Succar Kuri estaban detrás del operativo policiaco.

No es habitual. El verdadero artífice de la detención ilegal de Lydia Cacho se descubrió semanas después cuando el diario La Jornada difundió las famosas conversaciones grabadas clandestinamente entre el gobernador de Puebla, Mario Marín, y su amigo Nacif, que le llama cariñosamente "mi gober precioso". Una expresión que se ha hecho famosa en México. El tono barriobajero del diálogo, las descalificaciones e insultos confirman que ambos decidieron dar un buen escarmiento a la periodista y quién sabe si pretendían llegar más lejos. Nacif expresó a uno de sus interlocutores, Hanna Juanito Naket, el deseo de que Lydia Cacho fuera al pabellón de presas lesbianas con el objetivo de que fuera golpeada y violada.

El "gober precioso" se convirtió en una de las figuras más desacreditadas de la política mexicana durante la campaña de las elecciones presidenciales de julio de 2006. La demanda de Lydia Cacho contra el caudillo de Puebla llegó hasta la Corte Suprema. Por primera vez, la acción de un particular contra un gobernador está en manos del más alto tribunal de México, que en un futuro próximo dictaminará si hay elementos para enjuiciar políticamente a Marín. Si así lo estima conveniente, el Congreso de la Nación tendrá que pronunciarse sobre la suspensión de la inmunidad del gobernador.

Lydia se daría por satisfecha con una votación afirmativa. "Tengo claro que no voy a sacrificar cuatro años de mi vida para un juicio penal contra Marín, porque no tengo dinero. He gastado casi tres millones de pesos (unos 260.000 dólares) desde que comenzaron los pleitos en gastos de abogados, billetes de avión, hoteles. Estoy hasta el cuello de deudas".

Los políticos, empresarios y nombres conocidos que están acusados de pertenecer a la red delictiva no son los únicos. Hay más. La periodista los conoce, pero de momento prefiere callar y no los menciona en su nuevo libro. "No quería que se convirtiera en la bala a utilizar por algunos políticos para atacarse y destruirse mutuamente. Me limité a contar lo que pasa. Explico que hay más vídeos en los que aparecen otros políticos. Le corresponde al Estado y a la PGR tomar cartas en el asunto. Ellos han visto los vídeos y tienen la lista de todos los involucrados. No soy policía".

La situación de los políticos denunciados por Lydia Cacho y que figuran en los sumarios de la fiscalía no invita al optimismo. Miguel Ángel Yunes, ex subsecretario de Seguridad Pública Federal, está al frente de la Seguridad Social en el Gobierno de Felipe Calderón. "Contra él pesan las acusaciones de la niñas y aparece en vídeos con menores. No tiene ninguna causa judicial abierta por este tema".

Emilio Gamboa Patrón, ex senador, es el líder del poderoso grupo parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados. No hay ninguna investigación ni proceso en su contra, a pesar de que aparece en una grabación con el gobernador Marín, en la que acuerdan una maniobra conjunta sobre la Ley del Juego. Abundan las acusaciones contra este político poderoso, especialmente por sus andanzas en Yucatán, su Estado natal.

Kamel Nacif, conocido en Puebla como el rey de la mezclilla, es, según Lydia Cacho, el capo di tutti capi. Pero no tiene abierto ningún proceso ante la justicia. "Es el empresario todopoderoso, que extorsiona a los gobernadores de Chiapas -'lo que tú quieras, papá', le dice éste-, Veracruz, Puebla y los antiguos caudillos de Quintana Roo y Guerrero, que negocia la entrega de un cheque con el obispo Chedraui, con el senador Gamboa...".

La periodista ha afrontado dos careos con Nacif, en los que éste profirió amenazas, ante la pasividad del juez. Lydia Cacho presentó una demanda penal contra el empresario por tentativa de violación en la cárcel, intento de homicidio en un atentado a su coche y por el contenido de las conversaciones telefónicas grabadas. La causa está paralizada. Es decir, no hay petición de pena por parte del fiscal, y a Nacif no le investiga nadie. Por el contrario, Lydia ha tenido que pasar por varias pruebas psicológicas por orden de la fiscalía. Incluso después del intento de atentado sufrido en mayo, cuando la camioneta en la que viajaba con sus escoltas perdió el control y el conductor tuvo que frenar en seco. Una llanta posterior estaba mal colocada porque había sido movida del eje y los tornillos estaban aflojados completamente. Los agentes federales confirmaron los peores temores. El propio fiscal antidrogas aconsejó a Lydia presentar la denuncia de inmediato. Varios meses después, la investigación estaba en punto cero cuando llegó una citación a la periodista para un examen psicológico. Se trataba de comprobar si se había inventado la historia del atentado, a pesar del testimonio de los escoltas.

Es una lucha desigual, de David contra Goliat. ¿En quién confiar después de tantos meses de lucha... "Instituciones, ninguna. Ni la PGR ni la Corte Suprema. El Congreso, menos. Y de los medios de comunicación, mejor no hablar". En medio de tanta soledad es difícil avizorar el final del túnel. "A veces sí lo veo, y cuando lo veo pienso que la única manera de parar todo esto sería que me mataran. Es decir, no está en mis manos. Otras veces pienso que llegará el día en que podré retomar mi vida. No sé qué realista es eso, no tengo ni idea".

Lydia Cacho. / Marcelo Salinas

Atención al cliente

Teléfono: 902 20 21 41

Nuestro horario de atención al cliente es de 9 a 14 los días laborables

Formulario de contacto »

Lo más visto en...

» Top 50


Webs de PRISA

cerrar ventana