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Reportaje:

Nosotros, los de entonces...

Un cuestionario repartido entre antiguos alumnos de un internado revela que la personalidad se forja en la adolescencia y señala los frutos de una educación espartana e instructiva

Una partitura de Vivaldi revolotea en el patio escolar, ahora sin niños. El padre Ramón espera este fin de semana a los 62 antiguos alumnos que se reencontrarán en el colegio San Francisco Javier para recordar viejas anécdotas del internado y de su vida en Fuente de Cantos (Badajoz). Eran aquellos niños que se despertaban con agua fría cada madrugada en la hilera de lavabos, los que prestaban la voz aflautada para el coro y formaban militarmente en el patio una imagen caleidoscópica de larguiruchos brazos y piernas repetidos. Los que penaron noches enteras con los brazos en cruz pecados incomprensibles. Las fotos sepia conservan la imagen de críos en procesión por las calles del pueblo, o alineados impacientes para recibir la ración que distribuía el fámulo de turno en el comedor. Los días de fiebre sin asistir a clase, empequeñecidos bajo las sábanas en una inmensa habitación sin tabiques con todas las camitas hechas. Y los pasos silenciosos por la noche, camino del cuarto de baño, quizá con algún amigo... Y las misas y el estudio y las cruzadas eucarísticas, y la familia, lejos.

"Con aquella selección de alumnos, España pudo haber tenido una generación de sabios"

Algunos hace más de 40 años que no se han vuelto a ver. ¿Cómo serán ahora?

Los cineastas, dicen ellos, tan siquiera se acercan a una idea precisa de la vida en aquellos colegios y en aquellos tiempos.

Algunos hace más de 40 años que no se han vuelto a ver. ¿Cómo serán ahora? ¿Será todavía el compañerito solidario, el religioso, el de la patada en el fútbol, el tímido, el brillante, el amanerado?

-Hola, hace 40 años que no escuchaba tu voz.

-¿Quién llama? ¿Quién es?

-Hace 40 años, responde el interlocutor al otro lado del teléfono.

-Ya, ya, pero ¿quién es, con quién estoy hablando?

-Soy Florencio.

-Tú tenías que ser, el mismo de siempre, con las mismas bromas, reconoce inmediatamente al amigo. También Florencio ha visto en las respuestas impacientes que buscan precisión al compañero de entonces.

¿No será que la personalidad que fueron amasando de los 10 a los 16 años es la que queda para siempre? Y, entonces, ¿cómo influyó el internado y la educación recibida allí en los hombres que son ahora?

La psicóloga evolutiva de la Universidad de Sevilla María José Lera lo afirma: "El carácter que se manifiesta en esos años que pasaron en el colegio, es el que se mantiene para siempre, con leves cambios, salvo que se altere por alguna circunstancia de calado ocurrida a lo largo de la vida".

Voluntariamente, la mitad de los antiguos alumnos que han asistido al encuentro en el colegio San Francisco Javier, han rellenado un cuestionario que ha ayudado a confeccionar esta psicóloga, más a modo de juego que de verdad estadística. Todos tienen ahora alrededor de 50 años y han recordado cómo se veían entonces y cómo se ven ahora. Un amigo de cada uno rellenó también el test para decir cómo recordaba a su compañero de entonces. Las conclusiones asombran a María José Lera. "Ya eran buenísimos y ahora parece que lo son más, porque son más sinceros. También un poco menos religiosos, pero, por lo demás, son tal cuál se recuerdan y los recuerdan sus amigos". Estudiosos, ordenados, disciplinados, solidarios. Está aquel que se autoacusaba para que su compañero no se quedara sin vacaciones, el que ayudaba con los estudios, el que repartía generosamente la comida, el que organizaba el coro y los que fueron abandonando las voces infantiles para ensayar las canciones de Juan y Junior cuando entre los jóvenes de ciudad ya triunfaban los Rolling...

Aquellos niños sacaban unas notas altísimas: si no llegaban al 10 se caían del cuadro de honor, y, por sus respuestas en el test, de adultos han logrado una alta realización profesional (hay médicos, arquitectos, químicos y muchos maestros), aunque baja un poco la satisfacción con su vida personal. "Pero, ojo", advierte la psicóloga, "hay que tener en cuenta que estamos hablando de una población muy seleccionada".

Efectivamente, aquellos niños eran escrupulosamente elegidos por los curas de cada pueblo entre las familias humildes que, de no ser así, no habrían podido dar estudios a sus hijos. Buscaban vocaciones y los mandaban para el internado con su maletita a cuestas. Lo mejor de cada casa: eran espabilados, aplicados, obedientes, muchos cantaban bien y no pocos eran preciosos e inocentes querubines, como ellos mismos se recuerdan. Una selección así la soñarían muchos maestros hoy día. Los colegios religiosos de aquella época la tuvieron. ¿Cómo se gestionó aquel increíble potencial? Porque con la selección eso no basta. Einstein vagó de un colegio a otro sin adaptarse hasta que dio con un modelo educativo que sacó lo mejor de sí mismo.

En España, tan alejada en aquellos años de la didáctica lengua de las mariposas, los niños no tenían quién alimentara en ellos altas expectativas profesionales, quién despertara sus vocaciones dormidas ni quién pusiera levadura a su creatividad. A juzgar por la muestra que ha proporcionado este test-juego en Fuente de Cantos, muchos de los críos tomaron como modelo para su realización profesional futura a quien tenían más cerca: el maestro. "¡Con aquella selección y la sobredosis de instrucción que recibieron, España podía haber tenido una generación de sabios!", opina la psicóloga.

A pesar de los castigos excesivamente duros que recibían -el padre Ramón cuenta orgulloso cómo aquellos rigores ensotanados que él mismo debió sufrir en su momento nada tienen que ver ya con la educación que hoy reciben en el mismo centro los niños, y ahora también las niñas- los adultos que hoy son, al menos los que asistieron al encuentro, recuerdan con generosidad los años allí vividos y cómo han podido trocar la disciplina militar en una alta capacidad para superar las adversidades.

Aquella educación espartana, más instructiva que constructiva, no logró, sin embargo, satisfacer las aspiraciones de la Iglesia, que veía curso tras curso, como sus ramilletes de seminaristas no querían lucir sotana. Cuando el bachillerato superior tocaba a su fin, la mayoría manifestaba su deseo de seguir estudiando y muy pocos saltaron a la Teología. A algunos les costó la expulsión del centro antes de acabar lo empezado. Las familias hicieron entonces un notable esfuerzo económico para que sus hijos completaran los estudios, pero algunos, sencillamente, volvieron al pueblo, donde les esperaban aquellos amigos que no pudieron cambiar el establo por unos cuartos de baño, austeros, pero cuartos de baños, al fin y al cabo. Por eso, en el encuentro que celebraron hace unos días en el colegio, todos rememoran lo boquiabiertos que se quedaban ante las modernas instalaciones que ya entonces tenía el centro: ¡campos de fútbol con porterías!

Aquellos niños, Pepe, Higinio, Florencio, Juan Antonio, que se ponían en pie como velas cuando entraba el cura-profesor al que, por su puesto, se dirigían reverencialmente de usted, viajaron a Fuente de Cantos para cerrar los recuerdos y algunas heridas y abrir una nueva relación que hoy viaja por Internet.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de septiembre de 2007