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Timo total

Una vez leí un libro de autoayuda y a punto estuve de hacerme ingresar de urgencia en un sanatorio psiquiátrico, presa de una salvaje depresión suicida. El libro era escalofriante, aunque no recuerdo absolutamente nada de él, salvo que estaba cebado como una bomba de hidrógeno de urgentes exhortaciones al éxito fulminante y a la felicidad sin fronteras. Mi reacción fue lógica. Aquí, me temo, hay un malentendido. El malentendido consiste en creer que los libros más saludables para el espíritu son los más positivos y edificantes; la verdad es exactamente la opuesta: los libros más saludables para el espíritu son los más negativos y disolventes, puesto que suscitan la energía que los niega y obligan a reaccionar furiosamente contra su fuerza nociva, con el resultado natural de que quien los lee no tiene más remedio que aferrarse a la realidad con una alegría fabulosa. Cioran lo ha dicho así: cuanto más veneno contiene un libro, más saludable es el efecto que produce, a condición de que se lea a contracorriente, que es como debería leerse cualquier libro. Así que no hay ningún pensador potente que no sea un escritor de libros de autoayuda, ni los libros de verdad son otra cosa que libros de autoayuda de los que han sido extirpados todos los deprimentes y repulsivos embustes, memeces y cursilerías que infectan los llamados libros de autoayuda.

¿Tonterías? No más de las habituales en esta columna. Tomemos a dos pesimistas verdaderamente venenosos: para no irnos muy lejos, tomemos a Thomas Bernhardt; para no abandonar a Cioran, tomemos a Cioran. Se trata de dos de los escritores más saludables, antidepresivos, vitamínicos y proveedores de alegría que pueda imaginarse. ¿Qué dicen Bernhardt y Cioran? La verdad. Es decir: más o menos lo mismo que dicen casi todos los sabios que en el mundo han sido. Es decir: pura autoayuda. ¿La felicidad? Un timo. ¿El éxito? Un timo tremendo. ¿El amor, la amistad? Un timo total. ¿La virtud? Dios santo, menudo timo. ¿La historia? Un timo monstruoso. ¿El Estado? El timo más monstruoso que existe. ¿Los hombres? Un hatajo de malhechores, mentirosos, cobardes y perdedores natos. Ahí lo tienen: más bajo no se puede caer. Y, como ya no se puede caer más bajo porque la verdad convierte en simplemente grotesca cualquier noción de éxito o de felicidad, todo lo que se nos conceda de añadidura se vuelve una fuente enorme de contento, de alegría y de gratitud por lo real. Así que, si todo el mundo leyera como es debido a Bernhardt y a Cioran, el mundo sería un lugar luminoso y habitable; sobra decir que también nos ahorraríamos innumerables catástrofes. ¿O acaso creen que, si hubiera leído como es debido a Bernhardt y a Cioran, Cho Seung-Hui –que según todos los indicios no era más que un buen chico con problemas– hubiera liquidado a tiros a 32 personas en la Universidad de Virginia? ¿Acaso creen que, si hubiera sabido la verdad de las cosas, Zachery Bowen, el joven heroico que simbolizó en Nueva Orleans la resistencia al desastre del Katrina, hubiera poco después estrangulado a su novia, Adriane Hall, y a continuación le hubiera cortado la cabeza, la hubiera metido en una olla, hubiera cortado su cuerpo en pedazos, lo hubiera metido en la nevera, lo hubiera sazonado y luego se hubiera ido de farra con sus amigos? ¿Acaso creen que Gregorio Ramos, quien según absolutamente todo el mundo era una persona llena de bondad que cuidaba a toda su familia en El Real de San Vicente, hubiera asesinado a hachazos, en unas pocas horas de lucidez o de locura, a su madre, a su mujer y a su hijo y hubiera intentado hacer lo mismo con sus dos hijas? En absoluto: los tres hubieran olvidado hace tiempo cualquier sueño absurdo de éxito y felicidad y hubieran vivido como ciudadanos sabios, alegres y ejemplares, sabiendo que todo es un timo total, y ellos, unos perdedores natos, como todos.

Cuenta Cioran que en la antigua China, las mujeres, cuando eran presa de la cólera o la pena, subían en tarimas levantadas a propósito en las calles y daban rienda suelta allí a su furor o sus lamentos. Llegan las elecciones municipales. No propondré a los futuros alcaldes que obliguen a sus administrados a que lean a Bernhard y a Cioran; me limito a rogarles que imiten a los gobernantes de la antigua China. Se ganarán la inquina de los curas y los psicoanalistas, que perderán su clientela, pero también se ganarán la gratitud de sus conciudadanos, que vivirán tan contentos y saludables como vivieron Bernhardt y Cioran después de haber dado rienda suelta sin parar en sus libros a su furor y sus lamentos. Me estoy viendo: presa de la cólera y la pena, observado por un puñado de conciudadanos apenados y coléricos, subo a la tarima. Me estoy oyendo: ¿la felicidad? Un timo. ¿El éxito? Un timo tremendo. ¿La virtud? Un timo total. Me estoy oyendo: soy un malhechor, un mentiroso, un cobarde, un perdedor nato. Me estoy oyendo: soy un padre pésimo, un marido pésimo, un hijo pésimo, un amigo pésimo, un escritor pésimo que acaba de tirar a la papelera un libro pésimo. Mientras me oigo, noto que la cólera y la pena se disuelven, y oigo los aplausos de la muchedumbre que se ha agolpado frente a la tarima y que, mientras yo hago reverencias y lanzo besos volados a diestra y siniestra, eufórico, se abalanza hacia la tarima para seguir mi ejemplo.

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