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Favores recíprocos

A la vista de los acontecimientos posteriores, la reunión de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno español, y Romano Prodi, presidente del Gobierno italiano, el pasado 2 de febrero en Ibiza parece haber configurado, según algunos analistas, una amplia alianza entre los intereses industriales y financieros de las empresas de ambos países. Enel, el grupo eléctrico italiano, acudió a invertir en Endesa y ha acabado por resolver la guerra interminable entre el Gobierno español, por un lado, y los directivos de Endesa y el grupo alemán E.ON, por otro. Ahora, Telefónica, que es una de las primeras empresas mundiales de telefonía por rentabilidad, acaba de dar un paso estratégico crucial al decidir la compra del 42% de la sociedad Telco, el holding que controla Telecom Italia, el grupo dominante en ese país y en varios suramericanos.

Las operaciones de Endesa y Telecom son simétricas: los accionistas españoles mantendrán el control accionarial en Endesa, y los accionistas italianos, en Telecom. Aparentemente, es el espejo Rodríguez Zapatero-Prodi. Cualquier malpensado diría que "favor con favor se paga". Pero el paso previo es confirmar si efectivamente existe una alianza efectiva de intereses políticos y económicos entre España e Italia y, en caso de que existiera, cuál es su verdadero recorrido. Seguro que Telefónica puede argüir muchas razones para explicar, en términos estrictos de rentabilidad económica e industrial, la operación en Telecom; y que Enel puede explicar punto por punto los motivos de rentabilidad de su inversión en Endesa. Más que un pacto económico mediterráneo de amplio alcance, el cruce de intervenciones recíprocas hispano-italianas -falta por conocer el destino final de la fusión Abertis-Autostrade, obstaculizada por el Gobierno italiano- se debe interpretar como el desbloqueo coyuntural de operaciones de gran alcance que alivian la presión política sobre los Gobiernos español e italiano.

El que exista una alianza estratégica duradera debe demostrarse con razones más poderosas que la gestión de dos compras de empresas. Y, si existe, ello exigiría de los Gobiernos una explicación política concreta. Mientras eso ocurre, el hipotético pacto puede entenderse como una etiqueta oportuna para nombrar dos operaciones que, por casualidad o no, han acabado por convertirse en favores recíprocos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 05 de mayo de 2007.

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