El ejercicio de la política

¿Qué vamos a hacer?

-¡Y yo qué sé!

Él arranca el coche y ninguno de los dos vuelve a pronunciar una palabra hasta que la noche de la capital empieza a perfilarse en el horizonte como una infección benigna y luminosa.

-Estoy pensando...

-Pues yo creo...

-¿Qué?

-No. Dilo tú primero.

A esas alturas, los dos saben que van a aceptar. Lo han adivinado a la vez, y desde el mismo instante en el que escucharon la propuesta. Esto es lo que nos faltaba, pensó él, es justo lo que nos falta, se dijo ella, y sin embargo entonces ya lo sabían. Porque están muy ocupados, sí, y trabajan los dos, y trabajan mucho, pero les sobran aficiones, proyectos, ganas de hacer cosas, de descansar y de divertirse, en el poco tiempo libre de que disponen. Si se embarcan en esto, ya no va a ser poco, va a ser poquísimo, casi nada. Pero frente a los inconvenientes, a las razones en contra, se alza la barrera de lo que ellos mismos son y de lo que les gustaría que fuera el mundo. Frente a las aficiones, los proyectos, el descanso perpetuamente aplazado, se elevan palabras nobles y antiguas, que se dirían en desuso. Responsabilidad. Generosidad. Conciencia.

Su dilema es muy sencillo, porque se puede contar en media docena de frases. Hace muchos años que compraron una casa en un pueblo de Guadalajara, bonito, tranquilo y muy pequeño, porque su población no llega a los quinientos habitantes. En todo este tiempo, sin dejar de vivir en Madrid durante los días laborables, se han hecho de allí, amigos y vecinos de buena parte de sus habitantes. Se sienten tan vinculados al pueblo, que ni siquiera las cacicadas de un alcalde tan maniobrero como presuntamente independiente ?¿independiente de qué?, se preguntan todos? han logrado amargarles la vida. Y ahora, de buenas a primeras, sin necesidad ni presión demográfica alguna, el Ayuntamiento ha conseguido aprobar un nuevo plan urbanístico para construir 3.000 viviendas. Nada más y nada menos que 3.000 viviendas. Una cifra que sextuplica con creces el número de personas que viven y veranean allí, un disparate tan increíble como cierto.

Por eso ninguno de los dos se atreve a hablar. Porque uno de sus amigos, una persona decente, les ha convocado esta tarde a una reunión de urgencia, casi de desesperación, para llamarles a resistir. Lo del plan urbanístico ya no tiene remedio, pero si se deja en manos de sus inspiradores, el resultado puede ser tan catastrófico que podría llegar a destrozar y, lo que es aún peor, a desnaturalizar el pueblo para siempre. Hay que pararles, ha sido la conclusión de los reunidos, no podemos consentirlo.

En eso, ellos han estado de acuerdo, pero el remedio ya es otra cosa. Este problema sólo tiene una solución, que es ganar las elecciones municipales. Para lograrlo, su amigo, líder local del partido de izquierda que representa la única oposición al actual alcalde, les ha dicho que está dispuesto a abrir su lista tanto como haga falta, y no sólo ha invitado a los dos a participar como independientes junto con otros vecinos sin carné alguno, sino que le ha ofrecido a él, precisamente a él, la concejalía de Urbanismo. Los dos sabían que estaban tratando con una persona honrada, pero la oferta les ha conmovido. No están los tiempos para menos.

-Yo creo que deberíamos aceptar. Ya sé que es una locura, que no vamos a dar abasto, que...

-No, no. Yo estoy de acuerdo contigo. No nos queda más remedio que aceptar.

Entonces se miran, se sonríen, ella propone que vayan al cine si llegan a la última sesión, él cita los títulos de un par de películas que les gustaría ver, y vuelven a mirarse, a sonreírse, y estallan en una sola carcajada, señor concejal, señora concejala? Él es médico; ella, enfermera, y desde luego esto es lo único que les faltaba, pero, frente a esa certeza, aún disponen, siempre dispondrán, de argumentos de sobra. Responsabilidad. Generosidad. Conciencia. Y sobre todo, política, en el sentido más noble y más antiguo de la palabra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 28 de febrero de 2007.

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