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El pueblo más feliz

En 1940 desembarcó en la isla de Tanna, en el archipiélago de Vanuatu, en el océano Pacífico, un soldado norteamericano. Se llamaba John. Los habitantes de este paradisiaco y remoto lugar le eligieron como su dios. Todavía esperan su regreso. Ésta es la increíble historia de un pueblo encallado en el tiempo

El jefe Fred con las banderas de su región.
El jefe Fred con las banderas de su región. CASTRO PRIETO

Esta es una historia del Pacífico. Trata de la nostalgia. De la lejanía multicolor, de un entorno nunca visto hacia donde el hombre lanza su mano. Un hombre como el jefe Isaac Lastuan.

La historia comienza en la isla de Tanna, en el océano Pacífico, en un tiempo en el que aún nada se sabía del extranjero. Cada día se parecía al otro, y cada día era bueno. La jungla no dejaba pasar la luz a su mundo. Siempre verde, siempre oscuro. Entonces se levantó la tierra, el volcán Yasur perforó el denso manto de vegetación y escupió claros en el bosque. Se hizo la luz. De día, los hombres frotaban hierbas afrodisiacas en las piedras sagradas, pescaban enormes percas y snappers, y se quedaban semidormidos al anochecer con una bebida llamada kava. Las mujeres cocinaban y eran entregadas en matrimonio, con el permiso de sus maridos, a las aldeas vecinas. Los días de verano llegaban y los días de verano se iban.

Entonces llegó James Cook. En el año 1774 echó el ancla del Resolution al este de Tanna. Luego llegaron los misioneros, los presbiterianos, los católicos, la escuela y la obligación de asistir a la iglesia. La kava, el baile y la poligamia tuvieron que ceder y las piedras sagradas terminaron en escombros. Tiempo de cambios. A partir de entonces, el grupo de islas pasaría a llamarse Nuevas Hébridas. Doble administración colonial: Gran Bretaña y Francia. Quien cometía adulterio podía escoger la nacionalidad de su cárcel. Generalmente se elegía aquella con la mejor comida.

Después llegó John a la bahía de Azufre. El mismo año en el que nació el jefe Isaac Lastuan, el último de seis hermanos. Corría el año 1940. El entorno no sería muy diferente al de hoy. Un poblado sobre cenizas a los pies del volcán Yasur en un claro conseguido a machetazos en medio del bosque. A los lados se apoyan ficus de Bengala, una ancha protección para la jungla. Caminos bien arados y jardines con plantas ornamentales cuidadosamente podadas, caminos negros, chozas, cerdos y pollos. Una sencillez cuidada.

Hace calor. Las mariposas aletean sobre los que están adormilados. En una choza algo apartada está Isaac. Sobre su rostro se posa la sombra perfilada de la persiana, hecha a partir de hojas desgajadas de bananos. Pintura de guerra. Un espíritu enfadado. Tan firme como una pared. Así se lo imagina uno: un torso grande, la voz grave. Pero Isaac es pequeño, y lleva los hombros un poco levantados y los brazos ligeramente balanceados.

"Un cigarrillo", ordena, y hace un gesto despectivo. "Antes toda la isla me obedecía". Ahora es un hombre viejo al que ni siquiera le siguen las piernas. Con los ojos muy abiertos apura lo que queda de la colilla. "Yo", carraspea Isaac, "yo soy el líder del movimiento John-Frum. John lo dijo".

¿Quién era John? Los antropólogos dicen que era un soldado americano que llegó a la isla hacia 1940. En todas partes del Pacífico desembarcaron americanos con sus barcos y construyeron bases militares para detener el avance de los japoneses. Quizá fue algún habitante de Tanna quien le dio el nombre de "John from America", cuando en realidad se llamaba John Frum. Les parecía algo divino poseer cosas tan extrañas como camionetas, neveras, conservas de carne o secadores de pelo. No cazaba, no cosechaba. La propiedad sin trabajo. Este arte debía de venirle de América, donde habría estado de visita, porque de lo negro que era sólo podía ser oriundo de Tanna.

Quizá fuese un colaborador de la Cruz Roja del mismo nombre que repartía medicamentos entre los habitantes de Tanna. La medicina que curaba. Otra teoría era, según la opinión de algunos historiadores, que aquel hombre misterioso ni siquiera se llamaba John, sino que hablaba de uno, de un tal John Brown, y su lucha contra la esclavitud en la América del siglo XIX. O fue un renegado de los bautistas de St. John que despotricaba contra el yugo de los misioneros. Quien quiera que fuese, era una promesa. O le convirtieron en una. Los jefes de culto eran, como en tiempos de Jesús, los profetas que proclamaban y mitificaban a desconocidos como seres sobrenaturales.

"Primero vi una sombra que flotaba sobre la lava", dice Isaac, y rastrilla el suelo. "Oí un ruido, miré hacia arriba y vi un ave extraña que hacía mucho ruido. Mi madre vino corriendo y me empujó hacia el arbusto. 'Se llama aeronave y lucha', me susurraba. Y me contaba más. Me contaba de ballenas de humo con agallas de acero que se abrían y de las que salían hombres. Hombres blancos y negros uniformados. De los camiones que bajaban por la rampa. Isaac ya los conocía. Cuando pasaban, él respiraba hondo. También los dioses huelen mal, pensó. La madre tiraba de Isaac de vuelta al claro, donde los vigilantes ya les reclamaban. El pueblo entero del que provenía el revolucionario tenía, como castigo, que crear claros en medio de la selva. El revolucionario era el padre de Isaac, que predicaba el mensaje de un señor que quería acabar con los colonizadores y misioneros. John, el rey de Tanna y de América.

"Un espíritu, naturalmente. ¿Cómo podríamos creer en un hombre?", maldice Isaac con su puño. Parece que está acostumbrado a las objecciones de los demás porque sólo formula réplicas. Hay que animarle con un gesto de cabeza para que siga. "Primero se le apareció a mi padre, Nikiau Animolly. Llegó sigilosamente, era blanco y puro, y se deslizaba entre los árboles. De estatura grande, llevaba traje, auriculares y un bastón que alumbraba como una linterna. John era de América, pero sólo hablaba el dialecto de Tanna. Mestizo, negro y blanco. Desapareció en el año 1945 con los americanos, pero no sin haber dejado su testamento a mi padre".

¿Y qué dijo John? "Pues pregúntale", gruñe Isaac. De un golpe aparta el helecho y nos lleva a un pequeño lugar donde la tierra es negra, compacta. Hay hombres formando un círculo. Es una misa sagrada en honor a John, la comunión con kava. Las velas todavía tienen llama. La brisa nocturna las apaga. Se hace el silencio. Los hombres juntan sus cabezas y susurran nombres. Unas sombras se levantan y se acercan a la barra. Un sorbo de sabor amargo, como a madera. Algo como si fuese algodón amortigua los sentidos. "Tienes que escuchar la kava".

La kava gotea, golpea, chisporrotea. Isaac cierra los ojos. Después de un rato vuelve en sí. ¿Qué ha dicho? "Lo que ya le dijo a mi padre: haced custom, luego vendrá el cargo".

Custom. Eso son las costumbres de los habitantes de Tanna. Kava, baile y canto. Los viejos ritos. Pero también las tradicionales estructuras sociales: el autoabastecimiento con las huertas, la jerarquía de los hombres, la poligamia. Todo lo que los misioneros habían prohibido. El lema de John: "Bebed kava, recordad vuestras raíces. Boicotead las iglesias, no enviéis a vuestros hijos a la escuela, no trabajéis en las plantaciones. Liberaos de las ataduras de los poderes coloniales. ¡Tanna, para los habitantes de Tanna! Oíd las palabras de nuestro espíritu santo John, también llamado Broom. Fuera la basura blanca. Echad a los misioneros, honrad el custom.

Con estas consignas, el profeta Nikiau hizo que el pueblo cayera en la locura. Era lo que todos querían escuchar. Si hubieran cuidado las costumbres, entonces John habría regresado. Y con él también América, pero sólo para descargar sus bienes. Las barcazas crujirían en la orilla. Las escotillas se abrirían sacando todo lo deseado.

Originalmente, cargo significaba carga de barco, después también carga de avión. En un sentido más amplio, dinero, prosperidad, nuevos puertos y astilleros; el boom John, de alguna manera. El nivel de vida americano era bienvenido. Su democracia e igualdad, sin embargo, debían quedarse fuera. Nikiau quería una Tanna espiritual como en los viejos tiempos, cuando aún no había misioneros: jerarquías y el dictado del custom, una sociedad masculina al más puro estilo. El boom de Broom. Consumir como los americanos, vivir como los habitantes de Tanna. Demasiado bonito, como suelen ser los paraísos. Lo más extraño: lo uno debe ser condición de lo otro. Para hacerse rico, así era el mensaje, no hay que trabajar, sino dedicarse a la pereza del custom: bailar, beber kava y cantar.

Una lógica poco lógica: la tradición conlleva la modernidad. No vayáis a la escuela ni al trabajo; bailad y festejad, y todo irá bien. Los profetas tenían un John que cumplía lo que en realidad no va de la mano: el envío de neveras y la conservación de las costumbres. Que un mesías una lo futuro y lo pasado recuerda al cristianismo. Los profetas de John incluso adoptaron los mensajes de los misioneros, dándoles un sentido nuevo, anticlerical. Lo que los presbiterianos predicaban se volvió en su propia contra: como aquello que hablaba de un hombre que liberaba a su pueblo de la esclavitud. John, Moisés de Tanna.

También los americanos se reconocieron en sus palabras. Les gustó eso de la adoración a John, pero querían que se entendiese su american dream de otra manera: los habitantes de Tanna pensaban que el lavaplatos podía conseguir todo aquello que ellos deseasen con fuerza. Con lo que los europeos aún trabajan, los americanos ya soñaban. El profeta Nikian utilizaba los puertos y las pistas de aterrizaje como cebo para el cargo: el único custom de los americanos que quería ver en Tanna. Mandó construir en la costa portones para barcos, portones de bambú con barreras levadizas que un maestro portuario dejaba caer cada vez que un carguero aparecía en el horizonte, seducido por el canto de las sirenas. Nikiau tallaba aviones en las cortezas y creaba pistas de aterrizaje, dibujándolas sobre la ceniza volcánica. Talaba arbustos en hileras, colocaba cabezas de pájaro como señales luminosas. Sólo faltaba alguien con auriculares de coco murmurando desde la torre de bambú: "Charly, Foxtrot, Delta. You have landing clearance".

También en otros sitios estaban dispuestos a dar. Los habitantes de un grupo de islas de Papua-Nueva Guinea recolectaron 1.000 dólares en los años sesenta para que su líder no tuviera más excusas para fletar un barco. Su nombre: Lyndon B. Johnson. Y en Yaohanen, al suroeste de Tanna, el jefe Jack ofreció su guerrero más valiente al palacio de Buckingham para que la reina Isabel II dejase marchar a su marido. El príncipe Felipe, dice el jefe Jack, le escribe a día de hoy con regularidad: que vendrá pronto, pero que todavía tiene que ponerse de acuerdo con su mujer sobre la fecha. El jefe Jack lo tiene todo preparado: una choza y un namba, la tradicional aljaba del pene, y un puñado de mujeres a su disposición. "La elección la tendrá que tomar él solo".

La nostalgia por todo lo que carecemos. Ellos dicen John. Nosotros decimos el Pacífico. O Jesús. O Buda. Nos reímos de su ingenuidad: se construyen pistas de aterrizaje, ergo llegan los aviones. Nos conmueve esa lógica inversa. Va bien con nuestro concepto del salvaje ingenuo: el que nada sabe es feliz. ¿Somos nosotros más inteligentes? ¿Qué pasa con esa herencia inesperada? ¿Qué pasa con el destino? El éxito sin lucha. Hay que esperar.

El jefe Isaac Lastuan hace un repaso de su vida: chozas hechas con arbustos sobre una tierra negra. Un poco de chapa ondulada y un teléfono. Nada más. Se alisa la barba. Está gris. Su padre pasó 17 años en la cárcel por rebelde. La administración colonial le encerró junto con su bandera. La consiguió de un oficial de la marina americana por haber movilizado a 1.000 habitantes de Tanna para descargar herramientas de guerra de su fragata.

Si hay que recordar a Isaac, entonces que sea así: un hombre con un uniforme demasiado grande, de pie junto al mástil, contemplando su bandera. Aunque en realidad no la mira. Clava los ojos en la distancia. Un rato más y las nubes se quedarán quietas. Si hay que recordar a Isaac, que sea por el nombre de su bandera: barras y estrellas.

El viento levanta la ceniza. Se frota los ojos. ¿Es que no la ha izado siempre? Siempre ha honrado el custom americano: hombres con fusiles de madera marchando por el pueblo, vestidos con vaqueros y tres grandes letras en el pecho: "USA". ¿Acaso no ha cantado canciones y practicado las viejas costumbres de Tanna? "Estad preparados que vuelvo con cargo", dicen que dijo John. "No os digo cuándo, pero vendré".

"Para esto", dice Isaac. "He trabajado duro para esto: custom, custom". Mira a su alrededor. La lluvia ha lavado los campos, se ha llevado lo gris. Las raíces desnudas se agarran a la ceniza. Lo que no aguanta, será que no debe permanecer. "Ahora, Lamakara es una aldea negra. En 1975 todavía éramos blancos, porque las leyes europeas estaban aún en nuestra cabeza. ¿Qué tipo de ley es esa que permite que un hijo lleve a su padre ante el juzgado?". Con el dedo índice golpea la palma de su mano, indicando cómo había limpiado punto por punto la aldea del white trash, de la basura blanca: "Conmigo no puede haber divorcios. Lo que custom juntó, nadie lo debe separar. Conmigo nadie trabaja para extranjeros. Nosotros mismos plantamos nuestras huertas".

Los viernes hay fiesta en la casa de reuniones. Noche de guitarras, canciones y la liturgia de John. En un rincón, los hombres; en el otro, las mujeres. Isaac baila hasta las doce y luego se acuesta. ¿Cine? "Eso lleva a una dirección equivocada. Mujeres y hombres que se besan, ¿acaso no tienen casa?", y señala con el dedo a una mujer que amasa tortillas de coco. "Nuestras mujeres cocinan y hablan sobre cocina. Vuestras mujeres se interponen en el camino de los hombres". Autodisciplina y obediencia. ¿Sirvió de algo? "John nunca me decepcionó", dice Isaac. "¿Acaso es culpa suya que los americanos olvidaran sus obligaciones?".

Isaac todavía les da una oportunidad. Las pistas de aterrizaje en la selva están cerradas, pero el mar sigue abierto. Donde ya desembarcó Cook -que no se convirtió en James-Frum porque tras él no fueron ni misioneros, ni mercancías-, en aquella bahía que lleva el nombre de su barco Resolution, aguarda Ronnie Thomas.

Está sentado sobre una boya, no lejos de la playa. Es un espía del horizonte, el portero de Tanna. También el primer John-Frum que pudo ir a la escuela para aprender Oxford english. Por si a John se le olvidaba el idioma de sus súbditos después de tanto tiempo de ausencia, quizá incluso sus modales, un hombre fino y educado debía facilitarle la tarea de recordarlos de nuevo. Pronuncia con mucho esmero, muy acentuado. Una palabra corta como old recorre en él toda la escala (ooouuuld). Acompañado de un vibrato suave, aunque eso también puede ser por la vejez.

Ronnie viste chancletas y pantalones vaqueros cortos. Está a cargo del portón de los barcos. Hoy ya no viene ninguno. Siempre, cuando se acerca un barco, sale al mar en una canoa. ¿De dónde venís y por qué? ¿Quiénes sois? A veces la gente de los veleros se enfada, pero él se defiende, gesticulando: "¿Qué culpa tengo yo de que mi abuelo me encomendara esta tarea?".

Quizá sólo vienen porque se construyó el club marítimo. Fue en 1992. Las profecías aún no se habían cumplido, no había astillero ni puerto. Al este de Tanna, los más de mil seguidores de John aguardaban el centro marítimo prometido. Ahora por lo menos hay una habitación refrigerada para el pescado debajo de una cruz roja, el símbolo del movimiento John-Frum. Rojo, porque el padre de Isaac llevaba una chaqueta de la Cruz Roja; rojo, porque Jesús derramó su sangre; rojo, por el otro hermano de John que vendrá si somos obedientes a nuestro custom: Papá Noel.

¿Tiene que nevar para que venga a Tanna? "Sería bonito", dice Ronnie. "Si George W. Bush diera un primer paso por John… Entre 2005 y 2010 es para nosotros un periodo decisivo. Si nada cambia, entonces John habrá sido una mentira". En julio de 2003 llegó un cargo. Un inglés chocó su yate contra una roca, en el Cook Point. Ronnie le salvó, y en agradecimiento recibió una lavadora y un aparato de aire acondicionado. Las dos cosas están delante de su choza. ¿Pero para qué, si no tiene electricidad?

Un turista americano abrumado por el desfile de banderas invitó a Isaac a Estados Unidos en 1995. Isaac visitó astilleros y bases militares. Fue a la Casa Blanca, se sentó con un asistente de Bill Clinton y le explicó su visión del mundo. Al final resumió todo en "los cristianos y los budistas tienen dinero; John también es una religión, así que también nosotros debemos tener dinero". Estas tres frases hubieran sido suficientes para un curso rápido sobre John-Frum. También se lamentó: "La Embajada de Estados Unidos en Vanuatu está para todos. Pero debería ocuparse particularmente de la gente John-Frum". Y le recordó al asistente la promesa de John de que América construiría un "astillero internacional en la bahía de Azufre".

En el avión de regreso a Tanna repasó su viaje. Barcos cisterna, puertos, electricidad, progreso…, mucho de lo que le gustaría ver en Tanna. Es grave que América no haya llegado aún a Tanna. Pero sería aún peor que llegase: mujeres en minifalda, mal olor y ruido. Tanna ya no sería Tanna. Fue entonces cuando empezó a entender que sería difícil tener lo uno sin lo otro. A su regreso proclamó: "Los americanos hacen guerras injustas y ya no viven con el espíritu de ayuda a los pobres. No sé si vendrán. Pero podemos contar con John. Algún día nos conducirá por el volcán Yasur al reino de cargo y custom".

Pero su gente estaba ya cansada.

Llegó el año 2000, el cambio de milenio. Y todavía no se sabía nada de John. Su propio sobrino, Fred Nasse, se rebeló en su contra. Ya bastaba de esperar. John se le había rebelado con un nuevo pensamiento, unity, que acabaría con la controversia: escuela, iglesia, custom y John son una única cosa.

Junto con 100 incondicionales, Isaac se trasladó un par de kilómetros más arriba y fundó Lamakara. El resto, unos 200, se quedaron con Fred a la orilla del mar en Ipikel. En Ipikel no hay Cruz Roja. Sólo los viejos mástiles de las banderas apuntan al cielo, todas las insignias se las llevó Isaac consigo. Arrancó hasta la puerta del templo de John. La gente de Ipikel cuenta que a menudo vienen combatientes de la fe de Lamakara con hachas y machetes, y persiguen a mujeres y niños. Roban las huertas, no respetan el calendario de las cosechas, profanan las piedras de la fertilidad y repudian a John. Ipikel se parece a Lamakara; las únicas diferencias son la escuela y una iglesia presbiteriana. Otra diferencia: las canciones, los bailes y los desfiles de banderas son los miércoles.

Fred tiene la cara torcida, hinchada. Lo más llamativo: sus labios gruesos. Le cuesta hablar. Suele hacerlo por él un pastor presbiteriano. "Yo soy su socio júnior". Fred mira sin interés. Las moscas le hacen cosquillas en la mejilla. Imperturbable como un caballo, se las sacude. Con la boca abierta escucha lo que dice el pastor: "Fred -quiero decir, el profeta- no aprueba que los John-Frum estén de fiesta el viernes y no descansen, puesto que deberían trabajar al día siguiente". ¿Y Fred qué dice? Una mirada de advertencia del presbiteriano: "El profeta no tiene tiempo para trabajar. Tiene visiones día y noche".

"Isaac está celoso porque Fred es el mejor profeta. Mira, ayer rezó para tener buen tiempo y hoy brilla el sol. El otro día soñó con un billete de un dólar, llegó un patrocinador americano y yo pude construir una iglesia nueva. ¡Eso es John!". Quien así habla es un pastor presbiteriano. Los profetas de John reinterpretaron los mensajes de salvación de los misioneros para sus propios fines. Con los años, también los luchadores de Dios aceptaron préstamos del enemigo. Con las nuevas relaciones de poder en Tanna -desde 1980 pertenece a la República de Vanuatu-, a la mayoría les pareció oportuno cambiar de forma de pensar y buscar el desarrollo en combinaciones extrañas.

El presbiteriano trajo todas sus banderas. Asombrado como un niño al que se le da un juguete, Fred las contempla mientras dice: "Negro es custom; blanco, el espíritu santo, y rojo, iglesia, ¿o era amarillo?". Se rasca la cabeza. "No, amarillo es la paz, porque…". "Bueno, ¿qué importa?", dice el pastor presbiteriano. "Todo es uno. Somos unity".

Isaac no lo ve así. Dice que recomendó a sus seguidores de Lamakara que no se reunieran con sus parientes en Ipikel. Eso de la violencia es mentira, así es como ensucian el nombre de John. "Yo intenté", se encoleriza, "hablar tranquilamente con las familias de ahí abajo. Pero ellos tienen mucha prisa. Internet, móvil, todo tiene que ser rápido hoy día. Los hombres ya no saben esperar. ¿Fred? ¿Quién es Fred?". Ya no está furioso, le es indiferente. "Ése no tiene ninguna bandera, sólo trapos de colores".

Con el cambio de milenio, otros profetas le hicieron, con bastante éxito, competencia a Isaac. Joe Gedu hechiza al pueblo yetau con los viejos portones de los barcos. Donde primero hubo una pradera y después el aeropuerto de Tanna, ha levantado, bajo la niebla de la costa, cinco portones de bambú. Aquí, dice él, aterrizan todas las semanas los regalos de John.

Gedu, que lleva chaqueta de aviador de color naranja, se pone en un pedestal y observa el custom de su pueblo. Hombres y mujeres giran en círculos dando palmas y patadas cada vez más rápido. El suelo vibra. Una última patada. Fin. Joe Gedu aplaude. "Por hoy hemos hecho suficiente".

Nos lleva a una edificación de bambú. En la parte alta hay cinco pájaros tallados en madera; en la parte baja, pequeñas ventanillas, como las de los barcos. En cada una de las 26 ventanillas hay clavado un posavasos de cerveza, Vanuatu Lager, uno para cada letra del alfabeto. Hay una membership card, una tarjeta de socio como él la llama, un papel plastificado con el nombre, que cada uno lleva alrededor del cuello con una cinta de color. "Todo muy serio", dice Gedu.

Varios centenares de miembros hacen fila una vez por semana con sus tarjetas de autorización delante de sus respectivas letras y reciben un sobre, que Gedu dice haber recibido del espíritu del avión. La gente revisa el sobre, lo miran a contraluz y, sí, ven billetes de su propia moneda. Pero está prohibido abrirlo. "Cuando lo determine el espíritu", dice Gedu. Quizá la semana que viene, quizá en un par de meses.

"No existe ningún John rápido", ya lo decía Isaac. ¿De verdad que no ha llegado ya, seducido por la libre economía? Vanuatu, el paraíso fiscal: ningún impuesto sobre ingresos ni sobre el capital. Se han instalado empresas por correspondencia. Llegan los turistas.

Los turistas, que por un lado traen dinero, por otro quieren ver las viejas costumbres, quieren ver custom, quieren ver lo que es John. Mujer de Tanna, ponte la falda de nativa, baila al son del tambor alrededor de la fogata y el hombre blanco te dará dinero. Y nosotros recibiremos lo que siempre hemos esperado. Nuestro Pacífico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de diciembre de 2006