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Esto también es África

El continente africano ha invadido las salas del Guggenheim de Bilbao. Son las obras de artistas contemporáneos que desde hace quince años colecciona un millonario suizo, Jean Pigozzi. Coloristas, singulares y diferentes, muestran la cara oculta de un arte casi desconocido

'Me gusta el color' (2003) de Chéri Samba (Congo).
'Me gusta el color' (2003) de Chéri Samba (Congo). CHÉRI SAMBA

'100% África' es una exposición de coleccionista. Las obras que se exhiben estos días en el Guggenheim de Bilbao son propiedad de Jean Pigozzi, un millonario financiero de origen italiano que comenzó a adquirirlas en 1989, tras visitar en París una exposición mítica, Les Magiciens de la Terre, que ese mismo año revolucionó la mirada sobre la creación contemporánea. "Antes de esa fecha no tenía ni idea de que pudiese existir en África una actividad artística de tal riqueza", admite Pigozzi. André Magnin, uno de los artífices de Les Magiciens de la Terre, habla de un antes y un después: "Nadie se interesaba por la creatividad de más de dos terceras partes de la humanidad". La constatación llevó a Magnin a viajar por casi todos los países de África -"sólo he dejado de visitar Ruanda y la República Centroafricana", afirma-, y hoy es sin duda el mayor especialista en el arte contemporáneo que se hace en el continente negro. "Cuando empecé a viajar a África, allí no había ni galerías, ni marchantes ni museos. Todo estaba por hacer, por descubrir".

El arte en África es un descubrimiento de etnólogos y antropólogos. Para ellos, la dimensión estética del objeto es accidental. Para Magnin es fundamental, algo en lo que coincide con Pigozzi. El mismo día en que se clausuró la exposición de Les Magiciens de la Terre, Jean Pigozzi viajó a París y contrató a Magnin. Hoy, miles de obras forman esa colección de arte contemporáneo africano que se ha mostrado en 30 exposiciones individuales y 40 colectivas.

Pero ¿por qué África? Magnin aventura una explicación: "Pigozzi es un millonario excéntrico. Un día me comentó que todos sus amigos ricos tenían su warhol, su richard serra, su cy tombly, su basquiat… ¡Pero él quería otra cosa!". Y de ahí la voluntad de descubrir. La CAAC (Colección de Arte Africano Contemporáneo) reposa, de momento, en un almacén del aeropuerto de Ginebra. "Puede que un día Pigozzi ponga en marcha una fundación, pero de momento, los miles de obras de algo más de 80 artistas permanecen en Ginebra para así poder viajar de un lugar a otro del mundo con los menores problemas administrativos posibles. Ciertas pinturas o esculturas están en algunos de los domicilios de Jean Pigozzi. A él le gusta contemplarlas y decoran las paredes de sus apartamentos en Londres, París, Nueva York, Francia, Panamá o de su barco".

Algunas de las obras que se muestran en Bilbao han sido creadas especialmente para esta ocasión. "Seguimos de cerca el trabajo de unos 35 creadores. En principio, todos ellos siguen viviendo en África. No hemos impuesto ningún tema". Pero las obras tienen algo en común. "En Occidente, el artista es un individualista, tanto en su manera de comportarse como en lo que hace. En África, la creación refleja siempre una preocupación por la comunidad. Es otra tradición cultural. Ellos se saben pertenecientes a un grupo, a un lugar, a una comunidad. Por eso es tan importante que sigan viviendo en África".

André Magnin dice tener como proyecto personal "añadir unas cuantas páginas a la historia del arte", las que corresponden a un continente olvidado. Si hasta bien entrado el siglo XX todo lo que venía de África era materia para un discurso sobre la evolución de las civilizaciones, a principios del siglo pasado, un grupo de artistas -Picasso, Derain, Matisse, Apollinaire…- descubrieron el arte negro fascinados ante la potencia de unas formas, de un lenguaje capaz de conservar un misterio, un aura sagrada. Pero la seducción de ese arte negro no tiene en cuenta la identidad de los creadores y, menos aún, su contemporaneidad.

Posteriormente, África conocerá décadas en las que se convertirá en propiedad de otros países. Pierden su identidad, sus fronteras y sus tradiciones. Cuando comienzan a triunfar los movimientos en favor de la independencia, los creadores africanos no saben cómo recuperar su propia voz: ¿pueden servirse de las técnicas y del lenguaje de los colonizadores para hacer escuchar la voz de los colonizados? Más tarde llegará a fabricarse una suerte de academicismo anticolonialista, sin duda influido por el ejemplo de países como la URSS o Cuba, que juegan un papel importante en África. Es un arte obligadamente político, directamente político, a veces con la fuerza de la urgencia y de la razón sumada a una indiscutible maestría expresiva. Pero los movimientos de liberación, la epopeya de la reconstrucción nacional, tienen sus límites. El nuevo poder puede ser tan despótico y cruel como el de las potencias extranjeras, tanto o más corrupto, incompetente y, siempre, mucho más demagógico. El artista acaba por encontrar la distancia adecuada y la voz propia.

"Habré viajado a África más de doscientas veces. Hace quince años había que ir a cada país, a cada taller, hablar personalmente con cada artista. No tenían ni teléfono. Ellos apenas sabían nada del resto del mundo y nosotros no sabíamos nada de ellos", recuerda Magnin. "Eso ha cambiado totalmente gracias a Internet. Ahora, antes de emprender el viaje, el artista me envía fotos de lo que está haciendo. Con Pigozzi nos hacemos ya una idea de si aquello nos interesa o no". Cuando se montó la exposición Les Magiciens de la Terre tuvieron que comprar todas las obras para poder transportarlas hasta Francia. "No las podíamos pedir prestadas a una galería porque ninguno tenía galería ni podíamos decirles que se las íbamos a devolver a través de un envío con todas las garantías porque no existían ni las garantías ni la regularidad de la distribución de los paquetes postales", cuenta Magnin. Un patrocinador inesperado resolvió el problema de la adquisición de obras. "André Rousselet, de Canal +, fue el gran patrocinador, y la cadena de televisión ha heredado una buena parte de la obra que entonces se expuso". Ahora, todo funciona de otra manera, aunque André Magnin insiste en que no tiene ningún tipo de contrato con los artistas. "Todo funciona a partir de la confianza. Ellos saben que nunca les he engañado, que conmigo ganan más que con nadie y, también, que les exijo, que no acepto que se dejen llevar por lo fácil, por repetir una y otra vez un hallazgo". Además, Magnin ha tejido otras redes, establecido complicidades con un montón de personas en cada país africano, y eso le permite sortear como nadie las trabas de una burocracia que puede ser tan quisquillosa como sensible a las corruptelas. "Conseguir papeles para la exportación de obras no es algo que esté al alcance de cualquiera, pero yo sé cómo obtenerlos".

En Bilbao pueden verse fotografías de Seydou Keita, cronista autodidacta de la vida cotidiana de Malí. Hoy, sus imágenes, si están firmadas, se venden a 25.000 euros. O alguna de las mágicas ciudades imaginarias de Bodys Isek Kingelez, que ha transformado su caótica Kinshasa natal en una maravillosa utopía coloreada y llena de humor. 200.000 euros es un precio normal por una de sus creaciones. Humor y sentido crítico son componentes constantes de Chéri Samba, el más popular de los retratistas africanos. Sus pinturas se subastan entre 30.000 y 40.000 dólares. Las máscaras hechas con bidones, símbolo del consumismo occidental impuesto a los africanos, son recurrentes en la obra de Romuald Hazoumé, de Benin. "Según él", asegura Magnin, "los occidentales utilizamos África como un vertedero".

André Magnin se irrita cuando alguien sin ninguna información se atreve a opinar sobre la obra de los artistas. "Sin duda tienen todo el derecho, pero también lo tienen cuando se trata de una cuestión de física nuclear, y entonces nadie dice nada. Para juzgar a un artista hay que conocer el contexto, haberle seguido, ponerlo en relación con lo que hace otra gente en circunstancias parecidas. Yo quiero mostrar otra imagen de África, que el continente no sea el de los crímenes y la violencia, el de la pobreza y el hambre. Allí hay una creatividad enorme. Una gran alegría. Una inteligencia formidable. Cheri Samba sabe mostrar la vida cotidiana y hacerlo de una manera que corresponde a la tradición de su pueblo. Esta colección es fruto de un compromiso ético y político. Son obras pensadas para personas que se interesan por la cultura. Son obras que hablan de África, realizadas por gente que quiere seguir viviendo en su tierra". Como el nigeriano Ojeikere, que no se cansa de retratar con su cámara los peinados de las mujeres africanas, para él parte de un legado que viene de muy lejos. O como el malgache Efiaimbelo, que realizaba unas esculturas funerarias que rendían culto a la vida.

Los artistas africanos que viven en Europa o Estados Unidos también interesan a Magnin aunque, en la gran mayoría de casos, escapen a su proyecto. "Son personas que viven en una especie de gueto, a las que marginamos a partir del dinero y de la diferencia cultural". También sigue a los pocos occidentales que hacen el camino a la inversa, que se van a África para trabajar allí, para buscar otra inspiración. "Me gusta mucho lo que hace Miquel Barceló. Es un artista muy potente. En Malí me parece que ha encontrado una luz, temas y materiales que le convienen".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de octubre de 2006