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COLUMNA

El vigilante vigilado

El estreno de A scanner darkly devuelve a las pantallas la imaginería de Philip K. Dick, uno de los más renombrados escritores de ciencia-ficción. El autor de Blade Runner ha producido personajes memorables, sometidos a los contradictorios rigores de la ley, las drogas y la paranoia. La película, que se estrenará en España el 20 de octubre, recrea a los personajes en forma de cómic, figuras de Hollywood como Wynona Ryder, Keanu Reeves, Robert Downey Jr. y Woody Harrelson.

Hemos ido de los replicantes de Blade Runner a los infiltrados de A scanner darkly, de los años ochenta del siglo pasado a estos días, dos novelas de Philip K. Dick (1928-1982); dos películas, la del inglés Ridley Scott y la del americano Richard Linklater, de las imágenes de la realidad a los dibujos animados electrónicos. A scanner darkly, de 1977, se llama en español Una mirada a la oscuridad, traducción de César Terrón para Acervo, o de Estela Gutiérrez para Minotauro. Trata de drogas, drogados, traficantes y policías en Los Ángeles. La droga es una mala experiencia, decía Philip K. Dick, que vivió drogado antes de contarlo fidedignamente en una novela de ficción científica.

La droga de A scanner darkly es la sustancia "d", o "m", de death, muerte. Las autoridades encarcelan o matan a todo el que la venda o la tome. Un policía secreta, Fred, compra y consume la sustancia para convivir entre toxicómanos a los que tiene que capturar. Fred es Bob Arctor en el mundo de los drogados, Keanu Reeves filmado y convertido después en dibujo, líneas y manchas de colores. Fred es un verdadero policía, pero Bob es un drogadicto de verdad, medio novio de una traficante drogada. Fred, como policía, debe informar sobre el drogado Bob Arctor, es decir, sobre sí mismo. Si no informara, la policía lo identificaría con el agente Fred, ultrasecreto, en Los Ángeles, donde las bandas dedicadas a la droga quizá controlen los aparatos represivos. Los policías sólo se presentan ante la policía envueltos en membranas computerizadas que los convierten en masas difusas, irreconocibles para los suyos.

Las paradojas de Philip K. Dick son de un humor horripilante. Bob resulta el más sospechoso de los sospechosos: maneja dinero que nadie sabe de dónde sale, porque es el sueldo del policía Fred. Va y viene misteriosamente (a la comisaría). A Fred se le encomienda la misión de seguirlo. La casa de Bob, o de Fred, es vigilada con holocámaras y micrófonos. Para soportar la tensión, el policía Fred tiene que aumentar la dosis de pastillas, y lo que más teme un agente secreto antiadictos es volverse un adicto, según el cliché del policía que adquiere todas las taras de sus perseguidos para perseguirlos mejor. El policía Fred sabrá qué hacen las 24 horas del día los que viven en su casa, tres amigos intoxicados, incluido él mismo. "Observaré a mi propio yo", dice Fred, que examina cientos de cintas para ver lo que Bob ha hecho, con encargo específico de detenerlo cuanto antes. Así descubre que habita una casa en ruinas, llena de la mugre propia de los drogadictos.

Los agentes secretos tienen que drogarse para cumplir con su deber. Fred, analizado por los inspectores médicos, teme ser relevado de sus misiones: se le está disgregando el cerebro. Quieren separarlo de Bob Arctor. El trabajo es insoportable, pero, si lo deja, otro recibirá el encargo de seguir a Bob, le tenderá trampas, le meterá droga en la casa. Bob no será ya un sospechoso, sino un blanco para los francotiradores del FBI. Philip K. Dick pasó la vida alucinado, aterrorizado, real o supuestamente perseguido por el FBI, la CIA, Hacienda, el KGB, sus mujeres sucesivas. Vivía desdoblado químicamente, entre los estimulantes y los tranquilizantes. Sus policías son tan invasores que en Minority Report, de Steven Spielberg, sobre un cuento de Dick, detienen a los que pecan de intención o de pensamiento. Dick era católico, duplicado en permanentes exámenes de conciencia, o desdoblado entre estimulantes y tranquilizantes, en la comunión de la droga, que no une, sino separa.

El agente secreto Fred ya es dos Bob, vigilado por Fred. Perseguido y perseguidor, vigilante y vigilado. Lo vuelvo a leer ahora, más de veinte años después de la primera vez, cuando me entero de que la fábula de Dick se ha convertido en película de dibujos, y me parece más real que en los años ochenta. ¿Quién soy yo? ¿Fred o Bob?, dice el policía, y recuerdo a Paolo Fabbri citando a Pascal: "Esta duplicidad del hombre es tan visible que hay quienes han pensado que teníamos dos almas". Ahora Fred vigila a Bob como si no fuera Fred. Philip K. Dick hablaba de lo falso. El héroe de A scanner darkly es un falso drogadicto que es un verdadero drogadicto y dejará de ser un verdadero policía. Pero también es cierto que el círculo tóxico-policial que fabula Dick parece un homenaje a las células terroristas formadas exclusivamente por agentes del orden que inventaba G. K. Chesterton.

Convertir en dibujos electrónicos los movimientos de Keanu Reeves, Winona Ryder y Robert Downey Jr. añade un desdoblamiento más, entre lo real y lo dibujado. La materia de las películas no es ya la realidad física, sino otras películas, los videojuegos, los tebeos, esas ficciones habituales que poco a poco sustituyen a la literatura, a las novelas. La obra maestra del nuevo género ha sido Sin City, del dibujante Frank Miller y Robert Rodríguez, con decorados virtuales y personajes deformados por un blanco y negro de página de cómic, luces y vendas, momificados o heroificados en movimientos terribles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de septiembre de 2006