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Reportaje:05 ISLANDIA | CRÓNICAS DE LA VIDA

El laboratorio humano

El autor de los reportajes sobre Islandia, en el último capítulo de la serie, se entrevista con el presidente de dicho país en el mismo clima cordial y alejado de las medidas protocolarias y de seguridad al uso que con el resto de los ciudadanos. En pocos casos como en el del presidente de la empresa de biomedicina DeCODE, a la vanguardia de las investigaciones sobre genética, confluyen dos de los componentes esenciales del islandés: la creatividad, en este caso científica, y el amor por la literatura en particular y la cultura en general.

El presidente de Islandia, Ólafur Ragnar Grímsson, me contó una anécdota sobre el actor estadounidense Seinfeld. Hace cuatro o cinco años, en los momentos de más éxito mundial de la serie norteamericana del mismo nombre, Seinfeld entró en un restaurante de Reikiavik y pidió una mesa para él y sus amigos y otra para sus guardaespaldas. "El cocinero se negó a servirle y le ordenó que se fuera del restaurante", dijo el presidente Grímsson.

¿Por qué? "Fue una cuestión de principios", sonrió el presidente, un señor venerable, con aspecto de rey. Para empezar, el cocinero se sintió ofendido por la idea de que pudiera considerar necesario llevar guardaespaldas en un país que se enorgullece, con razón, de tener fama de seguro; en segundo lugar, la idea de que el actor y sus guardaespaldas se sentaran en mesas separadas resultaba fuera de lugar en Islandia, que se considera una sociedad sin clases.

"El motor de la economía del siglo XXI lo constituyen la creatividad y el poder del cerebro"

La anécdota es tan simpática como la falta de medidas de seguridad, o cualquier cosa vagamente parecida, cuando voy a visitarle en su residencia oficial de Reikiavik. Llego a la casa y me acerco conduciendo por un largo camino hasta la entrada principal. Llamo a la puerta y abre una joven. Le digo quién soy y ella me cree. Sin pedirme ninguna identificación. Mi única obligación es firmar en el Libro de Visitas. Después, se abre una puerta y sale un hombre alto, elegante y sereno, con el cabello blanco y la mano extendida.

Es mi último día en Islandia y he estado esforzándome para encontrar algo malo que decir sobre el país, un argumento para refutar a la primera persona a la que entrevisté, la madre del futbolista Eidur Gudjohnsen, que declaró que Islandia era el mejor lugar del mundo. Sólo hay tres posibles defectos, que yo haya visto.

Uno, el tiempo, que cambia con una perversidad enorme, además de que, aunque no hace mucho más frío que en Madrid en invierno, nunca hace calor. Y, además, la oscuridad en invierno. Pero todo el mundo me decía que le gustaba, sin excluir el inmigrante iraní con el que hablé.

Fallo número dos: el síndrome del nuevo rico. Varias personas con las que he hablado se han referido con repugnancia a lo que consideran el ansia nacional de comprar el último objeto de deseo consumista: teléfonos móviles, cocinas, coches. Pero la verdad es que, en comparación con las nuevas fortunas en otros países, los islandeses no se comportan con especial ostentación, al menos fuera de casa.

Fallo número tres: la cultura de la borrachera. Si Reikiavik se ha ganado la fama de ser un centro de marcha los fines de semana es por algo, como pude ver cuando salí un sábado por la noche, acompañado por un joven veterano de la vida nocturna. Fuimos a media docena de bares a lo largo de la noche, que terminó (en mi caso, no en el suyo) a las cinco de la mañana del domingo; a esa hora había más gente deambulando por el centro de Reikiavik que en ningún otro momento de la semana. Y la mayoría de ellos, borrachos -aunque no agresivos, a la inglesa-.

En Reikiavik hay un hospital puntero mundial en el tratamiento de adicciones. Se llama Vogur Hospital, y el médico que lo dirige es Thorarinn Tyrfingsson, que me ofrece un dato escalofriante: el 9,6 % de los varones mayores de 15 años islandeses ha recibido tratamiento en su hospital. Le pregunto si eso significa que, por debajo del barniz islandés de próspera igualdad y familias felices (no soy el primer extranjero que advierte que los adolescentes parecen llevarse curiosamente bien con sus padres), se oculta algún espantoso secreto tribal. El doctor Tyrfingsson -un hombre delgado, de sesenta y tantos años, con el cabello rubio y juvenil; el prototipo del islandés seguro y tranquilo que he conocido en su país- sonríe y me asegura que no. En primer lugar, dice, el dato es comparable a las cifras del norte de Europa y Estados Unidos. "Pero, además, el que tanta gente se atreva a someterse a tratamiento es indicativo de lo abierta que es nuestra sociedad, la ausencia del estigma que se ve en otros lugares". Aquí, además, el tratamiento de desintoxicación y rehabilitación es totalmente gratuito, financiado en su mayor parte por el Estado y, como dice el doctor Tyrfingsson, "a disposición de todos y todas las veces que sea necesario".

Cada vez que parece que he encontrado algo que se aproxime a una debilidad en el sistema islandés, resulta que tiene otra cara la moneda. Más bien no dejo de encontrar cosas nuevas que asombran. Por ejemplo, lo que me cuenta el doctor Tyrfingsson de la base de datos, única en el mundo, que posee Islandia.

El hospital Vogur ha recibido fondos de la Unión Europea para financiar las investigaciones más de vanguardia que hay sobre las adicciones. Los ha recibido, superando a rivales como Alemania, en parte porque las cifras de éxito que ha logrado no tienen igual: el índice de recuperación entre los que ingresan por primera vez en el hospital es del 60%. Pero hay más. "Nuestra ventaja", dice el doctor, "es que, mientras otros emplean ratas, nosotros utilizamos una gran base de datos de seres humanos, las más de 18.000 personas que han pasado por el hospital", dice el doctor. "El valor científico de todo eso se incrementa, además, porque en Islandia existe una documentación genealógica sin equivalente en el mundo". El Libro de los islandeses, título de dicho documento, se apoya en minuciosos registros eclesiásticos de los nacimientos, matrimonios y muertes, y permite a la mayoría de los islandeses rastrear su linaje hasta hace más de 1.000 años. Toda la información se guarda en una enorme base informática a la que pueden acceder, mediante una contraseña privada, todos los habitantes del país.

Islandia, me dio la impresión desde el momento en que llegué, es una especie de laboratorio humano gigante. Allí arriba en el océano Atlántico, aislado y alejado del resto del mundo, es como una gran burbuja de aire puro en la que se llevan a cabo experimentos sobre cómo mejorar la especie. "Es interesante lo que dice", afirma el presidente Grímsson en el estudio de esa residencia oficial tan estupendamente vulnerable. "En enero tuvimos de visita al arquitecto Norman Foster y a su mujer española, Elena. Al irse me dijo: 'Tengo la sensación de haber conocido la sociedad del futuro'".

Quizá no sea el país más rico del mundo, o el más seguro, o el más saludable, o el más innovador, o el más culto, o el más vivo y de gente más atractiva que todos y cada uno de los demás países del mundo; pero ningún otro reúne todas estas cualidades juntas y en estado tan puro.

El milagro islandés seguramente no se podría reproducir, o por lo menos no en mucho tiempo, en un país mayor y de más complejidad histórica. La suerte que tiene es en ser parte de Europa, y de cierto modo también de Estados Unidos, pero de haber nacido como nación tras ganar la independencia de Dinamarca hace apenas medio siglo. Los islandeses empezaron su viaje a la modernidad casi desde cero. O, en cualquier caso, a partir de ocho siglos en los que no había ocurrido prácticamente nada de interés para los historiadores. Por eso no carga con el bagaje cultural, religioso, político y tribal (en el sentido más amplio del término) que otras naciones han ido acumulando a lo largo de los siglos. No arrastra un legado emocional -odios, complejos, envidias- que impide llegar a soluciones sensatas, que sirven el bien común. Islandia ha logrado organizar su sociedad con una sensatez extraordinaria; ha conseguido crear un clima emprendedor e innovador en el que el precio del fracaso no es la pobreza, como podría ocurrir en Estados Unidos, sino la tranquilidad que da una red de seguridad social que garantiza la comida y la vivienda a todo el mundo mientras viva, que cuida de sus hijos y les ofrece una sanidad y una educación de primera categoría.

"El motor de la economía del siglo XXI lo constituyen la creatividad y el poder del cerebro", dice el presidente Grímsson. "La creatividad es el recurso más valioso. Aquí florece no sólo por nuestro legado cultural, sino porque somos pequeños. Somos como la Florencia o la Venecia del Renacimiento. Las gentes que se dedican a las artes, la banca, la tecnología, se relacionan unas con otras, se nutren intelectualmente entre sí y crean un entorno competitivo y creativo".

La persona que más parece encarnar -de manera casi exagerada- todo lo que dice el presidente Grímsson resulta ser la última a la que entrevisto antes de abandonar Islandia. Es un personaje desmesurado, una caricatura o, mejor dicho, un epítome, y se llama Kari Stefansson.

Nos encontramos en su oficina, un despacho aireado y espacioso en una esquina de un moderno edificio en el que trabajan 300 personas (además de otras 150 en Estados Unidos), sobre las que preside como un rey medieval impredecible, amenazador y erudito. Entro y está sentado en una silla oscilante, de espaldas a la puerta, y me habla como un personaje de cine -como el Doctor No en James Bond-, sin volverse. Cuando lo hace, veo la figura de un hombre de piel rosada, espesa cabellera nevada y barba a juego. Lleva una camiseta negra que realza unos hombros excepcionalmente anchos y unos brazos musculados con esfuerzo. Tres minutos más tarde, se levanta (para coger de un armario un regalo para mí, un ejemplar en cuero de las sagas islandesas completas) y veo que mide, por lo menos, dos metros. En otras palabras, parece salido de una saga.

Es Gunnar (el mayor guerrero islandés), o Grettir el Fuerte, o quizá es Egil, que tiene una saga que lleva su nombre y al que Stefansson se refiere en varias ocasiones durante la hora y media que pasamos juntos. Egil era más alto y más fuerte que los demás hombres y tenía el cráneo más grande. Nadaba grandes distancias en aguas heladas, con sus armas atadas a la espalda. Era brutal, vengativo, y escribía poesía. Como Kari Stefansson, que también la escribe, y que es seguramente el hombre más brillante de Islandia, lo más parecido a un verdadero hombre del Renacimiento, con la misma energía y el mismo talento para las ciencias que para las artes.

Stefansson, que es cinturón negro de yudo, estudió y enseñó medicina durante 15 años en la Universidad de Chicago, y luego fue cinco años catedrático de neuropatología en la Facultad de Medicina de Harvard. Después volvió a su país para crear una empresa que es líder mundial en biotecnología y que está adentrándose más que nadie en la investigación sobre los genes humanos. El nombre de la compañía es DeCODE. Tiene varias ventajas sobre sus rivales: la incomparable información genealógica que proporciona el Libro de los islandeses; la población extraordinariamente homogénea de Islandia, que constituye un excelente grupo de conejillos de indias, porque permite a los científicos aislar más fácilmente los genes que transmiten las enfermedades, y el inmenso ego de Kari Stefansson. "La mayor parte de los grandes descubrimientos mundiales sobre los genes procede de nosotros, de esta pequeña isla", dice. ¿Por qué? "Porque la información que tenemos es magnífica y los científicos que viven en este edificio son magníficos".

El objetivo de DeCODE, empresa en la que Stefansson es a la vez presidente y consejero delegado, es aplicar sus descubrimientos de genética humana al desarrollo de fármacos para enfermedades comunes como los infartos y el asma. Es decir, "esta pequeña isla", habiendo ya logrado conquistar lo más cercano que se ha visto al paraíso en la tierra, es ahora el laboratorio en el que la humanidad trata de buscar algo que se aproxima a la clave de la vida eterna.

¿De dónde nace semejante ambición? "Hay una diferencia entre el científico monótono que documenta de forma meticulosa la naturaleza y el científico verdadero", dice Stefansson. "El científico verdadero tiene una historia que contar. El científico verdadero es creativo". Está claro que habla de sí mismo, así que le pregunto cómo se logra llegar a ese estado tan envidiable. "La mejor forma de ser creativo", declara, "es leer. El lenguaje es el instrumento de las ideas. La mejor forma de enseñar a la mente a pensar es la buena literatura. Yo leo entre 50 y 60 novelas al año y entre 30 y 40 libros de poesía".

Lo que está diciendo es lo mismo a lo que se refería el presidente Grímsson cuando hablaba del poder que tiene el mutuo enriquecimiento cultural en la sociedad islandesa, esa mezcla leonardiana de pensamiento científico y artístico. Stefansson se pronuncia más durante nuestro encuentro sobre arte que sobre ciencia. En vez de hablar sobre su trabajo en genética, pasamos casi todo el tiempo hablando de Jorge Luis Borges, de Shakespeare, de Pablo Neruda, de Joseph Conrad y de Gabriel García Márquez ("los escritores de las sagas parece que lo han leído") -cuyas obras evidentemente se conoce como si fuera un profesor universitario de literatura-.

Hablando de las sagas, le pregunto (porque imagino que se habrá reproducido con tanta prodigalidad como los héroes de aquellas historias) cuántos hijos tiene. "He perdido la cuenta. Los islandeses perdemos la cuenta del número de hijos y el número de divorcios". Y aparte de eso, al islandés, ¿cómo lo define?

Para empezar, dice, es una persona como él, y como la mayoría de los guerreros de las sagas, que viaja al extranjero, vive aventuras y regresa. ¿Por qué todos acababan regresando? "A lo largo de los siglos hemos evolucionado para adaptarnos a este entorno". ¿Los genes marcan el destino? "Exacto". ¿Qué más es un islandés? "Vivimos desde hace 1.100 años en una naturaleza extrema y exigente, aunque asombrosamente bella. Para sobrevivir tuvimos que luchar contra el frío y la oscuridad en una tierra en la que la agricultura se reduce a criar ovejas y alguna que otra vaca. Y sobrevivimos la mayor parte de esos 1.100 años, aunque fuimos espantosamente pobres hasta hace 40. Cuando yo era niño, no veíamos fruta. Siempre me quedaba con hambre, salvo en Navidad. Siempre nos hemos considerado duros y curtidos, pero, pese a ello, hemos creado una cultura peculiar basada en el amor a la literatura. Eso es un islandés".

Stefansson abandona el aire irónico, intimidatorio, que tenía la mayor parte del rato, y se expresa con sincero orgullo. Es un tipo duro, un científico y tal vez incluso un genio, pero es además, y no se avergüenza de ello, un patriota. No en el sentido competitivo, rozando la paranoia, del típico nacionalista, sino de forma sana y confiada.

Como todas las demás personas con las que he hablado en mis 10 días en Islandia, como la primera persona a la que entrevisté para esta serie de reportajes, el primer islandés que veía en mi vida, el recién llegado futbolista del Barcelona Eidur Gudjohnsen. En este caso de trata de un deportista renacentista—no sólo rápido y fuerte, sino que habla seis idiomas—.

Gudjohnsen me había hablado emocionado de su apego a la tierra islandesa; había observado muy bien que Islandia es un país pequeño que se cree grande. Recuerdo también sus palabras de despedida, y ahora que he estado en Islandia comprendo mejor el orgullo que había detrás de ellas. Yo le había dicho, mientras nos dábamos la mano, que para él iba a ser divertido jugar con los grandes futbolistas del Barça, con Ronaldinho, Eto'o, Messi. "Sí", respondió mirándome con una sonrisa helada, digna del mismísimo Grettir el Fuerte. "Y para ellos también".

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de agosto de 2006