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ESCALERA INTERIOR

Las previsiones del profesor Arribas

El profesor Arribas es un hombre previsor. Hace cuatro años se compró un apartamento no muy grande, ni muy barato, ni demasiado cerca de la playa, que a él, sin embargo, le gustó desde el primer momento. El profesor Arribas está divorciado y no tiene hijos, pero no aprecia mucho ninguna de estas dos condiciones, y por eso, al escoger esa casa que aún tardará muchos años en pagar, pensó en los niños que todavía no viven en ella. También en Internet.

Cuando estrenó el apartamento, el profesor Arribas solicitó una conexión gratuita y el mundo estuvo en orden durante una temporada. En la zona no había demasiados internautas, pero doce meses más tarde, la conexión empezó a ser dificultosa, un año después, improbable, el pasado, casi imposible. Así que a primeros de junio llamó al 1004, expuso su caso, solicitó información. Su interlocutora, de voz simpática y jovencísima, le tranquilizó con un acento casi crujiente, melodioso, chispeante y tan pop como las sintonías publicitarias de la compañía. Lo único que tenía que hacer era solicitar un aparatito -router de conexión inalámbrica ADSL- cinco días antes de salir de vacaciones. Telefónica se lo mandaría por mensajero en el plazo máximo de una semana, y podría conectarlo él solo, porque no había que hacer nada más que enchufar un cable a la roseta del teléfono y otro al ordenador. No iba a tardar más que cinco minutos.

"Vuelva a llamar al 1004 y pida el número de referencia. En el 1004 no constaba"

El profesor Arribas es un hombre previsor y una buena persona, confiada y fácil de engañar, así que ejecutó escrupulosamente estas instrucciones. Cuando llegó a la playa, disfrutó de su primer día de vacaciones y el segundo se lo pasó mirando el móvil, esperando un mensaje que no llegaba. Tres días después, volvió a llamar al 1004. Verá, es que... Sí, sí, claro, le contestó una voz esta vez masculina, pero tan simpática y solidaria como la anterior, pero esto ya no es problema nuestro, sino de la mensajería. Y llamó a la mensajería. El caso es que su teléfono no aparece asociado a ningun envío, le contestaron, vuelva a llamar al 1004 y pida el número de referencia. En el 1004 no constaba ningún número de referencia. Al final, la tercera vez que llamó a la mensajería, otra voz melodiosa le dijo que si no había número de referencia, era porque Telefónica todavía no les había mandado su paquete.

El profesor ya llevaba una semana de vacaciones, y en el 1004 todos se volvieron suecos. No lo sé, no lo entiendo, será un error, no comprendo... Y de repente, una tarde, el milagro. En su móvil sonó el silbidito de los SMS. El profesor Arribas llamó una vez más a la mensajería. No, lo sentimos, pero no podemos decirle la hora exacta, no conocemos las rutas exactas de reparto... Así que el día siguiente se quedó en casa todo el día, pero el mensajero no llegó. A las nueve y media de la noche condescendieron a llamarle desde su oficina. La dirección está incompleta, le dijeron. Entonces recordó que la primera telefonista encantadora le había impedido explicar la situación exacta de su urbanización porque no cabía en el volante. Pero, de todas formas, insistió él, yo les di mi teléfono. ¿Por qué no me ha llamado el conductor? ¡Ah!, eso no lo sabemos, pero mañana, sin falta, lo tiene ahí… Así que se quedó sin playa un día más. El mensajero llegó sin anunciarse, a las ocho de la tarde.

Aquella noche, el profesor Arribas se acostó de madrugada, desesperado y con ganas de llorar. Había consumido casi la mitad de sus vacaciones y seguía como al principio. El aparatito estaba, pero no funcionaba. Él lo había hecho todo bien, había conectado los cables varias veces, se había leído el manual, había instalado el CD de apoyo, y nada. Durmió poco, mal, y cuando se levantó, se fue a la compra, porque ya se había comido lo que tenía en el congelador. Luego, armándose de paciencia, llamó a la asistencia técnica. Un jovencito, tan simpatiquísimo como todos sus compañeros, le guió paso a paso. Ahora reinicie el ordenador y ya está, le dijo, antes de colgar. Y lo reinició, pero no pasó nada.

Hoy, por fin, el profesor Arribas navega por Internet. Se acaba de ir una técnica informática que encontró en el pueblo y le hizo esperar casi una semana, porque tenía la agenda repleta de citas con otras buenas personas que también se habían creído el discurso de Telefónica. Esto es lo que pasa cuando se privatizan las empresas públicas, le comentó ella, sin esforzarse por ser simpática, porque estaba diciendo la verdad, y luego le advirtió que no iba a tardar cinco minutos, sino cerca de una hora. Así ha sido, pero ya está. El profesor Arribas es un hombre tan previsor que va a poder disfrutar de Internet durante los seis últimos días de sus vacaciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de agosto de 2006