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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

Diálogo con la muerte

María Jesús Buitrago es forense. Vio su primera autopsia a los 14 años y le gustó mucho. No sintió miedo, sólo curiosidad por las complejidades del cuerpo. Hoy sigue viendo vísceras en las que descubre secretos que la mayoría de los mortales no sabríamos ver. El escritor ha sido su sombra.

Lo primero que vi al entrar en la cocina fue una gran pieza de carne en trance de descongelación. Por los pliegues del papel de aluminio discurrían unos hilillos de sangre que desembocaban en la base de la fuente. María Jesús, que me había abierto la puerta, dijo que no nos podíamos entretener porque teníamos una autopsia. Eran las siete y media de la mañana, de modo que pedí un té para templar el cuerpo mientras el hogar de la forense se ponía en movimiento. Al poco, llegó Milagros, la asistenta, que vive en Parla. Dijo que Atocha estaba llena de policías. Luego vi pasar a Bea (14 años), que me miró con la hostilidad defensiva de las adolescentes. Juan, el segundo (12 años), atravesó con cara de sueño la cocina, dejando caer un "hola" al verme. Bruno, el pequeño (8 años), seguía en la cama. Fui con Milagros a espabilarle, pero se cubrió la cabeza con las sábanas y no hubo manera.

Los ruidos en la sala, todos metálicos, producían escalofríos

"Tenemos fama de vitales, quizá por contraste con lo que vemos"

Un mercado es hermoso y también su materia prima es la muerte

Lo que caracteriza a la muerte es la experiencia de la pérdida sin sustituto

María Jesús me ofreció unas galletas, pero me pareció más sensato permanecer con el estómago vacío.

-No contaba con la autopsia -dije tratando de disimular mi inquietud.

-Los lunes es bastante normal -respondió ella.

María Jesús Buitrago es forense con plaza en los juzgados de Colmenar Viejo, localidad de las afueras de Madrid. Se pasa el día examinando cuerpos y redactando informes para el juez. Cuando el cuerpo está muerto, además de explorarlo por fuera, lo abre y lo inspecciona por dentro. Es una mujer decidida, alta, afilada, pero no cortante. Explica las cosas con una voz sin aristas, que a veces se quiebra por culpa del tabaco. Nuestra primera cita fue en un restaurante especializado en carnes. Llegó y pidió un solomillo con foie. Le pregunté si le gustaban las vísceras, y dijo que no especialmente, aunque tampoco las rechazaba.

-¿Y por qué está tan bueno el foie? -insistí.

-Porque tiene mucha materia grasa. En una autopsia, un hígado engordado de este modo lo consideraríamos patológico.

El restaurante estaba lleno, pero yo era, sin duda, la única persona que compartía mesa con una mujer que quizá venía de manipular las entrañas de un cadáver. Aquella mujer se había levantado a las siete de la mañana, había despertado a sus hijos, les había preparado el desayuno, quizá los había llevado al colegio. Después, mientras ellos estudiaban geografía, historia o matemáticas, se había encerrado con un muerto cuyas vísceras le decían cosas que la mayoría de los mortales no habríamos sabido escuchar. Presenció su primera autopsia con 14 o 15 años, en Burgos, donde su padre ejercía de forense. Y le gustó mucho. No sintió miedo, ni asco, sólo curiosidad por las complejidades del cuerpo. A partir de aquella experiencia, lo de acompañar a su padre se convirtió en una rutina. Siempre supo que quería dedicarse a eso, pese a las miradas de espanto de sus compañeras.

-¿Hay manos de forense como hay manos de pianista? -le pregunté, pidiéndole que me las mostrara.

-Mis horribles manos de forense -dijo ella, abandonando los cubiertos y extendiéndolas sobre el mantel.

No eran horribles, sino inteligentes, activas, perspicaces… Los dedos, largos, parecían independientes y solidarios a la vez.

-¿Hay manos de forense? ¿Sí o no? -insistí.

-Eh, pues realmente no lo sé. A mí siempre me han dicho que con estos dedos tan largos puedo llegar a cualquier sitio. Cuando hay que alcanzar zonas profundas, yo llego muy bien.

-¿Por ejemplo?

-No sé, son buenos para abarcar toda la unión esofagogástrica, que tienes que coger bien. Hace unos años tuvimos una alumna que era muy chiquitita y tenía unas manitas de muñeca. Me reía porque le costaba muchísimo manejarse haciendo autopsias. No llegaba, tenía que hacerlo con suturas porque no llegaba.

-¿Y se requiere fuerza también?

-Fuerza, sí. Hay que cortar costillas… El cráneo requiere cierta fuerza, aunque con los años utilizamos más la maña. Cogemos nuestros trucos…, pero sí, hay que sacar fuerza.

-Y tampoco podrías tener las uñas largas.

-No, se romperían los guantes, nos haríamos daño… Incluso para las exploraciones de las personas vivas no es muy adecuado tener las uñas largas.

-¿Cuántas autopsias hiciste el año pasado?

-No sé, déjame ver… unas cuarenta y cinco. Pero no fui capaz de hacérsela al hámster de mi hija, aunque tengo un pequeño equipo quirúrgico en casa y mis hijos me lo pidieron.

-¿Por qué no pudiste?

-Lo habíamos comprado de pequeño, lo habíamos puesto nombre, había crecido con nosotros… Era como de la familia.

-¿Entonces no le harías la autopsia a un ser querido?

-Creo que no.

-Pero la autopsia puede ser un acto de amor -añadí incongruentemente, porque no siempre sé callar a tiempo, a lo que, como es una mujer sensata, no respondió. Sí me dijo que los muertos mienten menos que los vivos. Y me confirmó también que las moscas son unas funcionarias diligentísimas: llegan al cadáver antes que el juez, realizan su trabajo desapasionadamente y se van con la música a otra parte. Pero lo más extraordinario es que siempre hay moscas. Lo comprobé un día de mucho frío, sacando al jardín un trozo de carne sobre un plato. Luego tomé el cronómetro, y a los seis minutos se materializó sobre la carne una mosca azul, metalizada, preciosa. ¿De dónde había salido?

A María Jesús no le importa hablar de muertos, pero no le gusta que su trabajo se identifique sólo con la manipulación de cadáveres. Pasa muchas horas en el despacho de los juzgados viendo lesionados y redactando informes para el juez. Le gustan los casos de incapacitación porque le tira la psiquiatría forense, pero atiende sobre todo a lesionados por accidentes de automóvil o por malos tratos. En los juzgados de Colmenar hay otra forense, Cristina García Andrade (hija del célebre forense del mismo apellido y autor de libros como Lo que me contaron los muertos), con quien intercambia a menudo opiniones profesionales. Parece llamativo que, de dos forenses, las dos sean mujeres.

-Antes -añade María Jesús- era impensable que una mujer se dedicara a esto. Sin embargo, en las últimas promociones somos mayoría. Pasa en todos los cuerpos de la Administración. Parece que a nosotras se nos da mejor estudiar y que a los hombres les va más la batalla de la empresa privada.

Tras aquel primer encuentro, María Jesús aceptó que fuera su sombra durante algún tiempo. Por eso, aquella mañana -una de las más frías de este invierno- me encontraba en su casa tomando un té caliente, mientras empezaba a arrepentirme de haber llegado hasta allí. "Tenemos una autopsia", me había dicho al abrir la puerta, y mientras ella trajinaba por la casa, dando instrucciones sobre esto o sobre lo otro, yo intentaba imaginar cómo sería mi encuentro con el cadáver. Sabía que lo sacaríamos del cajón de un frigorífico, que probablemente estaría envuelto en una sábana, que lo depositaríamos sobre una mesa de acero…

Lo sacamos, en efecto, de un cajón, pero no estaba envuelto en una sábana, sino en el interior de una funda parecida a la de los trajes cuando vienen del tinte. Miqui, el ayudante de María Jesús, y Balta, un funcionario del tanatorio, depositaron la bandeja sobre una especie de carrito en el que se le trasladó hasta la sala de autopsias, para ser depositado sobre la mesa de acero. Los ruidos, todos metálicos, porque todo, menos nuestros cuerpos, era de metal, producían escalofríos. Apreté los dientes para soportar el de la cremallera de la funda, que se abrió como una herida por cuyos bordes apareció el cadáver. Pertenecía a un hombre joven fallecido el día anterior a causa de un accidente laboral. Me pareció que su rostro expresaba resignación, como si antes de expirar hubiera dicho para sus adentros: "¡Vaya lata!". Miqui empezó a cortar sus vestiduras con unas tijeras. Tras el mono azul, le arrancó la camiseta, los calzoncillos, los zapatos, los calcetines, hasta que el cadáver quedó completamente desnudo, boca arriba, expuesto a las miradas de todos. Me pareció que la operación de desvestirle tenía ya cierta calidad de autopsia.

En esto, entró en la sala Santiago, el sargento de la Guardia Civil que actuaba como policía judicial, para tomarle las huellas dactilares. Observé que tuvo que estirar los dedos del difunto con cierta violencia, pues se habían quedado rígidos. Empezó, en fin, alrededor del muerto una especie de curioso ballet, en el que todo el mundo, menos yo, conocía sus movimientos y sabía cómo realizarlos. Sonia, una joven que está preparando oposiciones para ayudante de autopsias, sonreía al verme tan pálido, tan inútil, tan fuera de lugar. Hasta el difunto conocía su papel mejor que yo. Pregunté a qué olía y me dijeron que a desinfectante.

La sala de autopsias del tanatorio de Colmenar es moderna y goza, prácticamente, de todos los adelantos de este tipo de instalaciones. La mesa sobre la que reposa el cadáver es de acero y dispone de un sistema hidráulico para hacerla subir o bajar en función de la altura del forense. En uno de sus extremos hay una ducha de mano y un sumidero, por si hubiera que lavar al cadáver, además un aspirador de fluidos, para los casos en los que la sangre impide la observación de un órgano. En cuanto a las herramientas, son sencillas: unas tijeras, como las de podar rosales, para cortar las costillas; un conjunto de bisturís y tijeras de diversas formas y tamaños, y una pequeña sierra circular, que recuerda a una batidora doméstica, para abrir el cráneo.

María Jesús, que tiene un temperamento muy didáctico, me iba explicando cada paso.

-Como se trata de un accidente laboral -dijo-, vamos a hacer una autopsia completa, para que luego no haya problemas con los seguros.

Por autopsia completa se entiende la apertura de las tres cavidades: la torácica, la abdominal y la craneal, por este orden.

-Primero -añadió- hacemos un examen externo del cadáver, para ver si hay traumatismos, signos de violencia o cualquier otra cosa que llame la atención, como un tatuaje, una marca, cualquier cosa. Este examen nos sirve también para la ficha antropológica, donde se incluyen datos tales como la forma de la cara, de las orejas, de los ojos, el color de la piel, etcétera. A esta parte la llamamos la exploración del hábito externo. Como ves, este cuerpo tiene ya instaurados una serie de signos cadavéricos: las livideces, que son estas manchas rosadas, resultantes de la acción de la gravedad sobre la sangre; la rigidez del cuerpo, que alcanza su cota máxima a las 24 horas de la muerte. Después se ablanda. La sangre, ahora, está líquida en el sistema arterial y venoso. En la cavidad cardiaca habrá coágulos muy blanditos, que llamamos coágulos posmortales, y son distintos de los que se forman en vida. Esta opacidad corneal -añadió levantándole un párpado- es otro fenómeno cadavérico. Se debe a la pérdida de agua. Yo me fijo mucho en los pies de los cadáveres, es una manía personal, porque los pies te dicen muchas cosas. La gente empieza a abandonarse por los pies; deja de cortarse las uñas, de cuidárselos… Hay muchas formas de abrir un cadáver. Aquí lo hacemos siempre con una incisión central, una incisión de arriba abajo, que deja al descubierto las dos cavidades, la torácica y la abdominal. Pero se puede hacer también en uve…

-¿Vamos a coger sangre? -pregunta Miqui.

-Sí -responde María Jesús-, sangre y humor vítreo. Yo me encargo del humor vítreo, que es muy importante para el examen toxicológico, y también para la data de la defunción…

El cine ha descrito lo que ocurre con la percepción de la realidad en las situaciones límite. Yo me encontraba en una situación límite, de ahí que todo, a mi alrededor, sucediera a cámara lenta. En cuanto a los sonidos y las voces, llegaban a mis oídos como si nos encontráramos en el interior de una campana que nos aislaba del mundo. Vi, en fin, cómo Miqui abría el cuerpo. Vi cómo entre entre él y Sonia retiraban las carnes con el gesto del que le abre la chaqueta a alguien dormido. Los vi inclinarse sobre la cavidad torácica -una auténtica caja- para extraer de ella, con curiosidad, las diversas piezas anatómicas (así se llaman, piezas anatómicas) de las que estamos hechos. Vi a María Jesús examinando cada una de estas piezas con la atención del que lee un texto con muchas oraciones subordinadas. La vi tomar un cuchillo largo, y muy afilado, y abrir los pulmones en busca de algo que justificara el fallecimiento. Hizo lo mismo con el hígado, con uno de los riñones, con el corazón…

La memoria ib a seleccionando también las expresiones más sorprendentes, por precisas, del diálogo que la forense mantenía con sus ayudantes: hábito externo, hábito interno, livideces, coágulos posmortales, presión torácica, humor vítreo, signo cadavérico, hematoma peritoneal… A veces, sonaba un móvil y se escuchaba una conversación que pertenecía al otro lado de la existencia, una conversación en la que se hablaba de cuestiones de orden práctico, porque el mundo no se había detenido frente a aquel extraño suceso. Intenté imaginar al primer muerto de la humanidad. Una vez vi un cuadro titulado así, El primer muerto. No recuerdo el nombre del artista, pero había pintado sobre la hierba, debajo de un árbol, un cuerpo bellísimo, ligeramente cárdeno, que tenía ya la calidad de bulto propia de quienes han dado el salto al otro lado. A veces, miraba la expresión del cadáver y me sorprendía su gesto de resignación. "Por mí, no os apuréis", parecía decir. No sabía cómo se llamaba, ni si tenía hijos, padres, ambiciones literarias o económicas, deseos colmados o sin satisfacer… Todo ocurría en un registro extrañamente onírico, incluidos los diálogos:

-Mira, está roto el pericardio por atrás. Ha sido un estallido.

-Sí, se ha muerto por aumento de la presión torácica, pero sin producir fracturas.

-Hazme una foto ahí.

-Estos pulmones están muy congestivos. Saca el corazón…

-Te iba a decir que, mientras tanto, fueras abriendo la cabeza…

De repente, una apelación al visitante:

-Mira, Juanjo, el riñón, qué bonito.

-El colon, un poco amarillo, ¿no?

-Está lleno de bilis.

-No saques el hígado entero, sólo quiero ver si está roto.

Empecé a observar la autopsia a dos metros del cadáver, pero poco a poco, atraído por el misterio irreductible de la carne, me había ido acercando a él, y ahora también yo me encontraba asomado a sus cavidades (asomado al abismo, podríamos decir).

-Estos puntitos rojos -me decía María Jesús mostrándome un corte del corazón- son característicos de muerte por asfixia.

Volveríamos a verlos en el cerebro, como diminutas manchas de sangre sobre la nieve. Las circunvalaciones, por lo demás, eran perfectas, simétricas. Estábamos, en fin, ante un cerebro que la forense calificó de "muy bonito".

-Si hubiera sido el cerebro de un enfermo de Alzheimer -añadió-, estaría todo mucho más desorganizado.

Cuando terminamos la autopsia, yo ya tenía un papel en ella. Podría presumir de haberlo conquistado, pero la verdad es que me lo había asignado el muerto. No pretenderé que se entienda esta afirmación, porque hay cosas inexplicables. Inexplicable fue, por ejemplo, que al salir a la luz -era uno de esos hermosos días fríos y soleados del invierno madrileño- tuviera hambre. Inexplicable fue que compartiera, en un restaurante de la sierra, un cochinillo asado -excelente, por cierto- con la forense. Inexplicable el golpe de optimismo orgánico que sentí cuando, al abandonar el restaurante, descubrí la nieve sobre los picos de las montañas próximas.

-No es tan inexplicable -me diría María Jesús-. Los forenses tenemos fama de ser muy vitales, quizá por contraste con lo que vemos cada día. Yo soy muy determinista, porque veo todos los días la intervención del azar. Hace poco hice la autopsia a una chica muy joven. Se había matado en un accidente de coche. Iba a esquiar, con otros amigos, en dos automóviles. En el que viajaba ella no fumaba nadie, por lo que a mitad de camino se cambió, metiéndose en el que tuvo el accidente.

Cuando volvía a casa me pregunté qué era el cuerpo, y no supe qué responderme. Podía decir qué era un automóvil, qué era una mesa, una silla, un bolígrafo, un semáforo, un policía, pero no encontré las palabras para definir el cuerpo, la posesión más cercana de cada uno de nosotros. Busqué en el diccionario. Decía así: "En el hombre y en los animales, materia orgánica que constituye sus diferentes partes". Pero si el cuerpo, pensé, fuera eso (o sólo eso), materia orgánica que constituye sus diferentes partes, ¿cómo explicar la pasión que sentimos por él cuando está vivo y el rechazo (cuando no el miedo) que nos produce cuando está muerto? Y si los labios fueran, tal como señalaba también el diccionario, "cada uno de los rebordes exteriores carnosos y móviles de la boca de los mamíferos", si fueran sólo eso, rebordes carnosos (precisión que provoca un poco de dentera), ¿qué interés tendríamos en besarlos, en morderlos, en abrirlos para alcanzar el fruto de la lengua, de la que la Academia dice que es un "órgano muscular situado en la cavidad de la boca de los vertebrados y que sirve para degustar, para deglutir y para articular los sonidos de la voz?".

Durante los siguientes días vi otra autopsia en la que comprobé, sin lugar a dudas, que la carne te decía menos cuanto más te acercabas a ella. Luego viajé a Barcelona para visitar uno de los mayores depósitos de cadáveres de Europa (y el más hermoso): el mercado de La Boquería. Me pregunté por qué aquel paseo entre cadáveres de toda clase de animales provocaba euforia en vez de pesadumbre. Por qué era tan hermoso un mercado cuando su materia prima principal era la muerte. Y cómo era el proceso por el que el cadáver deviene en un objeto deseable, en una cosa apetecible. Hablé con pescaderos, con carniceros, con polleros… Todos hicieron una autopsia del animal en el que eran competentes delante de mis ojos. Y todos se reían cuando les hacía caer en la cuenta de que traficaban con cadáveres.

-No, señor, no son cadáveres -me decían-, son cosas comestibles, y de muy buena calidad, muy ricas.

Algunos me ofrecían un trozo de su género, tan bueno que se podía comer crudo. Ninguno me dio la misma respuesta a las preguntas de qué es un cuerpo y qué es un muerto. Si hubiera sobre las sillas la falta de consenso que hay sobre los cuerpos, continuaríamos sentándonos en el suelo.

De vuelta a Madrid, fui a visitar a Ángel Gabilondo, rector de la Universidad Autónoma y catedrático de Metafísica.

-Profesor Gabilondo -le dije-, creo que su padre tenía una carnicería en San Sebastián.

-Así es.

-¿Y qué recuerdos guarda de aquellos cadáveres que colgaban de las paredes del establecimiento de su padre?

-Bueno, yo aquello lo recuerdo más bien como un mundo de colores, de relaciones, un mundo vivo, un mundo lleno de vida, donde no había miedo, ni sensación de pérdida y, por tanto, de ningún modo había la percepción de que estuviéramos ante algo muerto.

-Pero eso -le dije- es muy contradictorio, porque pasearse por un mercado es como pasearse en realidad por un depósito de cadáveres sobresaturado. Hay cadáveres a izquierda, derecha, de frente, detrás y, sin embargo, la sensación, cuando toda esa mercancía está bien colocada, es la contraria. ¿Cómo es el proceso por el que un cadáver se convierte en otra cosa?

-Creo -dijo- que lo que caracteriza a la muerte es la experiencia de la pérdida sin sustituto. En la medida en que algo pueda ser reemplazado por algo, no hay sensación de muerte. La idea del mercado es una idea de repetición, de reiteración, de sustitución de productos que se cambian unos por otros sin ninguna sensación de pérdida, y por tanto no hay experiencia de la muerte. En la medida en que algo es reemplazable, no hay muerte. Mi padre vendía 50 corderos, y al día siguiente llegaban otros 50.

-Pero un muerto, con independencia de que sea reemplazable o no, es un muerto…

-Sí, pero lo que importa es la relación que uno tiene con él. En sí mismas, las cosas no son nada. Son relación o, dicho en términos más claros, son relato, es decir, el relato. Para el asesino, la víctima no es algo insustituible. A veces me llama la atención cuando en la televisión dicen que en un accidente ha habido sólo un muerto. ¿Sólo un muerto?, me pregunto yo. Eso se debe a que hay una cierta sensación cuantitativa de las cosas, mientras que la idea de la muerte es la pérdida de alguien sin sustituto. La pérdida de un hijo, por ejemplo, deja una herida, un vacío que no se puede sustituir con nada, una herida con la que podrás negociar, pactar, una herida que sobrellevarás, pero que te constituirá.

-¿Y qué es un cuerpo?

-Bien, lo primero que diría es que comparto la opinión de quienes creen que un cuerpo no es, desde luego, algo absolutamente visible. Descartes se empeñó en hacernos creer que el cuerpo era visible. Lo denunciaron los vecinos porque tenía un piso donde metía cadáveres y olía a muerto. Tenía la obsesión de que abriendo cadáveres iba a encontrar el principio de la vida. Sin embargo, Montaigne, Molière y tantos otros dicen que el cuerpo no es visible, que el cuerpo es legible y que, para comprenderlo, lo que hay que hacer es una lectura… La reducción del cuerpo a la visibilidad es muy insensata y muy incompleta, y no estoy diciendo con esto lo que es un cuerpo, sino lo que no es. Un cuerpo no es aquello que nosotros vemos, no se agota en lo que vemos.

-Esto es interesantísimo, profesor, porque da respuesta a algo que me ha sucedido. He visto estos días dos autopsias de seres humanos, pero he visto también infinidad de autopsias en el mercado. He llegado, literalmente, al tuétano de algunos animales, es decir, a lo más profundo, y no salía de allí con la sensación de saber más. La carne se torna más silenciosa cuanto más te acercas a ella.

-Es que cuando uno ha hecho la experiencia de que le puede doler el dolor del otro, pero doler físicamente el dolor del otro…; cuando uno ha hecho la experiencia de que la pérdida de alguien es una pérdida propia…; cuando a uno le duele físicamente la injusticia o la pobreza de los demás y le duele en el cuerpo…; cuando uno tiene, diría incluso, dolores de palabras, es decir, que no duerme por una palabra que no viene, que… , entonces uno empieza a darse cuenta de que la reducción del cuerpo a la visibilidad es de una falta de materialidad extraordinaria, porque los estoicos hablan del materialismo de los incorporales, y son los estoicos… Yo creo que esta materialidad de lo que llamamos incorporal es muy importante, y de ahí la experiencia enigmática de que, una vez acabado tu cuerpo, tu forma de vida ha quedado diseminada en otros. Cada uno lo llama de un modo (el honor, la gloria, los hijos…), pero son formas de pervivir o perdurar que no son supervivencias en otros mundos, sino en éste, sobrevivirse en éste.

-¿Y qué es un muerto?

-Un muerto es siempre algo. Ya sé que decir esto parece poco, pero desde luego no es alguien. Es algo de alguien y, en cierto modo, la memoria de alguien en algo (…). Un muerto es el anticipo de una desaparición, pero es, aún, el anticipo de una desaparición. No es alguien desaparecido; es alguien hecho algo.

La conversación con el profesor Gabilondo había sido muy iluminadora. Ahora sabíamos algo más acerca de lo que era un cuerpo, de lo que era un muerto. Comprendimos también que habíamos cometido el error de Descartes: mirar hacia donde no debíamos. Pero no dejaba de resultar extraño que para ilustrarse acerca de asuntos tan cotidianos, tan de todos los días, tan de andar por casa, hubiéramos tenido que desplazarnos a una universidad y sacar a un profesor de Metafísica de su clase, lo que significaba que parte del misterio continuaba sin explicar. Quizá por eso continué frecuentando la compañía de María Jesús Buitrago, esperando que me contagiara algo de la naturalidad con la que ella se relaciona con los cuerpos, con los muertos, con la carne. Un día, mientras comíamos en un restaurante argentino (de carnes, claro), le conté todo este gasto de energías. Le dije que había estado dos días dando vueltas por un mercado, que había pedido a los tenderos que me hicieran autopsias de sus productos, que me había entrevistado con curas, con niños, con jóvenes, con filósofos, en busca de una respuesta satisfactoria a las preguntas de qué es un cuerpo, qué es un muerto. Creo que le hizo gracia aquel derroche de energías. Como tiene un temperamento tan saludablemente práctico, me dijo que un muerto, para ella, era salir corriendo a levantar el cadáver.

-¿Y el cuerpo? -le pregunté- ¿Qué es el cuerpo?

-¿El cuerpo? Lo que nos sirve para estar.

Este reportaje también se puede ver en televisión. Canal Plus emitirá 'Autopsia. El mundo de Millás' el próximo día 1 de mayo a las 23.35 horas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de abril de 2006