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COLUMNISTAS

Los defensores contraproducentes

De la misma manera que hay elogios envenenados y amigos que nos perjudican, hay cosas a las que con frecuencia les salen defensores contraproducentes, y entre las que más los padecen están el libro y la lectura, cuya muy esforzada fiesta se celebra hoy, más o menos. Soy lector voraz desde la infancia, y si algo lamento de escribir yo libros, es que hacerlo me quite tantísimo tiempo para leer los de otros: por cada página a mí debida (que tantos agradecerían que me ahorrase), dejo de disfrutar unas cincuenta ajenas, y quizá es un cálculo optimista. Con los elogios dañinos lo tiene uno claro: a mí me preocuparía mucho y me llevaría un gran disgusto si un día los recibiera, cómo decir, de Sánchez Dragó o Trapiello o Jiménez Losantos (por suerte no hay peligro), y anduve muy feliz y "corroborado" cada vez que Campmany, el columnista franquista, me dedicaba algún insulto, significaba que estaba en la buena senda. Con los amigos perjudiciales el asunto es más confuso, porque al fin y al cabo son eso, amigos, y uno no puede por menos de ver la excelente intención que los anima cuando nos ponen sin querer en un brete o no nos dejan respirar con sus solicitaciones. Con los defensores que hunden, la cuestión es aún más ardua, porque no va uno a abandonar, por su culpa, lo que le parece magnífico y le proporciona placeres y saberes sin cuento, pero tampoco puede hacer caso omiso de los tiznones que sobre ello arrojan esos paladines con sus obviedades, sus lugares comunes, sus cursilerías y su actitud mendicante, por no decir casi ceniza.

"Deberían ser más arrogantes, exhibir más seguridad"

Si alguna vez me veo tentado de moderar mis lecturas y espaciar los libros -renunciar a ellos no es posible-, es precisamente por estas fechas, cuando arrecian los plantos sobre su destino amargo. Se organizan congresos quejumbrosos, escribimos despechados artículos, se dedican tristes suplementos para lamentar la situación, y los argumentos no varían y son siempre absurdos: se lee tan poco en España, donde se publica tanto, por la desleal y horrible competencia de la televisión, de Internet, del cine, del botellón, de los vídeojuegos y de las playstations, si es que estas últimas dos cosas no son la misma, que lo ignoro y ustedes perdonen; la sociedad se analfabetiza progresivamente, cada vez más jóvenes son incapaces de entender y digerir un texto por sencillo que sea, cada vez más adultos andan embrutecidos por la plaga del fútbol o por la del chismorreo sobre desconocidos que ni les van ni les vienen, la red de bibliotecas es una porquería, los medios de comunicación de masas apenas se ocupan de la literatura o la ponen en manos, durante lustros, de lectores tan garrulos y gárrulos como el susodicho Dragó y así no hay quien atraiga sino quien ahuyente…

Yo no veo apenas diferencias respecto a tiempos pasados, o si las veo son a favor de los libros. La gente olvida o ignora que autores que hoy nos parecen indiscutibles (Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, por no hablar de los poetas) solían vender mil o dos mil ejemplares de sus obras a lo largo de varios años, o que Faulkner tuvo que empezar Santuario con una escabrosa violación con mazurca de maíz -y seguir luego en plan parecido- para ver si los lectores le hacían maldito el caso. Quienes hoy se apalancan ante la televisión y demás, ayer se habrían ido al casino, a los espectáculos de variedades, al circo, a tomar chatos y jugar dominó o a pasear por las explanadas (hoy no hay sitio por el que pasear alguno, en Madrid al menos, y eso debería fomentar la lectura). Antaño no había campañas institucionales que instaran a leer a la gente, lo cual, dado como suelen ser de deprimentes, probablemente era una ventaja. Y lo que desde luego no había es esa continua y fastidiosa queja que resulta contraproducente, ya digo. Un producto cuyos artífices lloriquean no resulta nada atractivo; un gremio que mendiga compradores, sin ningún orgullo, da la impresión de estar derrotado; vulgaridades como las que he leído estos días ("lo que hace la literatura es acercarnos a otros modos de amar, de vivir, de sentir", según un conocido crítico que se rompió la frente) no invitan a abrir volúmenes, sino que disuaden; lamentar que no se lea y a la vez deplorar que se lea, si lo leído son bodrios como El código Da Vinci y demás enigmas idiotizantes, es un ejercicio de hipocresía que no favorece a los defensores de las letras, quienes parecen estar pidiendo que se los lea a ellos o a sus recomendados y no que se adquiera el hábito; propugnar la obligatoriedad de la lectura a los más jóvenes resulta de por sí antipático y equivale a reconocer una impotencia, un fracaso. Mejor sería persuadirlos.

Los defensores del libro deberían ser más arrogantes, exhibir más seguridad, presentarlo como algo envidiable que no está al alcance de cualquiera (sí económica, pero no intelectualmente), y hasta atreverse a compadecer a quienes no lo frecuentan, pobres y disminuidos diablos. Nada atrae tanto como lo que se muestra indiferente y aun desdeñoso, se hace de rogar, se pone difícil. No sé, tal vez esto tampoco sirva, pero, vistos los efectos de la actitud contraria, de la pedigüeña, tristona, resentida y sórdida, es al menos una idea. Aunque sea antigua.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de abril de 2006