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Entrevista:EDUARDO MENDOZA

El escritor de la ciudad prodigiosa

Ha colocado Barcelona perfectamente situada en el atlas literario. Eduardo Mendoza ha narrado la vida de la ciudad desde todos los frentes y épocas. Ahora es también el escenario de su última novela, 'Mauricio o las elecciones primarias', cuya acción transcurre en los años ochenta.

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) saca Mauricio o las elecciones primarias (Seix Barral), una novela "de las gordas", por encima de las 300 páginas. Las novelas gordas de Mendoza constituyen unos hitos tan regulares como singulares en la vida literaria española de los últimos 40 años. Abrió el fuego en 1975, pocos meses antes de morir Franco, La verdad sobre el caso Savolta (382 páginas), historia de industriales y anarquistas ambientada en la Barcelona un poco posterior a la Gran Guerra. Siguió en 1986 La ciudad de los prodigios (394 páginas), la historia del meteórico ascenso social de Onofre Bouvila entre las dos grandes exposiciones barcelonesas de 1888 y 1929. Una década más tarde apareció Una comedia ligera (383 páginas), retrato quieto de la Barcelona de los años cincuenta protagonizado por Carlos Prullás, un señorito de familia acomodada con cierta tendencia compulsiva a meterse en líos. Y ahora llega Mauricio o las elecciones primarias (365 páginas). El tal Mauricio es un dentista dividido entre la ilusión de cambiar el mundo, el desencanto por no conseguirlo y la enorme pereza que resulta de la combinación de una y otro. La acción en este caso se desarrolla entre la Barcelona que ha vuelto a sorprenderse con la segunda victoria de Jordi Pujol en las elecciones autonómicas de 1984 y esa otra ciudad que el 17 de octubre de 1986 escucha incrédula cómo uno de sus hijos más prodigiosos, Juan Antonio Samaranch, a la sazón presidente del Comité Olímpico Internacional, la proclama sede de los Juegos Olímpicos de 1992.

"La metáfora del dentista que alivia el dolor me ha servido para explicar la pérdida de inocencia social y política"

Poner a Barcelona en el atlas literario de las ciudades ha supuesto para Eduardo Mendoza poco menos que un vía crucis. A cada estación reniega del proyecto, resopla por las obligaciones que impone la promoción y repite que no habrá una próxima vez. Así sucedió hace 10 años, cuando, tras la aparición de Una comedia ligera, manifestó a este diario que "la novela de sofá" había muerto y se montó un pollo considerable en el ambiente literario. Ahora se muestra más prudente, pero acusa igualmente el esfuerzo de volver a publicar más de 300 páginas de golpe. Dice que Mauricio… debía formar parte de una trilogía, pero que no sabe si será capaz de llevarla a buen puerto. No cuesta mucho adivinar qué otras etapas barcelonesas se habría propuesto cubrir Mendoza: falta por narrar la Barcelona olímpica y la de la gran depresión subsiguiente. Todos los dedos le señalan como el mejor dotado para la empresa, pero él se resiste; hace como si mirara para otro lado, como si fuera "uno de esos protagonistas míos sin personalidad, sin carácter". Con su característica acidez posparto, así ha definido al nuevo protagonista de la historia.

Sin embargo, se diría que a este personaje le tiene bastante más cariño que a Bouvila o Prullás.

A éste le quiero mucho, sí, me identifico más con él.

Es un buen profesional y también una buena persona.

Le gusta su trabajo, pero siente que ello no basta para presentarse ante la historia. Pertenece a una generación con una responsabilidad histórica, pero no consigue justificarse a sí mismo, a pesar de que realiza un trabajo útil por el que además le pagan bien. Éste es el problema.

¿El problema?

Nos pasamos el día pidiendo justicia, y por hacerlo nos pagan en abundancia. Hay un conflicto moral absurdo en esto, que el otro día veía reflejado en la ceremonia de concesión de los Oscar. Muchos hacen allí un discurso de denuncia, cuando ganan millones de dólares por trabajar un mes y medio. El conflicto ético personal circula al margen de las reivindicaciones colectivas en las que estamos metidos a nivel local, nacional, europeo, cristiano, musulmán… Me interesaba esta disociación.

Como ya hizo en 'Una comedia ligera', vuelve a escoger una época y unos personajes ajenos a toda épica. Montar una novela sobre un cañamazo tan poco dramático parece mucho más difícil que hacerlo, por ejemplo, sobre los perdedores de la Guerra Civil.

En la década de los ochenta se llevó a cabo una gran reforma, el país vivió un cambio; pero no fue un cambio espectacular, sino de fondo. Se vio enseguida que íbamos hacia una realidad muy juiciosa y ordenada que nada tenía que ver con aquel sueño de libertad y justicia que una generación había acariciado de manera un poco infantil. Es en efecto una época muy plana, como en dos dimensiones, sin relieve. Nunca documentándome en la hemeroteca me había aburrido tanto como en esta ocasión.

De hecho, usted da a la célebre frase de Samaranch "… à la ville de… ¡Barcelona!" un carácter de fin de trayecto, de liquidación de la utopía.

Para mí, ahí se acaba el gran sueño. Es el momento en que se viene a constatar que ya no haremos la revolución pendiente, sino deportes, diseño, un urbanismo civilizado, todo eso. Me gustará ver cómo lee este relato la gente joven, la que nació en los ochenta, si es que lo lee. Al margen de si les gusta o no, sé qué lectura harán los de mi generación: verán un referente de sus propias vidas; aunque no lo compartan, sabrán de qué les hablo. Pero para los jóvenes será historia antigua.

No le ha ido tan mal con los jóvenes. 'Sin noticias de Gurb' le ha proporcionado un ejército de lectores noveles.

Es lo mejor que he hecho en mi vida, eso me ha abierto muchísimas puertas. No hace mucho di una charla en Polonia, donde al parecer hay cierta saturación de novelas históricas. Ellos no podían entender que yo me empeñe en seguir en el género serio cuando ellos lo que más apreciaban es Gurb, El laberinto de las aceitunas o La cripta embrujada.

Bueno, tras 'Mauricio…', ahora podrá escribir algunas de estas "obras menores", como usted las llama. Tiene 10 años buenos para ello. En todo caso, usted del cambio de género ha hecho virtud.

Necesito ciertamente un cambio de aires, tal vez escribir por fin la comedia de Prullás, Arrivederci, pollo. Con una novela de 300 páginas siempre tienes la sensación de que escribes 290 en muy poco tiempo y que luego te pasas años con las 10 últimas, que no son 10, claro, porque cada cosa que tocas te obliga a reformarlo todo. Y eso es muy, muy cansado.

Los personajes son todos ángeles caídos. Y de hecho, su novela incluye un prólogo y un epílogo que hablan de ángeles y de una generación de gigantes cuya desaparición llora un reducto de incondicionales.

Dudé mucho en poner ese inicio y ese final. Todo se sustentaba sobre una capa de hielo tan fina que en cierto modo necesitaba metaforizar, darle cierto espesor ejemplificador a la historia. Los gigantes son las grandes ideologías caídas, y sólo un grupo de nostálgicos parece echarlas en falta.

¿Y el título? Es sabido que encontrarlo también suele costarle.

Mucho. Buscaba dos títulos, un título general y otro particular. El que finalmente lleva es el particular, que se tendrá que justificar si finalmente este libro queda en una novela sin continuidad. El título hay que verlo escrito; por ahora sólo lo he oído, y aún no me he acostumbrado. Es como cuando le pones el nombre a un hijo: hasta que no lo identificas te cuesta llamarlo.

'Mauricio o las elecciones primarias' es una novela de diálogos en la que Barcelona aparece como un fondo difuso que progresivamente ocupa el primer plano.

Quería continuar la historia de Barcelona como protagonista, porque creo que las ciudades se han convertido en las grandes protagonistas de nuestras vidas. La misma historia personal no puede vivirse igual en Londres que en Nueva York, Barcelona, Roma, París o Sevilla. La ciudad es hoy el protagonista colectivo.

Y 1992 marcó sin duda una inflexión en el protagonismo de la ciudad.

Antes de la proclamación olímpica teníamos una ciudad marginal, lo cual le proporcionaba ciertas dosis de creatividad, justamente porque nadie le hacía caso y cada cual hacía y decía lo que le parecía. Cuando se convierte en ciudad protagonista, en portavoz de una modernidad y de una forma de entender la vida, toma conciencia de que debe organizarse de otro modo. Por eso justamente pensaba yo que esta novela debería tener continuidad, porque de hecho me quedo a las puertas de esta transformación. En fin, ya veremos.

La ciudad, como usted la describe, es el lugar donde pueden entrar en contacto sin rozarse realidades dispares, a menudo en conflicto. En cierto modo, es la herencia que ha dejado 'La vida privada', la gran novela de Josep Maria de Sagarra. Su nueva obra se mueve entre el barrio alto de Sarrià y el suburbio de Santa Coloma, pasando por sórdidos bufetes de abogados y lujosos hoteles ginebrinos donde se realizan transacciones inconfesables. Es una novela de iniciación.

La protagonista de la novela, efectivamente, descubre a la vez el mundo del sida y el de la droga junto con los ambientes del lujo internacional. Aparentemente, Ginebra es un mundo falso, pero ella descubre que es tan real como el de Santa Coloma. Ambos son lugares donde pasan las cosas.

El sida es desde luego el gran asunto de la década de los ochenta. Usted recrea perfectamente la zozobra social que genera su diagnóstico.

Es que fue otro de los gigantes abatidos. Resulta que el gran sueño de la libertad sexual acabó en condena de muerte por obra y gracia de esta enfermedad. A partir de ahí, Dios existe, y es como el que salía en Los diez mandamientos: un juez implacable, que no es ninguna broma ni abstracción.

Hay un momento sorprendente del relato en que la acción se desplaza a Israel, y se discute de todo esto, de la diferencia entre el dios monoteísta, solo, aislado y vengativo, y el politeísmo que parece humanizar las relaciones entre las divinidades.

Esta incursión hacia un mundo lejano como Israel puede inducir a cierta perplejidad. Porque además en la novela llega de la mano de una tediosa comida de Navidad, en que empiezan a explicarse chistes de judíos y catalanes que animan la reunión. Creo que la globalización, o cierta globalización, arranca en los años ochenta, e Israel, el Estado de Israel, representa otro fracaso, el de la utopía que encarna el kibutz. En Cataluña ha habido desde siempre una gran corriente de simpatía hacia Israel, que encarnan articulistas como Pilar Rahola o Joan Culla.

Pero su personaje no hace ninguna profesión de nacionalismo. Parece como si siempre estuviera de paso, y que tanto podría acabar sus días en Tel Aviv como en Londres.

Como todos. Londres puede ser mucho más mi patria que el lugar donde he nacido. Yo me siento nacionalista de Manhattan, por más que mantenga mi fidelidad a Cataluña, España o Barcelona. En Manhattan soy nacionalista de mí mismo.

Finalmente, el gran desencanto que su novela escenifica es el de la política. Mauricio, el joven dentista, se toma en serio las elecciones de 1984, colabora en los mítines socialistas, está decidido a aportar su esfuerzo para cambiar las cosas.

Supongo que lo que nos ha pasado es que la política ha desaparecido como gran utopía y ha quedado como gestión, como garantía de que todo funcione de manera más o menos razonable. Hoy si te pasa algo en la calle te llevan a un hospital y te atienden bien, si vas a un juzgado con una reclamación encontrarás a alguien que te hará más o menos justicia, etcétera. Y como que todo esto funciona, la política puede permitirse cierto juego de tablero.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, el Estatuto de Cataluña. Es un texto que a mi entender mejorará las condiciones de vida en Cataluña, hará que la administración sea más eficaz. Pero esto se acompaña del politiqueo de salón, del juego en que unos pactan y otros quedan fuera del tablero, como le está ocurriendo a Esquerra. Hace unos años eran Anguita y el PP quienes hacían la pinza al PSOE. Eso a Anguita le costó la carrera, ha desaparecido del mapa.

El otro día salió en televisión.

Parece más antiguo que Godoy. En su momento, Anguita también era real, pero luego cambió el tablero y se volatilizó. Eso da pie a preguntarse: ¿cómo veremos dentro de unos años a Aznar? Es probable que su célebre "váyase, señor González" nos vaya sonando cada vez más a "si vas a Calatayud, preguntas por la Dolores": pura maniobra sin contenido, pura estrategia electoral. El lenguaje político cambia mucho si las elecciones han de suceder dentro de un año, de tres o de dos meses. Eso quiere decir que las ideas, los principios, quedan por detrás de las estrategias. Lo cual no quiere decir que todo sea nefasto: la gestión funciona, hay buenos profesionales ocupándose de ello.

Pero las expectativas puestas eran muy superiores.

Diferentes, yo diría. Se vive mejor, hay bares que hacen unas tapas fantásticas y unas peñas futbolísticas que pasan el día dándose la bronca. Todo estupendo. Es peligroso decirlo, pero hay un momento en que los problemas personales pasan por delante de los sociales. Ni las pateras, ni la inmigración, ni la marginalidad, ni los mineros de Asturias de otros tiempos pasan nunca por delante del problema concreto del barrio o de la familia.

Usted no renuncia, sin embargo, a mirar asuntos tan graves con una mirada corrosiva que provoca hilaridad. Cuando, por ejemplo, manda a la pareja protagonista a El Corte Inglés para seleccionar un regalo de una lista de boda.

Bueno, es que en esa época nos pasaban estas cosas, vivíamos con todas estas contradicciones a cuestas: después de leer a Althusser tocaba ir a unos grandes almacenes para agenciarte 12 platos de desayuno que no se salieran de tu presupuesto.

Aunque uno siempre llegaba tarde, cuando en la lista ya quedaban pocas gangas.

Sí, un encendedor de mesa, unos candelabros, una figura de porcelana, en fin… Te veías a ti mismo en el trance y te preguntabas si eras realmente tú el que estabas allí y si el tipo que creía en Mao era otra persona.

Toda esta realidad surge en su novela a través de los diálogos, unos diálogos muy ligeros y espumosos.

Siempre me han gustado los diálogos, de ahí mi dedicación al teatro. Pero es que además en este caso no tenía otra escapatoria. La hemeroteca de ese periodo, insisto en que es muy aburrida. Es el momento en que empezamos a normalizarnos, 10 años después de la muerte del dictador y ya pasada la intentona de Tejero. Me lo paso bien, especialmente, escribiendo diálogos de mujeres. Clotilde, la protagonista, lucha por conseguir un reconocimiento profesional en medio de muchas dudas. Hoy ese objetivo está prácticamente asumido, pero en ese momento exigía esfuerzos enormes.

Tanto las mujeres como los hombres se esfuerzan por ser buenos profesionales en esta novela. Acaso esto es lo que en parte motiva esta normalización sin épica que conoce España a partir de los años ochenta.

Es muy probable.

Por cierto, Mauricio es médico estomatólogo. Una novedad en su literatura, que nos tenía más bien acostumbrados a industriales con más o menos escrúpulos, generalmente menos.

Bueno, los médicos suelen ser grandes lectores. Esto me interesa, y siempre que hablo con amigos médicos les pregunto por qué una profesión que les pone tan en contacto con las interioridades del cuerpo humano, les lleva luego a devorar libros, ya sea novela o poesía. Supongo que es por un mecanismo de evasión. A mí me parece que los médicos son mejores lectores que aficionados a la música.

Y ya puestos, convierte a su dentista en un gran lector, ni más ni menos que de Goethe.

Sí, el propio título de la novela es goethiano. No sé, supongo que necesitaba darle una afición que le elevara por encima de sus preocupaciones profesionales y vitales.

Hay un momento de la novela en que Mauricio se queja de que su oficio no pueda dar nunca motivo de conversación en una velada de amigos, mientras que sí puede darlo el caso de un abogado o la trama de un escritor.

Yendo al dentista y viendo las fotografías de patologías dentales de las que frecuentemente se rodea pienso en lo entusiastas que son estos especialistas en medio de tantas enfermedades y deformaciones. Es su objeto de estudio y lo abordan con auténtica pasión. A veces pienso que el correlato para un escritor sería tener en su estudio, enmarcadas, frases sintácticamente mal construidas, sustantivos defectuosos, adjetivos mal colocados, etcétera. Por lo demás, la metáfora social del profesional responsable que cumple con su cometido y se dedica a aliviar el dolor de los demás me ha servido como contrapunto a la pérdida de inocencia social y política que quería explicar.

Aparte de la construcción de un mundo, que es de lo que hasta aquí hemos hablado, hay también la construcción lingüística, esa capacidad suya para recordar expresiones de aquel momento, luego caídas en desuso. O de introducir expresiones andaluzas o catalanas en su castellano, algo que a los demás nos ha preocupado mucho y que usted siempre se ha tomado a guasa.

Recojo de la calle, eso es todo. Tengo mucha memoria auditiva. Desde luego no la tengo visual, ni para recordar cifras y detalles incluso de cosas que he estudiado. En cambio, cosas que he oído decir aquí y allá, incluso, pongamos, una frase que oí cuando tenía ocho años en un autobús y me llamó la atención, ahora la puedo reproducir con exactitud.

Oído fino para la lengua, quizá eso le venga de cuando hacía traducción simultánea para la ONU.

Seguro que la ejercité allí, pero ya me venía de antes. Sí, tengo oído. Pero así como a los músicos esta cualidad les sirve para algo importante como hacer música, a mí me sirve para la tontería de reproducir las frases que he oído…

… que no es ninguna tontería, y que de paso sirve para fijar un registro de escritura…

Bueno, se trataría de un registro notarial-coloquial, y supongo que esto sí lo aprendí cuando me dedicaba a la interpretación. Es un poco la virtud de los que saben hacer imitaciones. Hay gente especialmente dotada para ello. Gente que saca una voz espectacular y lo hace muy bien cuando imita a Pavarotti, pero que cuando canta por su cuenta no tiene ni la más remota idea.

También habrá otras fuentes.

El entorno familiar, sin duda. Mi hermana [Cristina Mendoza, directora del Museo de Arte Moderno, integrado en el Museo Nacional de Arte de Cataluña] y yo podemos emplear un vocabulario que hemos escuchado a la abuela y que entre nosotros podemos utilizar, pero que sorprendería a quienes nos escucharan. Cuando están dentro de su clan, las personas tienden a emplear sus propios tótems lingüísticos. Entre hermanos es muy frecuente que recuerden los giros de una tía que de pequeños les daba mucha risa.

Llegamos a la parte inevitable de esta entrevista. Hace 10 años, cuando apareció 'Una comedia ligera', usted dijo que la novela estaba agotada como género, pero no podrá negar que ha vuelto a las andadas.

No lo puedo negar. Pero yo creía que estaba agotado un modelo de novela.

¿Cuál? ¿El de "la señora marquesa salió de casa a las cinco en punto"?

Precisamente. Pero es que la realidad se resiste a adaptarse al diagnóstico, la condenada. Seguramente, gracias a aquellas declaraciones y al lío que se montó, todo el mundo tiene conciencia hoy de que la novela de sofá está agotada, y por eso puede contar con una segunda vida, que es la de los muertos vivientes. Ahora incluso una novela que empiece con "La señora marquesa salió de su casa a las cinco" puede tener su lugar por el hecho de ser un anacronismo, de jugar a la contra de la imposibilidad de esa novela. Yo creo que no fuimos del todo desencaminados, visto el tipo de novelas que se ha impuesto en esta década.

En aquella ocasión se mostró muy contundente. Bien es cierto que acababa de terminar una novela de más de 300 páginas, y eso le daba cierta licencia para matar; pero es que dijo: "Todo lo narrativo se ha vuelto frívolo. Esto no implica una consideración moral, sino simplemente literaria. Lo que no plantea problemas importantes no es viable literariamente". Se comprende que los colegas se alarmaran.

A ver si esta vez me explico mejor. Yo quería decir que la novela como pura ficción está muerta y bien muerta, que la novela es hoy inviable si no establece un contacto y un contrato con la realidad, aunque esté planteado literariamente. La novela que se escribe hoy es medio ficción, medio periodismo, medio ensayo. El caso emblemático de este periodo es Soldados de Salamina, una novela con personajes de ficción que es a la vez un reportaje periodístico y una investigación histórica de determinados hechos. Me parece que no fui tan desencaminado.

Usted, de hecho, siempre ha construido sus novelas sobre una profusa documentación en las hemerotecas.

Es que, si no es así, me parece que entonces no se hacen novelas, sino simplemente efectos especiales.

¿Como 'El código Da Vinci'?

No, eso no llega a la categoría, porque pueden ser efectos especiales muy logrados. El ejemplo que me viene a la cabeza no es literario, sino cinematográfico: King Kong. Puede gustarte más o menos, pero a nadie engaña, sabes qué vas a ver. Si luego resulta que tú ves en esa película una gran metáfora y te enamoras a partir de ella, es tu problema, no el de la película.

¿Hay, pues, un plus que la novela de hoy debe dar al lector?

Creo que sí. La novela del siglo XIX que buscaba la identificación con el lector, hoy, desde mi punto de vista, debe ofrecer un componente de realidad histórica, local y material muy concreta. Y en este sentido, sí que la novela-novela, la de "me gusta que me expliquen una historia", ya no funciona. A todo el mundo le gusta que le cuenten historias, pero sobre todo a todo el mundo le gusta explicarlas, que no es lo mismo. Ya desde pequeños tenemos la tendencia a agarrar el micro y a no soltarlo.

Hay otro ejemplo reciente de este plus histórico que usted reclama. La película de George Clooney 'Buenas noches y buena suerte', sobre la 'caza de brujas' del senador McCarthy.

Precisamente. Es buenísima, da mucha información sobre un mundo que ya no existe. Yo asistí a la desaparición de esos talk-show cuando residí en Nueva York [entre 1973 y 1982]. Era el periodismo de verdad llevado a las salas de estar de los hogares, un auténtico referente que la gente comentaba en la oficina a la mañana siguiente. Luego la televisión se convirtió en mero entretenimiento y perdió su función de informar.

Eso no llegamos a verlo aquí en España.

No, porque aquí con la televisión pasamos sin transición del salvajismo de la televisión franquista a la decadencia que la convirtió en mero entretenimiento y publicidad. Yo llegué a Estados Unidos cuando la televisión daba en directo el impeachment y la dimisión de Richard Nixon. La gran diferencia con el país que dejaba atrás es que la gente estaba enganchada a esa realidad política que se retransmitía en directo como si fuera un partido del Barça. Y no lo era. Era política.

La nueva obra del escritor Eduardo Mendoza, 'Mauricio o las elecciones primarias', editada por Seix Barral, saldrá a la venta la próxima semana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de marzo de 2006