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Entrevista:PHILIP ROTH

La invención de lo posible

Brillante e irónico. La inventiva de este autor, uno de los mejores, roza lo imposible, como en su última novela, donde fabula sobre unos Estados Unidos antisemitas, en sintonía con el nazismo y Hitler. De su literatura, sus mitos y su territorio habla en esta conversación entre escritores.

En el umbral de la oficina donde llevo un rato esperando aparece sin previo aviso Philip Roth con un vaso de agua en la mano. Alto, enjuto, en forma, con un pantalón de lona y una camisa azul; recién llegado a la ciudad desde su casa en el campo, una granja antigua rodeada de grandes árboles que aparecía al fondo de la foto que se publicó hace unos días en The New York Times. El periódico le dedicó un reportaje de primera página en el cuadernillo de las artes porque acaban de publicarse los primeros dos volúmenes de sus obras selectas en la Library of America, que es quizá la gloria máxima que se concede a un escritor en Estados Unidos. Él es el tercer autor cuyas obras se publican en esa biblioteca estando todavía vivo: antes que él sólo le había sucedido a Eudora Welty y a Saul Bellow, pero ella tenía 97 años, y Bellow, más de 80.

"La literatura de los escritores judíos americanos no tiene que ver con su religión, sino con su región, el lugar donde han vivido"

"Cuando eliges irte para huir de la persecución o la miseria, es el exilio. ¿No es eso lo que les ha pasado a los de Nueva Orleans?"

Roth tiene 72, pero en persona parece mucho más joven que en las fotografías. Las fotos exageran la severidad de sus rasgos, la negrura de sus cejas pobladas. Le dan con frecuencia un aire de tensión defensiva que no tiene en persona. "Philip es como un soldado en las trincheras", me ha dicho alguien que le tiene mucho afecto y le conoce muy bien: un escritor dedicado en cuerpo y alma y exclusivamente a la literatura, ocho horas al día, siete días a la semana. Alguien que desde su primer libro tuvo que aprender a defenderse de ataques feroces, y que, sin embargo, ha escrito siempre lo que le daba la gana, burlándose, literalmente, de lo más sagrado; creando personajes desaforados y carnales, y familias ruines o grotescas que eran la antítesis de los modelos aceptables de la vida judía norteamericana. "¿Qué se está haciendo para callar a este hombre?", cuenta que exclamó un rabino célebre al poco de aparecer su primer libro de relatos, Goodbye, Columbus, donde había un cuento cuyo humorismo provocó las iras de muchos judíos. "Eran ataques muy agresivos", recuerda, con la distancia apaciguadora del tiempo, "porque es muy cruel para un judío que lo llamen antisemita; especialmente entonces, en los años cincuenta, cuando la guerra y el Holocausto estaban todavía muy cerca. Para conceder a mis enemigos el beneficio de la duda, debo decir que aquélla era una época en la que los nervios de los judíos estaban a flor de piel, por todo lo que había pasado tan poco tiempo atrás. Y toda aquella ira cayó sobre mí".

Escuchándole recuerdo algo que escribió en un ensayo en los años sesenta: "Muy pronto tuve que aprender a defenderme y que aprender a explicarme". Algo de esa belicosidad en guardia se trasluce en sus fotografías, pero está ausente de su presencia. Quizá los años le han serenado, como sugería el reportero de The New York Times: los años, los honores -sonríe y pasa a otro tema, quizá con un reflejo de pudor, cuando le menciono los dos volúmenes recién aparecidos de la Library of America- y el reconocimiento crítico universal que alcanzan sus libros de la última década, una sucesión asombrosa de novelas cuajadas de ambición y verdad, ricas de inventiva, habitadas por personajes memorables. Le leo unas palabras que él atribuye a su álter ego más asiduo, Nathan Zuckerman: "Si hay algo que puede acabar con una carrera literaria es el perdón afectuoso de nuestros enemigos naturales". Roth escucha con curiosidad y sonríe, reconociendo lo que escribió hace mucho tiempo y quizá no recordaba: "Si uno vive lo bastante acaba viendo pasar junto a su puerta los cadáveres de sus enemigos".

En lo que no mienten las fotos es en la intensidad de la mirada. Es una mirada poderosa, directa, sin parpadeos, adiestrada en una observación hambrienta de detalles, de todos los detalles posibles del mundo real y de la experiencia humana que luego dan a sus novelas una sugestión apasionada y hasta cruel de autenticidad: "La multitud de los detalles es lo que da la sensación de realidad en la literatura", dice, moviendo las manos como si moldeara el aire, como si pudiera tocar con los dedos esa rica textura material que hay siempre en lo que escribe, "y el detalle es un alegato contra la generalización. La novela en sí misma es una rebeldía contra las generalizaciones. Por eso no hay nada más ridículo que teorizar sobre la novela. La novela es la antiteoría, trata siempre de detalles. Ésa es la fuerza de la novela americana: no hay escuelas, no hay teorías. Hay muchos escritores magníficos, y ninguno se parece a los otros. Doctorow, Mailer, De Lillo…, tantos otros, todos muy buenos y cada uno en su estilo; no porque hayan querido ser excéntricamente originales, sino porque han tenido libertad para desarrollar sus temperamentos y sus intereses y han mirado las cosas cara a cara. Norman Mailer lo hizo en La canción del verdugo, o Bellow en El diciembre del decano, o en El planeta del señor Sammler, que es una maravilla de observación y de empatía. Saul tenía mucho talento para crear historias perfectamente construidas, pero no quería ser atrapado por la arquitectura de los libros, para que la libertad de su imaginación no quedara limitada. Lo que muchas veces no entienden los lectores europeos, incluso los más sofisticados, es que la literatura de los escritores judíos americanos no tiene que ver con su religión, sino con su región, con el territorio en el que han vivido, con sus ciudades o sus barrios. Yo tengo una región, que es Newark, igual que Bellow tiene sus barrios de Chicago, en los que estaba rodeado de emigrantes polacos y eslavos, o Bernard Malamud, su Brooklyn. Es difícil pensar en un escritor americano que no esté profundamente enraizado en un territorio".

Con un gesto afable, pero también reservado, se ha sentado frente a mí al otro lado de una larga mesa rodeada de sillas vacías, en una oficina algo deslucida de su agencia literaria; uno de esos cuartos de las editoriales y de las agencias en los que hay estanterías con muchos ejemplares de los mismos libros y cajas de cartón abiertas o cerradas en las que la literatura revela su parte menos gloriosa de repetición industrial y almacenaje. La oficina está en un piso 21º, pero por la ventana abierta sube todo el estrépito del mediodía en el cruce de Broadway con la calle 57, el ruido del tráfico y los largos alaridos de las sirenas, el estruendo próximo de las máquinas de aire acondicionado. Sobre la mesa hay un teléfono que empieza a sonar de vez en cuando y luego se interrumpe. "Todo suyo", ha dicho Roth, las manos largas cruzadas sobre la mesa, amable y algo ausente, resignado al trámite de una nueva entrevista, quizá con la fatiga anticipada de hablar sobre un libro que ya ha explicado demasiadas veces.

'La conjura contra América' es un híbrido de fantasmagoría histórica y de estricta memoria personal, un desafío para el lector que ha de ajustar en cada página su percepción de los límites entre lo real y lo imaginado. El narrador recuerda una infancia feliz y provinciana en Nueva Jersey que es exactamente la del propio Philip Roth, con todos los detalles de su vida familiar que enseguida reconocen los lectores de muchos de sus libros: el narrador se llama Philip, tiene un hermano que se llama Sandy; su madre se llama Bess, y su padre, Herman, Herman Roth, y trabaja como agente de seguros en la compañía Metropolitan Life, cuyas oficinas están en una torre culminada por una especie de Faro de Alejandría en Madison Square. Los detalles cotidianos son idénticos, casi palabra por palabra, a los relatados en The facts, un libro de 1988 que lleva el subtítulo transparente de La autobiografía de un novelista. El padre, Herman, trabajador y austero, muy exigente pero muy bondadoso, es el mismo cuya enfermedad, agonía y muerte se cuentan desgarradoramente en Patrimonio. Un héroe que en toda la obra de Roth sólo tiene comparación con otra figura recta, benévola y paterna: la del presidente Franklin Delano Roosevelt. "Pero mi padre es una figura todavía más grande", dice Roth soltando una carcajada. "Él duró más de cuatro legislaturas".

En Patrimonio, en The facts, en los primeros capítulos de La conjura contra América, el barrio de Newark, donde suceden la infancia y la primera adolescencia de Philip Roth, es un paraíso que el novelista no se cansa de rememorar; esa encrucijada de un territorio y de un tiempo en la que un escritor encuentra los yacimientos inagotables de su literatura. Un paraíso laboral y exigente, denso de vínculos familiares y vecinales; con una vida a la vez muy resguardada y de referencias muy seguras y propicia a la exploración y al descubrimiento; con normas estrictas, pero sin imposiciones religiosas; con una conciencia de singularidad judía que era más que nada una variante de la común identidad americana. ¿No se sentía él, Philip Roth, más seguro en esa identidad que sus padres, al fin y al cabo hijos de emigrantes que sólo hablaban yídish, criados en los barrios más pobres? "Aunque parezca raro, las personas de la generación de mis padres fueron instantáneamente americanas, desde el momento de nacer. A los padres emigrantes había que darlos por perdidos, estaban atados al viejo mundo y al gueto. Pero los hijos tenían que hacerse americanos, y eso se lograba a través de las escuelas públicas. Es lo que sucedió con mis padres y con sus amigos, ninguno pensaba que por ser judío o hijo de emigrantes era menos americano. Fue en los años treinta cuando las cosas cambiaron para ellos, porque en esa época surgió un antisemitismo muy fuerte. El antisemitismo de los años treinta no fue un fenómeno sólo europeo. Aquí mismo, en Nueva York, la zona de Yorkville, en el Upper East Side, llena de alemanes, era el centro del partido nazi americano. Había desfiles con camisas pardas y eslóganes antijudíos. El antisemitismo no ponía en peligro el estatus como ciudadanos americanos de mis padres, pero los ofendía precisamente en su condición de tales. Pensaban: no tenéis derecho a hacernos esto, somos iguales que vosotros. Y lo interesante es que la ira que sentían, incluso el miedo, no eran en tanto que judíos, sino como americanos conscientes de sus derechos. Había una discriminación dentro del sistema, en el mundo de los negocios, en las cuotas para judíos de las universidades. Y luego estaba, fuera del sistema, el antisemitismo de la masa ineducada, de mucha gente de clase trabajadora. Y el de los socios de los country clubs que no admitían judíos entre ellos. Yo crecí en tiempos mejores, porque la llegada de la guerra cambió todo aquello".

El mundo, para el niño que revive tantas veces en los libros de Roth, es confortable y seguro, aunque también lleno de austeridades y exigencias. En la Casa Blanca, el presidente Roosevelt. En el domicilio familiar, Herman Roth; la madre afectuosa, pero no sofocante; el hermano mayor con talento para el dibujo; los tíos y primos pintorescos, pero no metijones; la escuela, la biblioteca pública, los tranvías, los deportes, y más allá, a una distancia tranquilizadora, los barrios hostiles a los judíos, los vecindarios irlandeses en los que no conviene internarse.

"Era una vida privilegiada", recuerda Philip Roth con una precisión y una ternura que están en su voz igual que en tantas de sus páginas. "La ciudad en la que crecí era próspera, de clase media y clase trabajadora; con bancos, compañías de seguros, fábricas de cosas grandes y de cosas pequeñas, el centro de una red de comunicaciones por carretera y ferrocarril, también con el aeropuerto muy cerca. Y entonces llegó la guerra, que alentó tanto el patriotismo, y que hizo que hubiera tanto trabajo en la ciudad, en todo el país, plenamente movilizado. La sensación de patriotismo era muy fuerte, con el trasfondo de la guerra, con el drama y la emoción de aquellos soldados que morían. Uno adquiría una plena educación emocional como ciudadano. Si yo hubiera nacido diez años antes y me hubiera alcanzado lo peor de la Depresión, mi experiencia habría sido completamente distinta".

Como la de Saul Bellow, que nació 18 años antes que Roth, en 1915, o la de otros grandes escritores judíos, Bernard Malamud, Arthur Miller, Alfred Kazin, todos ellos marcados para siempre por el drama de miseria y angustia de la Gran Depresión. Al acordarse de Bellow, que murió hace unos meses, la expresión austera de Roth se ilumina sutilmente de gratitud y añoranza: los elogios de un Saul Bellow en la cima del prestigio hacia Goodbye, Columbus compensaron la angustia del joven escritor atacado con una agresividad que habría amilanado a cualquiera. "Saul es el escritor americano más grande de la segunda mitad del siglo XX. Quizá sólo Faulkner esté por delante de él. Cuando publicó Augie March, William Faulkner ya había escrito sus libros más importantes. ¿Conoce esa novela corta de Saul, Something to remember me by? ¿No es increíble? El chico que va a tirarse a la puta un día de invierno en Chicago, en plena Depresión, y de pronto ella toma la ropa que él acaba de quitarse y la tira por la ventana. Y cuando él vuelve a casa, su madre está muerta. Habré leído esa historia cinco o seis veces. Saul llevaba dentro de sí esa tristeza de la muerte de su madre cuando él era todavía tan joven".

En un momento dado, la voz narradora en La conjura contra América abandona la memoria literal y comprobable para el lector y da un giro hacia la ficción histórica: en las primarias de 1940, el Partido Republicano elige como candidato a presidente al aviador Lindbergh, el cual derrota a Roosevelt en las elecciones de noviembre, dando un vuelco escalofriante a la historia del mundo. Lindbergh, cuyas simpatías pronazis eran bien conocidas -en 1938, durante una visita a Berlín, el mariscal Göring le había impuesto una condecoración alemana-, firma un pacto de no agresión con Hitler, abandonando Europa a la hegemonía nazi. El mensaje aislacionista de Lindbergh le ha ganado la simpatía de los votantes americanos: Roosevelt, partidario de involucrarse en la guerra europea para detener a los alemanes, resulta ser un belicista a quien no le importa nada la muerte segura de decenas de miles de soldados. Al mismo tiempo que establece lazos de concordia con la Alemania de Hitler y con Japón, Lindbergh alienta en su país un antisemitismo que poco a poco, paso a paso, se va concretando en medidas de coacción social y segregación encubierta, en un ambiente de incertidumbre y de miedo que es más corrosivo porque al principio no resulta directamente brutal. La seguridad tan acogedora del mundo en el que vive el niño de siete años empieza a desmoronarse cuando desaparece uno de los dos padres benévolos que la sostenían, el derrotado ex presidente Roosevelt. Como sucede con frecuencia, un hallazgo menor y casual está en el origen de lo que acabará siendo una novela.

"El germen de todo fue algo que leí en un libro, las memorias de Arthur Schlesinger Jr., donde se mencionaba de pasada que en la convención republicana de 1940 algunos miembros del ala más derechista del partido habían pensado en la posibilidad de designar a Lindbergh como candidato. Leí eso y me pregunté qué habría pasado. Pero eso es una idea, no es un libro. La historia tenía que sucederle a alguien. ¿Y si yo cambiaba un solo hecho, la elección de Lindbergh, y dejaba todo lo demás exactamente como había sido, manteniéndome tan cerca de la realidad como fuera posible?".

Ése es el procedimiento que está en la raíz de las invenciones fundamentales del mundo novelesco de Philip Roth: el qué hubiera pasado si en el que se basa toda su formidable construcción imaginativa en torno al novelista Nathan Zuckerman. La ficción es el precipitado que resulta de añadir a la memoria y a la experiencia personal el poderoso catalizador de un hecho posible que se admite provisionalmente como cierto: en la novela, el material de lo que sucedió se convierte en proyección virtual de lo que podría haber sucedido. Zuckerman (o Alexander Portnoy, o David Kepesh, los otros dos personajes masculinos que aparecen y desaparecen en las novelas de Roth) no es un trasunto enmascarado de su autor, sino un ser imaginario construido con ciertos rasgos muy seleccionados de la propia experiencia y con otros que son el resultado de la indagación sobre lo posible. Como Philip Roth, Nathan Zuckerman es judío, es novelista, nació en Newark en los años treinta, tiene un hermano, alcanzó un éxito inesperado con una novela cómica y escandalosa sobre las andanzas de un adolescente judío adicto a las fantasías sexuales más desaforadas y al hábito de la masturbación. Pero hay al menos dos diferencias cruciales entre el novelista real y el imaginario, y existen no para despistar al lector, sino como elementos especulativos que desatan la invención de lo posible, de lo que habría sido tan probable como lo que de verdad llegó a suceder. La primera diferencia es que Roth, a diferencia de Zuckerman, huyó de Nueva York y se encerró durante tres meses en una colonia retirada para escritores mientras estallaban simultáneamente el escándalo y el éxito de El lamento de Portnoy, salvándose así de los trastornos que le sobrevienen a su escritor inventado cuando la novela Carnovsky le arroja inesperadamente bajo las luces cegadoras de la celebridad. La segunda diferencia es más profunda: desde que empezó a publicar, Philip Roth se convirtió en un monstruo para muchos miembros de la comunidad judía americana, pero siempre contó con la simpatía de sus padres; a Zuckerman, en cambio, su literatura le gana el rechazo avergonzado de los suyos: su padre le maldice en su lecho de muerte. "Me pregunto si tienes la menor idea de lo que significa ser repudiado por tu padre moribundo a causa de algo que has escrito", le dice Zuckerman a su propio creador en una carta apócrifa que es el último capítulo de The facts.

Para responder a esa clase de preguntas se escriben las novelas. La invención de lo posible es un instinto permanente en la actitud de Philip Roth hacia la literatura y hacia el mundo. En un ensayo admirable sobre Kafka, el comentario sobre los libros se desliza automáticamente hacia la zona de sombra de lo que podría haber sucedido: ¿y si Kafka no hubiera muerto en 1924; si hubiera acabado en la cámara de gas, como sus hermanas, o si hubiera logrado emigrar a Estados Unidos y hubiera acabado, como tantos intelectuales judíos de Centroeuropa, viviendo en el Upper West Side de Nueva York, quizá dando clases en la New School, como Anna Harendt…? En La conjura contra América, el juego entre lo real y lo probable como impulso de la ficción está llevado a sus límites, porque, del lado de lo real, los personajes principales y sus circunstancias son exactamente literales, y la gota de lo probable y verosímil alcanza la enormidad de los desastres históricos: los rigores de la presidencia turbulenta de Lindbergh los sufre la familia misma de Philip Roth.

"Habría sido un esfuerzo añadido inventar otra familia cuando yo ya tenía una que podía ser un laboratorio maravilloso. Ésa fue una decisión crucial, y la tomé muy al principio. Me dije: bien, pongamos a esta gente que conozco tan bien en el laboratorio, a mi padre, mi madre, mi hermano, a mí mismo. ¿Qué habríamos hecho cada uno de nosotros en esas circunstancias? De modo que no tenía que desviarme demasiado. Así pisaba un terreno firme. Y una vez anclado firmemente en lo real, ya me quedaba libre para la gran invención, la realidad política, la historia que llega llamando un día a la puerta de esa gente. Pensé que así podría seducir más fácilmente al lector para que fuera aceptando mientras leía que aquello había sucedido. Por supuesto que no es verdad, pero el lector lo aceptaría mientras estaba en la página. Si hubiera inventado otra familia, con otros nombres, incluso en otra ciudad, entonces no habría sabido dónde estaba. Todo habría sido demasiado irreal. Pero tampoco me impuse la realidad como una camisa de fuerza: usé a mi familia en la medida en que me era útil, pero me permití inventar a los personajes en sus márgenes. El tío Alvin, o ese niño que es hijo de los vecinos de al lado, Seldon, y que apareció bastante tarde y me sirvió para cargar con todo el dramatismo que así no pesaría sobre el protagonista. Y luego el viaje de la familia por Kentucky…, fue de esas cosas que surgen mientras escribes, que llegan sin esperarlas. Agitas los dados y los lanzas, y de pronto has tenido un golpe de suerte. Hacen falta esos golpes de suerte cuando te encuentras en la mitad de una novela".

El año pasado, La conjura contra América pasó bastantes semanas en la lista de los libros más vendidos de The New York Times, en la que es tan infrecuente la presencia de la mejor literatura. En ese momento, más de un crítico sugirió una relación entre la presidencia reaccionaria y atolondrada de Lindbergh y la de George W. Bush. La mancha humana fue un éxito en casi toda Europa, y allí también La conjura suscita interpretaciones poco matizadas y demasiado cercanas al presente. Quizá, para muchos lectores europeos, la simpatía hacia Philip Roth incluye en parte un malentendido: el de creer que sus sátiras contra lo peor de la política de su país, contra la corrupción del poder, las injusticias sociales, la hipocresía moral, las opresivas ortodoxias del mundo universitario, proceden de un rechazo hacia el sistema político o hacia la urdimbre de la vida norteamericana. "Quizá eso explica mi súbita popularidad", dice, riéndose sonoramente, "pero deshacer las percepciones equivocadas de sus lectores no forma parte del oficio del escritor".

La ira contra el acoso a Bill Clinton

en las primeras páginas de La mancha humana o la denostación de la caza de brujas en Me casé con un comunista tienen el mismo fondo de rebeldía política que La conjura contra América; pero se trata de una rebeldía profundamente americana, basada en los valores cívicos del patriotismo progresista en el que Philip Roth se educó durante los años del new deal y de la guerra contra el nazismo. Nada es del todo seguro, ni en la vida personal ni en la historia, e imaginar lo posible es una manera de entender lo que ha sucedido y de saber que las cosas que parecen más firmes, en cualquier momento podrían derivar hacia el desastre. Los abuelos de Philip Roth podían no haber emigrado desde Polonia a finales del siglo XIX, y el porvenir de sus hijos habrían sido los campos de exterminio y las cámaras de gas. Roosevelt podía no haber ganado las elecciones por tercera vez en 1940, y habría sido perfectamente posible que un presidente mucho más conservador hubiera malogrado los progresos sociales del new deal y se hubiera dejado llevar por la poderosa corriente de opinión pública que se oponía a que Estados Unidos se involucrara en los desastres sangrientos de Europa por segunda vez en un cuarto de siglo. Pero tampoco fue inevitable que Hitler subiera al poder en 1933, ni que en Gran Bretaña se impusiera en 1940 la postura minoritaria de Churchill de no aceptar ningún compromiso con la Alemania nazi, ni está escrita de antemano la vida de nadie, ni siquiera está escrita la novela que uno imagina de pronto al leer una frase más bien casual en un libro de historia.

La sensación de miedo, la inminencia de la pérdida y el desplazamiento que sufre la familia Roth en La conjura contra América han nacido en la imaginación del novelista, pero no son imaginarias: han sido y son la realidad para mucha gente expulsada de su tierra, convertida en extranjera en virtud de un decreto, despojada de los derechos que se reconocen a cualquiera. Lo que parecía inverosímil e imposible acaba siendo la monstruosa normalidad, sobre todo cuando se va imponiendo poco a poco, gradualmente, de modo que quienes dan los primeros gritos de alarma pueden ser acusados de aguafiestas o de catastrofistas, y a los que empiezan advirtiendo los síntomas de la persecución se les llamará paranoicos. Llega un momento, dice el narrador, en el que lo que ha sido tu tierra deja de serlo para convertirse en tu lugar de nacimiento.

"¿No es ésa la definición de un exiliado?", dice Roth, agitando las manos con una vivacidad tan mediterránea como su mirada. "Muchos nos hemos ido del lugar donde nacimos, y eso no nos convierte en exiliados. Yo me marché de Newark, y los lugares donde crecí, ahora están destruidos en gran parte, pero esa ciudad sigue siendo la mía. Pero cuando has sido expulsado, o cuando has tenido que irte, o cuando has elegido marcharte para huir de la persecución, o de la miseria, o de un sistema totalitario, entonces estás en el exilio. ¿No es eso lo que le ha pasado ahora a la gente de Nueva Orleans? La que fue su ciudad, ahora es tan sólo su lugar de nacimiento".

'La conjura contra América', de Philip Roth, está publicada en España por Mondadori.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de octubre de 2005