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COLUMNA

El escote escamoteado

He estado apenas tres días en Roma, y parte del escaso tiempo libre de que dispuse lo dediqué a bucear en un par de tiendas de DVDs, a ver si allí estaban editadas algunas viejas y magníficas películas italianas que no se encuentran aquí ni en casi ningún otro lugar. Bueno, no es del todo difícil dar con las principales obras de los maestros "oficiales": el casi siempre sobrevalorado Fellini, el Antonioni más afectado, el siempre extraño y brillante Rossellini, el Visconti más espectacular y quizá menos profundo. En su día, no todas estas películas llegaban a España. La grotesca y detallista censura franquista prohibía con facilidad, cortaba con desenvoltura y cambiaba los diálogos, mediante el doblaje, con absoluta desfachatez. A la tarea, no se olvide, se aplicaban en gran medida los curas de entonces, obsesos sexuales -sólo un poco más que los de ahora- que jamás renunciaron a un gramo de su influencia, por eso están tan mal acostumbrados. Mandaron durante decenios sobre todos nosotros, decidiendo qué podíamos ver, leer y escuchar, entre otras cosas.

Andaba yo buscando películas como Todos a casa, de Comencini, maravillosa comedia sobre la Primera Guerra Mundial con Alberto Sordi y Vittorio Gassman (y no la encontré, pese a que en ambas tiendas había secciones enteras dedicadas a Sordi, icono moderno de la ciudad de Roma); o como Los complejos y Monstruos de hoy, ambas de Dino Risi, creo, ambas de episodios y con esos dos mismos actores: nunca olvidaré, en la primera, el titulado "Il Dentone", en el que Sordi se presenta a unas pruebas de locutor para la televisión incipiente, con la grave desventaja de poseer una dentadura enorme que le impide cerrar la boca del todo, y de la que él no es consciente. Es más, cree tener un perfil divino, olvidando que en el trabajo a que aspira no daría nunca las noticias de lado. Los examinadores lo quieren tumbar a toda costa, pero su dicción es tan perfecta, su soltura tanta al leer los textos, y pronuncia tan adecuadamente todos los nombres extranjeros, que va superando etapas sin que nadie acierte a cargárselo. No recuerdo el desenlace (olvido los finales de todo), y además no estaría bien que lo contase, por si alguna vez son afortunados y ven "Il Dentone", que tampoco encontré editado.

En vista del escaso éxito, y de que tampoco di con Senso ni con Vaghe stelle dell'Orsa, de Visconti, ni con La escapada, también de Risi (sí, por ventura, con la extraordinaria Un maldito embrollo, de Germi), bajé el listón y me entregué a las bajas pasiones: compré, por un lado, algunas películas malas del que quizá haya sido el más grande cómico europeo, Totò; por otro, alguna comedia amable y menor de los años cincuenta, como La ladrona, su padre y el taxista, con Sofia Loren, De Sica y Mastroianni; por último, incurrí en la mayor pero acaso más gustosa bajeza, a saber: adquirir algunas cintas de casi nulo interés al ver que en ellas salían actrices favoritas de mi infancia y adolescencia (carnalmente favoritas, quiero decir). Porque lo cierto es que en aquellos años cincuenta y sesenta, a España llegaba bastante cine italiano, como bastante francés. Y en el primero había unas cuantas jóvenes que, para alguien aún más joven, resultaban en verdad turbadoras: Claudia Cardinale aparte, creo que mis debilidades de aquella época eran Elsa Martinelli y Antonella Lualdi. Y, ya metido en ese viaje, me entró una malsana curiosidad, o más bien un malsano afán retrospectivo de comprobación. Una de las imágenes más eróticas de mi pubertad fue la que -vista entonces sólo en fotos de revistas extranjeras, la película era para muy mayores- ofreció Sofia Loren en una pésima película titulada Madame Sans-Gêne, situada en la Revolución Francesa. Al principio era lavandera, y en las primeras escenas aparecía con una sugerente blusa blanca, de escote redondeado y levemente salpicada del agua con que trabajaba. Cuando tuve edad para colarme en los cines, rastreé aquel bodrio y lo vi por fin en una sala de barrio. Recuerdo mi gran decepción: en lo que supuse artimaña española de curas, sobre el escote humedecido de Sofia Loren figuraban unos cartelones inmensos con algunos de los títulos de crédito, colocados con mojigato cálculo y que se mantenían sospechosamente en pantalla largo rato, hasta que había un contraplano en el que la actriz no estaba. Y en cuanto se la volvía a ver, otro gigantesco cartelón al canto. Mi curiosidad ha sido satisfecha, mi sospecha confirmada. Es más, esa película la hay en España en DVD, y en esta copia persisten los cartelones malditos de su estreno hacia 1962. En el DVD italiano que me animé a comprar en Roma (lo confieso, me lo llevé tan sólo por ese vil motivo), no hay ninguno, claro está, y por fin he podido ver, en color y en movimiento, aquella tentadora imagen de mi pubertad, con cuarenta y tantos años de retraso y ya camino de la senectud. Y luego se extrañará la Iglesia Católica de que tantos españoles le guardemos rencor, la consideremos enferma y le tengamos animadversión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de julio de 2005