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La cosa va bien

En un par de días, durante las fechas previas a la desbandada general de Semana Santa, varias estatuas de Franco y algunas placas falangistas volaron por los aires y aterrizaron en hangares donde ya no mancillarán los ojos infantiles. Eso está muy bien. Es indudable que el dictador no sólo fue un azote para la gente bien nacida, sino que además carecía de toda nobleza espiritual o zoológica. En eso se parecía a Stalin y a Kim Il Sung, de los cuales no se puede aprovechar ni un centímetro.

Dado el aplauso recabado por tan inspirada resolución, las comunidades autónomas podrían apuntarse y eliminar algunas efigies de colaboracionistas de Franco, como March y Cambó. No es menos grave dar dinero al ejecutor que ejecutar. De Cambó, por ejemplo, hay un busto en pleno centro de Barcelona instalado por (o con la connivencia de) el Ayuntamiento socialista. Este monumento no sólo ofende a las víctimas del franquismo, sino a todo quisque, porque es probablemente la escultura más hortera del hemisferio norte. Peor que La violetera de Álvarez del Manzano.

No obstante, una vez dado el primer paso es menester seguir adelante. Además de los gestos sin peligro y sin oposición (la tontísima pataleta del PP sólo sirve para que no vuelvan a ganar una elección en su vida), los ministros deberían tomar resoluciones audaces que acabaran con el franquismo que sobrevive de un modo menos visible, pero más dañino. Como a lo mejor la gente joven no sabe lo que fue el franquismo, voy a echar una mano.

El franquismo, frente a lo que dicen algunos ideólogos actuales, no era una ideología, sino un sistema de dominio económico basado en la corrupción, el apoyo de las oligarquías regionales y el desprecio de la herencia ilustrada, es decir, de las libertades individuales, los derechos ciudadanos, el respeto a las personas jurídicas, y así sucesivamente. Frente a los insumisos se alzaban las fuerzas de choque: grupos violentos como los que aporreaban estudiantes (y cuyo dirigente en Cataluña es hoy un firme pilar del sistema), policía, ejército, jerarquía católica, jueces ultras, sindicalistas orgánicos y demás angelitos.

De toda aquella violencia de Estado apenas queda nada que no sea residual. Los órganos del Régimen, como la prensa del Movimiento y los colaboracionistas tipo La Vanguardia Española de Cataluña (que sigue en las mismas manos), se han ido adaptando a las circunstancias y casi todos pertenecen ahora a los grupos feudales de cada autonomía. Las escuadras criminales han desaparecido y sólo quedan los paramilitares vascos (apoyados por la burguesía más franquista de España) como residuo del totalitarismo nacionalista. Este proceso es lo que se conoce como "el milagro de la transición".

Lo que no ha desaparecido en absoluto son los grandes consorcios y monopolios franquistas, los cuales siguen actuando con la misma impunidad, muchas veces dirigidos por las mismas familias y con las mismas indelicadas maneras en las que se maleducaron durante cuarenta años. Sería realmente encomiable que, además de retirar placas y estatuas, Zapatero dedicara algún esfuerzo para suprimir las prácticas franquistas que todavía usan estas arrogantes compañías, hoy, dicen, privatizadas, como si alguna vez hubieran sido realmente públicas.

El franquismo fáctico de estas empresas se muestra en el desprecio del ciudadano, la concepción del cliente como esclavo o cautivo, la irresponsabilidad de su cúpula de consejeros, los inmensos privilegios de que disfrutan y la irremediable chapuza que producen. Para facilitar las cosas a las nuevas generaciones (tan despistadas cada vez que tildan a alguien de facha), pondré algunos ejemplos.

Es un hábito franquista que la Renfe trate a sus pasajeros como si fueran ganado. He tomado trenes en todos los países europeos y sólo en algunos lugares del Este, como Rumania, he recibido el mismo trato que en España. Todos hemos vivido esas cinco horas parados en medio de la estepa en un tren abandonado sin que nadie se apiadara de nosotros. El terror ferroviario español es un clásico.

También es un hábito franquista que Iberia o AENA retrasen un vuelo cinco horas, pierdan nuestras maletas, nos depositen a doscientos kilómetros del destino y no digan esta boca es mía. La falta de explicaciones o de información, ser tratados como estúpidos, es una de las constantes en todos los recuerdos de supervivientes del Holocausto. El desprecio totalitario se está extendiendo a pequeños caudillos que últimamente convocan ruedas de prensa "sin preguntas". Esta gente olvida que cobra por dar un servicio y no por la gracia de Dios. Eso es franquismo.

Y hablando de servicio, el de Telefónica está empapado de franquismo, es el peor de Europa y el más caro, pero es aún más franquista que la clientela de este tipo de empresas no pueda darse de baja cuando le da la gana y que deba perder un año para que le concedan una libertad que con estas compañías siempre es condicional.

Sigue impregnado de franquismo el sistema bancario con las cajas incluidas: desprecian a los accionistas, sus consejeros gozan de privilegios similares a los de Calígula, abusan de los indefensos, muñen a la clientela que les deja su dinero, evaden impuestos en las Caimanes y son absolutamente impunes. Sus beneficios son tremebundos. Cuando en España aún había gente de izquierdas, varios estudios de Tamames (!) pusieron de manifiesto el entramado financiero que sostenía al franquismo. Si alguien osara hacerlo hoy en día, moriría de accidente antes de publicar una sola línea.

Observen este pasaje del imprescindible estudio de Peter Robb Medianoche en Sicilia (Alba Editorial): "Durante décadas, Italia consumió más cemento per cápita que cualquier otro país del mundo, y la construcción, en Sicilia, estaba en manos de la Cosa Nostra. La construcción, la promoción y las agencias inmobiliarias habían sido el negocio principal de las empresas mafiosas. Ahora eran el lugar donde se blanqueaba el dinero de la droga". ¿Adivinan dónde está blanqueando ahora la Mafia siciliana, la rusa o la colombiana? Pues observen la conclusión de Robb: "Dada su altísima capacidad de inversión, la Mafia inevitablemente contamina a la política. Allí en donde hay mafias, los derechos humanos, la libertad y la democracia están en peligro".

En fin, que hay muchísimo franquismo en este país, pero no está sobre ningún pedestal porque estos rasgos de la identidad nacional (que incluye a quienes creen no ser españoles) vienen de un acomodo secular al totalitarismo que sitúa a los poderosos teológicamente por encima de los ciudadanos. Son prácticas que uno se encuentra todavía en Birmania o en La Habana, pero no en Francia, el Reino Unido, Alemania o el Benelux. Allí, el ciudadano, sobre todo el que paga, es la base intocable del sistema social. Por el contrario, en aquellos países que a lo largo de siglos han soportado un trato inhumano, fascistoide, místico y violento, la base social es "el pueblo", o sea, los oligarcas, las mafias y sus hombres de mano.

El Gobierno de Zapatero ha comenzado una tarea peligrosa pero insoslayable: liberar al país de los restos del franquismo. Es cierto que ha empezado del modo más artístico (son cosas del talante), pero es de esperar que vaya en serio. De ser así, todos estaríamos dispuestos a apoyarle unos años más.

Félix de Azúa es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 10 de abril de 2005.

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